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sábado, 9 de marzo de 2024

Cae una estrella fugaz

 Voy de noche por la carretera y cae una estrella fugaz.

Ya no pido deseos cuando las veo.
Pero me espera la sonrisa ansiosa de mus nietos
y me acaba de despedir el abrazo de mi mujer.
Esta noche duermo con mi madre.
Voy de noche por la carretera y ha caído una estrella fugaz.
Ya no pido deseos cuando las veo.

Jesús.

martes, 28 de noviembre de 2023

Mercedes y Pedro.

 Me sonríen desde el fondo del tiempo, Pedro y Mercedes, paseando cogidos del brazo, casi arrastrando los pies. Junto a mí, en la esquina de El Barco, los ve pasar incrédulo Lorenzo, al que mi recuerdo ha revivido en este instante.

Lorenzo llegó una mañana a la casa de vecinos buscando a Mercedes, su novia de siempre. Él desapareció de un día para otro al inicio de la guerra y volvía ahora, pasados los años, cuando pudo hacerlo sin que su vida corriera peligro. Imagino la impotencia de Lorenzo y su familia sin poder decir una palabra sobre él a su novia por miedo, la impotencia de Mercedes sintiéndose abandonada y sin entender nada. La impotencia de ambos al reencontrarse pasado el tiempo en una situación que no tenía remedio: 

-Pedro es un buen hombre, tenemos hijos. Si yo hubiera sabido... -Si yo hubiera podido...

No me imagino cuánto dolor puede caber en una despedida como ésa, sin un beso siquiera que sirviera para mitigar la congoja.

Veo a Pedro y a Mercedes cogidos del brazo, casi arrastrando los pies. No sé si él se enteró alguna vez de aquella escena, no sé lo que pudo durar la herida en ella..

Ahora, así, agarrados, andando juntos es como yo los recuerdo siempre. Pedro y Mercedes fueron buenas personas, sus hijos son buenas personas. Creo que supieron construir con sus circunstancias una buena historia; no la que habían soñado, seguramente, pero una buena historia. 

Cuando yo oí contar esto a mi madre y mis tías, entre sorbos de café, una tarde de verano en que tenían de fondo la radionovela y creían que los niños dormíamos la siesta, me llevé una sorpresa muy grande,  me invadió una pena muy grande. Al niño que yo era entonces no le cabía en la cabeza que la vida pudiera castigar de esa forma tan injusta a las buenas personas, como no me cabía en la cabeza que ellos hubieran vivido sus vidas con tanta normalidad habiéndoles ocurrido aquello. Después, esa misma vida, gracias a personas como ellos,  se encargó de enseñarme a vivir a mí también. Pero aquella tarde de radionovelas de verano faltaban aún muchas historias como ésta para que mi inocencia fuera dejando sitio a todo lo que aún me faltaba por ver. 


Jesús.




lunes, 5 de octubre de 2009

El Callejón. Novela por entregas. Página 27 y última.

Mientras desayuno me viene a la memoria un sueño que, de niño, tuve a diario durante años: jugaba yo con un coche de pedales y, cuando intuía el despertar, lo abrazaba con todas mis fuerzas para llevarlo conmigo al otro lado del lago. Lo intenté noche a noche, día a día, hasta que dejé de creer en el mundo de los sueños. Hoy vuelvo a hacerlo contigo, vuelvo a esperar ansioso cada noche, cada sueño, el despertar que te entregue a mis brazos aquí, al otro lado del callejón.
Ahora, recojo mis cosas, salgo del apartamento despacio y cierro la puerta con esa sensación de impotencia con que despertaba yo de aquel sueño del cochecito; con esa sensación de no saber si la noche siguiente volvería a asistir a la cita el cochecito, con la impresión de que el día no era sino un trámite, una espera insoportable hasta la llegada de los sueños.

(FIN)

El Callejón. Novela por entregas. Página 26.

He despertado. Como cada día, sentado en la cama, el aliento me llega del estómago caliente y salado. Tengo sed. Veo cómo tu cuerpo se extiende de espaldas a lo largo de la cama desnudo y me pregunto por qué no puedo tenerte, por qué no he podido tener a ninguna mujer. Te veo aquí a mi lado y busco por todos los rincones de mi mente como loco, con prisa, desesperado, la frase, la palabra, la idea, el gesto que necesitas, que pueda hacer que te quedes a este lado del callejón para siempre. Nunca he entendido el juego del amor, la farsa de la seducción y mis complejos y mis trabas ahogaron con mi yo el amor que quise darte a ti y a algunas otras, que no sé si en el fondo sois la misma.
Necesito que entiendas lo que siento por ti. Y pienso, y esa idea me angustia, si alguien podrá sentir algo parecido por mí alguna vez.
Me cuesta vencer esta apatía hecha de sueño e inapetencia que me hace pesado y amorfo, que no me deja levantarme a beber.
El agua ha sofocado mis demonios, ha devuelto la amargura hacia el estómago y me ha dado tregua para seguir esperando que te quedes, que algún día te quedes voluntariamente tendida a lo largo de mi cama. Cuando el frescor de la sábana sacude mi atención erizándome la nuca. Te vuelves dormida hacia mí abriéndome el todo entre tus brazos y tus piernas, entre tus pechos redondos, entre tus labios que parecen suplicar o quejarse, con los ojos cerrados y el olor íntimo de tu cuerpo que se concentra con sabor a mar en mi boca.
El sueño va volviendo y con él todo se va difuminando, se van haciendo blandas las aristas de la luz, se va fundiendo todo hasta no quedar otra cosa que tú, y me apodero finalmente de ti soñándote. De nuevo el sueño, el lugar seguro del que un día no sé si querré volver.
Sigo abrazando tu cuerpo y, un día más, la luz de la mañana me saca, incontestable, del refugio del deseo, de la magia de la irrealidad moldeada en el vacío de nuestras carencias, y sólo encuentro entre mis brazos la forma tibia y húmeda del aire envuelto por las sábanas.
Me asomo al balcón y veo cómo la primera luz se espesa en el aire haciéndolo ronco y soñoliento. A estas horas en que sonambulean los primeros pobladores, como cada día, hacia el fondo aún oscuro del callejón, se van fundiendo tus formas hasta perderte. Algunas ventanas se van abriendo sobre el muro rojo, y éste resbala entre el vaho y la escarcha del cristal que gotea.
Una ráfaga de aire entra, suenan los colgantes de la lamparilla. Al lado, el dinero suelto sobre la mesa termina de despertarme. Tampoco hoy quisiste coger propina.

(Continuará ...

El Callejón. Novela por entregas. Página 25.

Arriba, ya en el apartamento, mis manos buscan el calor dulce de tus pechos, mi pecho cubre lentamente tu espalda, mis piernas juegan a trenzarse con las tuyas, mi boca abre caminos con su aliento enamorado entre tus muslos, y, luego, mi sexo se mece, rítmico, en el centro del tuyo. Me mezo dentro de ti lenta, muy lentamente, y nuestro aliento se va fundiendo con el sopor que nos invade y el aire se hace denso y blando y cabalgamos por la bruma y rodamos por la hierba fresca hasta la orilla del mar, donde una hermosa vaca grande y rosa nos lame protectora la espalda. Y tú me acaricias el pelo húmedo, los labios entornados; me hundes aún más dentro de ti, y pasas rodando entre mis manos las caderas y tus muslos. Y la vaca, en un postrer lamido infinito, nos funde en luciente magma de cristal negro.
Recién duchados por la dicha dorada del sol, nuestras manos van latiendo juntas y el aire puro penetra nuestros ojos cerrados en una sonrisa vuelta al cielo mientras en la calle la gente se abanica abriéndose al paso del vuelo de tu bata blanca, donde vuelo yo. Y en una ancha avenida etérea, subimos los dos buscando el infinito.
La alegría del aire se hace rumor agudo en la boca juguetona de un niño que responde a las caricias de nuestras manos sobre su cuerpo, que agita la luz con su bullicioso batir de alas.
Y voy bajando como si el cielo me fallase un poco más a cada paso, y cada paso me hundiera un poco más y mis manos no pudieran ya tocarte.
Y el niño se nos cae de entre los brazos y flota en el aire hacia delante, fuera ya de mi alcance y el tuyo; y tú nos miras sonriente y sigues tu camino sin pausa hacia lo alto.
Y mis piernas no consiguen avanzar en aquel aire tan espeso de la altura, y mis pies no consiguen sujetarse ni impulsarme. E intento un grito que apenas sale, en una disociación insoportable entre mi mente y mi cuerpo.
Y voy cayendo y cayendo y siento que entre mis brazos abiertos me cabe el cosmos, mientras los gritos que no salen machacan a golpes mis sienes.

Continuará (...)

El Callejón. Novela por entregas. Página 24.

La luz de la luna se escarcha en el aire haciéndolo transparente y punzante. Ya estoy de vuelta, ya he bajado del tren y te he llamado otra vez, ya te estoy esperando como todos los días desde aquél.
A estas horas de la noche, la calle sólo se deja transitar por algunos coches que giran temerosos por la esquina del mercado. Todas las ventanas están cerradas sobre el muro rojo, corrido, que nos encierra hacia lo alto.
Como cada noche, desde el fondo oscuro del callejón, renaces poco a poco, hiriendo tus formas, suave, cada poro de mi piel cuando se van precisando hasta alcanzarme.
Como el primer día, mi beso espera nervioso producir alguna respuesta al posarse despacio en tus labios, aunque ahora sean comprados.
He estado esperando todo el día, los dos últimos días, este momento. Me ha acompañado, como lo hace siempre, la incógnita angustiosa de no saber dónde estabas, qué hacías, qué pensabas, de no saber qué hay detrás de ese callejón que te devuelve siempre a esta hora a mi vida.
Recuerdo que de niño me angustiaba también no saber qué había detrás de la pantalla de la tele, de la pantalla del cine; qué hacían esas actrices con las que, a pesar de la barrera que nos separaba como la Estigia, compartiría maravillosas aventuras de amor en cuanto el tiempo y el destino decidieran que era el momento: el camino del colegio, el autobús de la ciudad, las vacaciones en el pueblo de la prima francesa de Joaquín, un coche nuevo en la calle, ...; todo me hacía estar bien atento porque cualquier cosa podía ser el puente que los hados ponían entre ellas y yo. Y, en efecto, lo pusieron, pusieron un puente entre nosotros cada día, cada noche, antes de que me sorprendiera el sueño. Ellas y yo hablábamos de nuestras cosas y nos acariciábamos entre los sudores que hacían perder la virginidad a mis sábanas; cada larga tarde de siesta en aquellos veranos sin clase en que oíamos juntos las novelas de la radio, aunque sólo yo estuviera allí, solo.

(Continuará ...)

El Callejón. Novela por entregas. Página 23.

Como aquel día en que al salir de las revueltas de aquella calle tan estrecha de la que no recuerdo nunca el nombre te volví a encontrar. Cuántas veces habría pasado yo por allí y tú habrías cruzado un instante antes de que yo saliera de ese laberinto, como podría haber ocurrido aquel día en que nuestros callejones se encontraron, quizás sólo porque me entretuve en cortar y en ir oliendo una hoja de naranjo.
Y te vi, junto al semáforo, salir de un portal y subir a un taxi. Me quedé paralizado, di unos pasos torpes como queriendo alcanzar el coche en un intento, no ya inútil, sino absurdo. Pasaron por mi cabeza, en un instante, mil ideas, mil posibilidades, como pasan por los ojos de una máquina tragaperras que se hubiera vuelto loca.
Ver cómo la noche te llevaba por otra callejuela estrecha y virada en aquel taxi me devolvió a la realidad. En ese momento, crucé la calle y te busqué sin éxito en todos los buzones de aquella lujosa torre de viviendas. El día siguiente localicé el teléfono de algunos de aquellos vecinos y con mil excusas intenté descubrir el eslabón que te unía con alguno de ellos... Y lo encontré. Era un señor con una voz muy serena: - ¿hubo algún problema con la tarjeta de crédito?, ... , - me alegro, ... , - me da igual cómo se llame, mándemela otra vez esta noche... Y colgué, claro, colgué mis esperanzas, colgué mi vida entera con aquel auricular maldito que me había ayudado a atar todos esos cabos sueltos que había y que yo me resistía a unir de la forma que, desde el principio, seguramente, fue la más razonable.

(Continuará ...)

viernes, 18 de septiembre de 2009

El Callejón. Novela por entregas. Página 22.

Como fui feliz yo luego cuando te encontré desde el autobús en aquel semáforo, como lo fui yo al encontrarte de nuevo cada tarde en que tomábamos café y todos los días en que preparaba las frases, los gestos, las risas, los nervios de nuestros encuentros.
Como será la mañana ésa en que al despertar te encuentre a mi lado porque has decidido quedarte, quién sabe hasta cuándo. Como es cada día que te contrato, cada tarde en que preparo nuestro encuentro, en que no sé bien por qué, percibo que todo son indicios de que quizás será ésa la ocasión.
-¿Tiene usted hora?. La pregunta me ha devuelto al vagón en el que voy casi solo. A través de los cristales, por estos paisajes desiertos por los que hace tantos años que me lleva, veo uno de esos espectáculos simbólicos que desasosiegan tanto, uno de esos espectáculos que se dan a esa hora crucial que parece durar años; esa hora en la que la vía pasada se pierde en un atardecer rojo, cada vez más rojo, cada vez más lejos, cada vez más apagado pero aún de día, y a la vía por venir la engulle un enorme agujero negro, un agujero que se asocia al frío breve y brusco y nos sobrecoge. Esa sensación de estar entre el día y la noche, en medio del tiempo.
Con los vaivenes del tren he debido quedarme dormido. Vamos ahora cruzando un túnel, uno de los muchos túneles por los que ha transcurrido tantas veces este tren que me lleva y a los que, sin embargo, no consigo acostumbrarme. Uno de esos túneles que como algunos callejones de la ciudad, aunque conocidos, cada vez que los cruzo me dan un vuelco en el corazón, como si al salir de ellos mi futuro no fuera a ser el mismo, como esos agujeros negros que nos hacen saltar varios años luz, varias vidas quizás, como si de salir un momento antes y cruzarme con las que en ese instante pasan por allí, a salir después y que la gente sea otra dependa no sólo mi futuro, sino el futuro de toda esa gente que ya nunca me encontrará en ese momento y en ese sitio y la de los que sí me llevarán siempre consigo en la retina subconsciente como ellos irán en la mía, modelando seguro en algún porcentaje el futuro de mis gustos y mis disgustos, de mis anhelos y mis decepciones, que en alguna medida ya tendrán irremediablemente como parte de sus modelos y de su medida de las cosas aquel instante, aquellos olores, aquellas sonrisas, aquellas caras de fastidio, aquella gente.

Continuará (...)

El Callejón. Novela por entregas. Página 21.

Sentí como si viajara en un tren, en un tren como éste que parece alejarme irremisiblemente de mi pueblo, de mi pasado, de lo que fui, de lo que fuimos. Sentí como si viajara en un tren que se hubiera llevado un largo tiempo junto a otro (un tiempo indefinible: tal vez una eternidad que me pareció un instante, o quizás un instante que me pareció una eternidad), como si esta ventanilla desde la que ahora no veo más que la hondura del espacio en el azul de la noche hubiera coincidido con la tuya en el otro tren y hubiésemos estado mirándonos fuera del tiempo todos los años que el mundo lleva rodando y, de pronto, notara que tu tren parte, se va sin saber adónde, sin saber quién eres, y notara en ese momento toda la impotencia posible tras estos cristales, fríos, que no dejan pasar mis manos, in mi boca, ni mi voz. Y estos pocos centímetros se fueran dilatando poco a poco, uno a uno con la misma inexorabilidad que van cayendo los minutos, las horas, los días, los años sobre nosotros.
El misterio volvía a aparecer, aquellas dudas de los primeros días que supiste enterrar en mí volvían a nacer ahora aumentadas. ¿Por qué te habías ido de esta forma? Ahora cobraba sentido aquella pregunta: ¿por qué lo has hecho?, me dijiste. ¿Por qué sólo podíamos vernos en tu casa?, jamás al cine, ni a cenar, ni a dar un paseo siquiera, ¿por qué siempre a esa hora? Todos los porqués se unían en una incógnita única que me ahogaba. ¿Qué estaba ocurriendo?, ¿qué me estabas ocultando?
Y seguí buscándote.
El tren ha parado en otra estación y yo, aturdido, he creído ver unas nubes de humo subiendo desde la vía, esas nubes de humo que tengo asociadas a los trenes de mi infancia.
Noto ahora como arranca, como me va llevando despacio. Me siento solo, distinto, ajeno a las conversaciones que me sobrevuelan, que me atraviesan como si yo fuera transparente, ignorado, o tal vez sólo sean mis ganas de serlo, o quizás que esas sensaciones me sean ya tan familiares...
Este tren me va llevando de nuevo a ti, de nuevo a mí. Me va alejando de ese yo que se va quedando tras los cristales, de ese yo que aún ve mi madre o que se resiste a abandonarla, a ése que ahora veo allí con sus pantalones cortos en el fondo de la noche. A ése que recuerdo con ternura, con el balón debajo del brazo y que me mira inmóvil desde el fondo del tiempo como me miraba yo mismo en aquellos sueños de niño en que me soñaba de mayor sin que pudiera recordar al despertar la cara que tenía en el sueño. Me miro desde la infancia como pensando -¿y así seré yo? Jamás se le había ocurrido que fuera tan complicado el futuro, que crecer fuera seguir perdido, que el misterio de su vida, que quizás el misterio de todos fuera ir buscándose siempre, buscando ese lugar seguro, ese lugar ideal donde sentarse a disfrutar, donde sentarse a descansar al fin, que no llega nunca. Jamás se le habría ocurrido aquello, que lo que buscaba todo el mundo, que lo que él también buscaría pasados unos años fuera ese jersey del pijama celeste al que mi madre le había quitado el bolsillo y le había puesto un escudo del Atlétic, con ese pantalón corto negro y esos calcetines largos de ella que le servían de medias y que se sujetaba con unas rodilleras de herradura que le sujetaban a la vez las rodillas y el corazón, a punto de salírsele por todos lados porque aquel día estrenaba sus primeras botas de fútbol. Era difícil imaginar, embutido en la emoción de esa ropa, que el futuro no fuera seguir en aquella isla del paraíso que delimitaban dos piedras en el suelo separadas por siete pasos medidos y remedidos cada vez que el balón las movía. Y no saber que no había que buscar nada, que lo que perseguiría a tientas el resto de su vida estaba allí y entonces. Y es que quizás sea eso todo, buscar esa isla, ese cerro en el que jugábamos, en el que fuimos felices eternamente una tarde. Ser de nuevo felices eternamente otra tarde, u otra mañana, o, a lo mejor, sólo una hora o sólo un momento.

Continuará (...)

domingo, 28 de junio de 2009

El Callejón. Novela por entregas. Página 20.

Fue arriesgada la apuesta, fue mucho lo que perdí, pero en el fondo no me arrepiento, porque de haberlo conseguido, de haber conseguido enamorarte, el premio hubiera merecido la pena. Era tan evidente que seríamos felices juntos...
Las últimas ocasiones en que nos habíamos visto, las cosas parecían haber avanzado mucho: tu mano hacía lo que yo deseaba, tu voz decía lo que yo necesitaba y me parecía que todo ocurría así también a la inversa. Quizás me faltó paciencia, no lo sé, pero yo necesitaba más, necesitaba algo más que aquel té, algo más que aquel rato, algo más que aquel teatrillo con principio y final, con escenario, por mucho que los diálogos parecieran cada vez menos fingidos, que por último parecieran fuera del guió ya, o quizás por eso.
Por eso quizás me aventuré.
Fue un lunes, yo había llegado hasta aquí como siempre, debatiéndome entre ser yo o pensar en ti a la hora de vestirme, de elegir la colonia, de peinarme, aunque últimamente, hasta en estas pequeñas cosas, parecía que lo que yo prefería era lo que te gustaba:
- ¡Qué bien hueles!
- ¡Qué camisa más bonita!
Y me atreví:
- Pues yo hoy tengo algo que decirte.
- No me asustes. ¿Ha ocurrido algo? ¿Es algo malo?
- No, no te asustes, ha ocurrido algo, pero no creo que se vaya a caer el mundo por ello. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta se ilumina.
- ¿Qué ha ocurrido? Venga, no me asustes.
- Me he mudado. He cambiado de casa, he alquilado un piso aquí al lado, junto al mercado.
Lo dije con una sonrisa confiada, porque , a pesar de todo, esperaba que esto nos acercara más. Sin embargo, en el fondo, me latía algo dentro con intranquilidad.
- ¿Por qué lo has hecho?- dijiste. Y por el semblante que pusiste pareció que te hubiera anunciado una enfermedad grave.
- ¡Ah! querías que te lo hubiera consultado, ¿eh?- intenté ayudarte a salir de la trampa que tú misma parecías haberte puesto con tu expresión.
- No, no es eso.
Y siguió todo, como siempre ocurre contigo, con normalidad. Sabiendo lo que hoy sé, me parece mentira que reaccionaras como lo hiciste entonces, me resulta increíble la facilidad con que pones la mano cuando te vas a caer y cómo parece que todo el mundo esperara que te sacudieras la mano de la forma en que lo haces al levantarte, que en el aire estuviera hecho el hueco para tu mano, para tus piernas flexionándose y para conducir el polvo que te sacudes, de nuevo al suelo.
Te di la dirección, me acompañaste -incluso- aquella tarde a verlo en un gesto que yo no sabía cómo interpretar, pues detrás de él y de tu jovialidad algo me inquietaba, un velo que había detrás de tu mirada, donde se sitúan esos ojos que creemos a salvo de los demás, como en otra dimensión paralela y que es desde donde el yo que realmente somos se siente seguro y lo vigila todo. Pero, a veces, un extraño callejón los lleva a coincidir con los reales, los hace visibles y nos hace dudar. Eso debí yo notarte aquella tarde, porque sólo tenía motivos para sentirme dichoso y, sin embargo, había un nosequé que me mantuvo intranquilo todo el tiempo.
Te fuiste, sencillamente. Tú también te mudaste, pero sin dejarme nada, ni una nota, nada, nada más que un abatimiento, una angustia, un vacío que sólo se puede explicar con un silencio lento, muy lento, hondo, muy hondo.

(Continuará ...)

jueves, 26 de febrero de 2009

El Callejón. Novela por entregas. Página 19.

El tren ha frenado y la parada me ha hecho volver a la realidad. Al fondo, en la estación, tras los cristales de la cafetería, veo a una pareja, sentados uno frente a otro, con las manos cogidas sobre la mesa, se miran extasiados. No hay ruidos para ellos, no hay gente, no hay tiempo. Viéndolos, recuerdo el bar de debajo de tu casa, donde yo quise llevarte tantas veces después de nuestro reencuentro, donde tú no quisiste nunca venir conmigo.
Y nos fuimos encontrando otros días, siempre a la misma hora, para el café. Yo cambiaba mis turnos para liberar esas horas cada vez que me llamabas. No querías que fuésemos a ningún sitio que no fuera tu apartamento ni querías que nos viéramos a otra hora.
Según me iba acercando a ti, a ese barrio turbio lleno de callejones oscuros que llevaban al mercado, yo volvía a confiar secretamente en el futuro, en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían. Iba pensando en cómo dirigir la conversación para tener alguna pista más de si yo por fin significaba algo para ti. Iba planeando mil conversaciones que luego nunca ocurrían, absorto como me quedaba cuando tú aparecías. Iba buscando la forma de ir minando con la palabra más dulce, con el gesto, con la sonrisa el muro que notaba que se interponía entre nosotros.
No conseguía enterarme nunca de dónde trabajabas. Eras administrativa en una fábrica de tejidos con nombre muy raro y siempre te las ingeniabas para que yo nunca supiese dónde estaba. Desviabas siempre la conversación al pasado , a las ilusiones con las que llegaste a Madrid después de dejar la universidad en tercero. Nunca me atreví a decírtelo, pero notaba al pasar por este asunto que tú eras consciente de que yo conocía la versión que en el pueblo se dio de todo aquello, que te venías a abortar, que estabas embarazada de nadie sabía bien quién. La carrera ya no te ilusionaba, me decías, la casa de tus padres te agobiaba y necesitabas un cambio de aires y encontraste ese trabajo de administrativo que te permitía vivir bien. Ahora también te agobiaba este trabajo:
- ¡Ojalá pudiera dejarlo!, pero ¿para trabajar en qué?
Al llegar a mi casa todo me resultaba misterioso, aunque cuando tú lo decías pareciera tan natural.
Recordando aquellas tardes en que tomábamos el té con pastas, recordando ahora aquellas tardes perdidas, echo de menos ese misterio y maldigo una y mil veces aquel intento de acercamiento que me hizo perderlo todo. Intenté penetrar en la barrera que te habías puesto para protegerte, no soportaba no conocer lo que había detrás de tanto secreto, de esa careta de las cinco de la tarde, no soportaba no poder tenerte del todo, no poder conocer a María toda, a la verdadera María de hoy.

(Continuará)

martes, 20 de enero de 2009

El Callejón. Novela por entregas. Página 18.

Tú vivías cerca y nos fuimos a tu apartamento. En el camino, iba reviviendo ese amor que había estado durmiendo no sé dónde desde que te fuiste todos estos años. Y ya en tu casa te conté aquellas tardes de verano en la escalera de la azotea de Rafa en que hablábamos de ti mientras contemplábamos cómo la tarde se hacía roja y ardía, cómo la noche venía azul con esos colores brillantes que sólo existen, seguramente, en nuestros recuerdos, contagiados de nuestra melancolía y de nuestras ansias de trascendencia de entonces. Esos colores, el equilibrio en que se sucedían el día y la noche, en que la luna venía a llevarse al sol, justo cuando éste parecía no poder más, y el sol acostaba a la luna, tan débil ya, que casi ni se veía. Todo eso también nos contagiaba a nosotros y, sin saberlo, nos iba haciendo crecer.
Debatíamos durante horas lo que significaba tu sonrisa aquella mientras hablabas con tu amiga camino del autobús. Discutíamos si te debía seguir en ese camino o si no. Salíamos luego a pasear por esos mismos caminos que tú hacías hasta el instituto para que yo me sintiera más cerca de ti, con esa confianza en la magia de las cosas que teníamos en aquellos años. Con esa certeza íntima en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían, como había sucedido siempre hasta entonces, en esa época de la vida en que el presente se va ensanchando y va dejando entrar en él, en la conciencia del momento, al futuro, a las esperanzas, a los deseos. En ese tiempo en que, sin embargo, la memoria opera de un modo tan selectivo que todo aquello que no nos explicamos se va filtrando hasta desaparecer en esas zonas del cerebro que sólo estarán disponibles más adelante, cuando ya no confiemos tanto en el equilibrio natural de las cosas, cuando éste se haya roto tantas veces ante nosotros que no tengamos más remedio que ir perdiendo poco a poco la confianza en él. Unos antes y otros más tarde; unos, apoyándose en este tránsito en explicaciones religiosas, en bálsamos para estas heridas o en anestesia y antiojeras para no verlas, para no sentirlas; otros, ahogándose y desahogándose, vamos quedando atrapados en esa nube de escepticismo que no ayuda pero que deja seguir viviendo; y el resto es, sencillamente, simple: tan simple como lo fueron siempre y tienen esa felicidad de la ignorancia que yo, muchas veces les envidio.
Todas estas cosas nos pasaban por la cabeza entre las charlas y los silencios de aquellos días, con el mismo desorden que iban y venían las nubes de aquellas tardes, como traídas y llevadas por ellas.
Eran años de esperanza, en los que me esperaba un futuro feliz, por supuesto, contigo. No sabía cómo, porque pese a nuestros paseos y nuestras conversaciones, tú no estabas enamorada de mí; pero era tan evidente ...: lo que yo sentía por ti, las señales que me daba todo: las matrículas de los coches, las piedras con las que atinaba siempre que ésa fuera la condición, las carreras para llegar al semáforo o a la esquina antes que los coches, la sonrisa del cobrador del autobús, o, sencillamente, ese pasar las franjas rojas de la acera sin pisarlas. Empezaba a intuir que detrás de todo aquello había una explicación oculta, que detrás de cada cosa la había, y era excitante darse cuenta de ello, aunque no se encontrara entonces. Aunque lo simplificara todo en que tú eras la explicación, ya entreveía entonces el nexo que lo unía todo, el hilo invisible que lo anudaba todo, que lo enredaba todo en el caos y lo ordenaba, ése que entre tú y yo se me hacía tan visible, tan obvio.
No sólo hablábamos de ti, claro; a Rafa y a Juan los ocupaban otras musas y a todos nos preocupaba la certeza que empezábamos a tener de que éramos distintos, la estupidez que veíamos en el comportamiento de muchos de nuestros compañeros de clase, lo crueles que empezaban a ser algunos comentarios sobre nosotros.

(Continuará ...)

El Callejón. Novela por entregas. Página 17.

Desde aquella noche, volví todos los días a la misma hora a aquel semáforo, pero tú no estabas. Desde aquel día en que te vi, en que estaba seguro de que te había visto, o, al menos, quería, deseaba estar seguro de ello. Desde aquel día, iba por todos lados buscándote, esperaba encontrarte a la salida de la panadería, en la tienda de periódicos, entre la marea de cabezas que me rodeaba a algunas horas en la calle; temía que hubieses estado un momento antes que yo o que aparecieras poco después de que yo me fuera, deseaba y temía que fueras en ese autobús que se cruzaba conmigo y se alejaba ...
Y te encontré, como suele ocurrir, en el momento en que menos lo esperaba. Salía yo de pelarme, de una de esas pocas barberías que conservan este nombre y no han sucumbido a las cúrsiles tentaciones de modernidad de los tiempos que corren. Allí, mientras sacudía en el cuello de la camisa los picores del pelo recién cortado, pasaste a mi vera, sin reparar en mí. Tuve que llamarte varias veces hasta conseguir que me oyeras, que me saliera la voz del cuerpo:
-¡María!
Y te volviste, incrédula, tú también:
-¿Pero qué haces tú aquí?
Llevabas puesto el mismo vestido del día que te vi en el semáforo, ese vestido largo y suelto, con colores y motivos que me recordaban algo exótico, esos mundos naturales que uno aún imagina en otros lugares, en África, en Hispanoamérica, esos mundos que, como ocurre con tantas otras cosas, echamos tanto de menos sin haberlos tenido nunca. Tal vez por eso, porque siempre representaste para mí la naturalidad, la facilidad con que ocurrían todas las cosas, porque te recuerdo siempre con la cara lavada, sin maquillaje, y me vuelve a sorprender, como aquel día el verte hoy los ojos maquillados de morado, con ese color que tanto te gustó siempre, estorbando en tu hermosa cara. Sí, por eso me parece que te favorece tanto este vestido. Todas estas ideas se atropellan en mi mente mientras te veo durante un instante, sólo un instante congelado en el que vuelve a pasar toda la película de nuestras vidas, y el aire vuelve a tener esa luz que hace siglos que no tiene, ese sabor y ese olor; esa temperatura, esa densidad que me acaricia y me tensa suavemente toda la piel, todos los órganos, todo mi cuerpo por dentro.
- Ya ves, trabajando.
Volvían a tambalearse las palabras en mi boca antes de salir como la última vez que te vi. Volvía a sentir esa mezcla de temor y deseo de encontrarte, esos nervios adolescentes que yo ya creía perdidos para siempre.
Sin encontrar bien el tono, entre seco y bobo acerté a preguntarte:
-¿Y tú? Llevaba mucho tiempo sin verte.
- Pues trabajando también. ¿No sabías que yo vivía aquí?
- Sí –le respondí.
- ¿Entonces?...

Y nos echamos a reír en una risa que pronto se hizo una sola y nos envolvió.
Hablabas con esa desenvoltura con que siempre lo hiciste, haciendo que lo que decías fuera lo que evidentemente había que decir, que sonrieras cuando eso era lo único que cabía hacer, que callaras cuando no había nada que decir. Y esa facilidad hacía que me serenara en cuanto cruzábamos dos o tres frases, como siempre había ocurrido.

(Continuará ...)

viernes, 26 de diciembre de 2008

El callejón. Novela por entregas. Página 16

Te llamaré, en cuanto llegue te llamaré. Sólo he estado una noche sin verte y no he podido dormir pensando dónde estarías, y no sé bien por qué me volvía una y otra vez la película de aquel día en que nuestros callejones se volvieron a cruzar.
Eran las diez y media de la noche cuando subí al autobús, yo iba mientras casi todos venían, mientras la ciudad iba recogiéndose, volviéndose perezosa como hacía a diario hacia esas horas.
Fue entonces, allí, junto a aquel semáforo, mientras el autobús giraba por aquella rotonda, cuando te vi. Después de tantos años volvía a encontrarte y sentí de pronto como si mi marcha del pueblo, mi llegada a la ciudad y los años que en ella llevaba con aquel andar sin rumbo, intentando distanciar al pasado, hubieran cobrado sentido. Sin saberlo, lo que había estado haciendo todo ese tiempo era buscarte.
Te perdiste entonces entre las cabezas de los pocos viajeros que me acompañaban, fui rápido a las ventanillas del otro lado y ya no estabas.
Te había visto sólo un momento y no pude identificar claramente tus rasgos, pero estaba seguro de que eras tú por el eco que habías dejado en mí. Esa sensación de no saber, de pronto, qué hacer con el tiempo, de no saber qué hacer con mis pensamientos, de no saber para qué me sirve el cuerpo si no estás tú.
Si no he podido verte bien, si no te he podido identificar por completo, sí que he reconocido sin dudarlo este vacío, este vacío absoluto que sólo he sentido en mi vida cada vez que he notado que te perdía.
Me he ido enamorando a lo largo de los años de muchas mujeres, me he ido enamorando de muchas formas, pero sólo tú me has hecho sentir dentro el hueco infinito que somos, lo blanca que está la página en la que nos vamos inventando, en la que vamos escribiendo el personaje en que nos vamos convirtiendo a fuerza de ensayarlo. Sí, así me siento yo ahora, con esa felicidad absoluta que me hace ser el mejor yo posible, con esa necesidad de encontrarte y hacerte todo lo feliz que yo soy por ti, con esa necesidad de encontrarte para, al menos, hacerte saber todo lo dichoso que me has hecho en este instante.

(Continuará ...)

El callejón. Novela por entregas. Página 15.

He despertado y, ahora, estoy en el cementerio. Ante la tumba de mi padre me acuerdo de “El extranjero” aquel que parecía no sentir nada ante la muerte del suyo, como si la pena tan grande que tenía fuera una pena intelectual, reflexiva, pero que no ponía en marcha los mecanismos físicos de presión en el pecho, de asfixia o temblores que nos dan la certeza del sentimiento.
¿Cuándo se rompió la magia, el cordón invisible que me unía a mi padre?, ¿qué fue lo que hice?, ¿qué fue lo que me hizo?, ¿qué nos hicimos?, ¿qué fue haciendo el tiempo con nosotros?
Luchan, al verlo ahí, en mí esas imágenes suyas tan distintas que se van superponiendo, el que hacía tan feliz al niño que fui, el que nos hizo imposible la vida de adolescente a mi hermano y a mí, ése que nos contaba mamá que lloraba en la almohada, inconsolablemente mayor, su impotencia de no saber mostrarnos sus sentimientos ahora que empezábamos a ser adultos.
Y así, poco a poco, como ocurren casi siempre las cosas importantes, fue apareciendo en mi vida mi madre. Empecé a verla a ella, la que siempre estaba allí, la que siempre había estado allí, como esos camareros prudentes y atentos que siempre están atentos a ti sin que tú te des cuenta.
Me voy, me vuelvo a Madrid. La sonrisa de mi madre no consigue esconder la pena de sus ojos. Esa misma sonrisa, esa misma mirada que imagino cada vez que cuelgo el teléfono al hablar con ella los sábados por la tarde en la cabina de la esquina. Todos esos sábados que me siento un poco culpable, responsable, o causante al menos de su mirada perdida, agarrada al teléfono unos segundos todavía después del pitido que nos vuelve a separar.
Ya subido al tren, , mis pulmones se angustian por lo cerca y lo lejos que veo el aire oscuro que va quedando detrás. Como si este viaje, esta partida fuera el final de un largo primer acto, como si quedaran enterradas para siempre muchas cosas que hasta ahora yo sólo veía lejos, como entierra la noche, ahí detrás, para siempre, este día que ya nunca volverá a suceder. Recordando la tumba de mi padre hace unas horas y a mi madre cada vez más vencida, siento cómo me va alcanzando el tiempo y siento reforzados mis deseos de apurar el presente.

(Continuará ...)

martes, 11 de noviembre de 2008

El callejón. Novela por entregas. Página 14.

Siguen las mismas fotos en la pared: la tuya, tus ojos, María, tu mirada y la magia de aquellas largas conversaciones que manteníamos en el Instituto, tu cara apoyada en la mano, tu pelo rizado, recogido o al viento, tus camisas, tus jerséis, qué más da, tus ojos, tu mirada, la magia que aún hoy me parece mentira que fuera sólo yo quien percibía, que tú nunca la sintieras. Tus ojos, la magia de aquellos momentos que me hacían sentir seguro como nunca de la felicidad que se escondía detrás de algún pliegue del tiempo para nosotros. Cómo hacértelo ver, cómo convencerte de que detrás de alguno de esos callejones que nos han separado y nos han unido tantas veces hay tanta felicidad esperándonos. Cómo contarte que he visto lo que hay detrás del tiempo por aquellas miradas en que el túnel sereno y castaño de tus ojos se unía al de los míos en uno solo de aire transparente y fresco y avanzan juntos por entre los callejones del futuro. Que he visto lo que hay unas páginas más adelante escrito para nosotros en el guión de este gran teatro. Y así, más arrebujado con tus recuerdos que entre las sábanas, como hacía en aquellas interminables siestas del verano, el duermevelas me va conduciendo lentamente, fundiéndolo dulcemente con la realidad, al sueño.

(Continuará ...)

miércoles, 6 de agosto de 2008

El Calléjón. Novela por entregas. Página 13.

Abro, por fin, la puerta y vivo en un instante todos los años que no he pasado en ella, como si ese tiempo al que yo creía haber distanciado me hubiera alcanzado de pronto. Y noto, sin embargo, la ternura infinita que sólo se siente por lo que se ha perdido definitivamente, ese vacío que se extiende en un eco interminable desde una zona indefinida donde el regusto del paladar se hace melancólico, infinito hacia el fondo, hacia ese fondo que, mucho más abajo de donde tocan nuestros pies, nos hace atisbar la vaga intuición del lugar que ocupamos en todo esto, de la pequeña pieza que somos en el complejo laberinto de callejones de El Todo.

Mi cama, sus patas niqueladas, la colcha verdosa y gris con la que la visto siempre en la memoria, siguen en el mismo sitio. La cama que me acogió cuando me arrojaron de la cuna a ese mundo que empezaba a hacérseme ya desde entonces indescifrable, esa cama que me arropó cómplice tantas veces mientras yo me iniciaba, primero inocente y a solas, en eso que creí durante tanto tiempo que era amor, amor que se iba haciendo mientras esperaba ser aceptado, ensayos de amor tierno que me curaban de tantas cosas y de tanta gente, que seguramente sólo me curaban de mí mismo con curas que dejaban, al tiempo, la herida abierta lo justo, lo justo para seguir disfrutando de ella, la herida de la vida la podría llamar si no me sonara pretencioso y cursi como me está sonando ahora mientras lo pienso.

Me siento en la cama y vuelvo a sentirte conmigo. No, no fueron tus manos, María, las primeras que las mías soñaron acariciar aquí arrebujados, en esta cama. No fueron nuestros cuerpos los que se enredaron en aquellas marañas de sueño y realidad de las tardes de verano entre sábanas que nos hacían soñar hombres y mujeres recién nacidos. No, no fue para tu boca mi primer beso ni fue para mí tu primer deseo de ser eterna. Y, sin embargo, ahora, al pasar de los años, ha venido con tus manos, con tu cuerpo, con tus besos, aunque sólo sean soñados, la vida entera a estremecerse en mí de nuevo.

Mi pupitre, tu nombre sigue grabado en él, “María”, debajo para que nadie lo encuentre nunca, para siempre, como en mi alma, “María”. Tu nombre me llena la boca y al pronunciarlo renacen en mí a la vez la sensación de plenitud que desde aquella infancia lejana sólo tú me has dado, posiblemente sin querer, sólo por ser como eres: esa sensación de certeza, de seguridad en mí y en todo, porque todo estaba en su sitio, porque después de tantos años, vaivenes e incertidumbres todo volvía, como por arte de magia, de tu magia, la de tus ojos, la de tu voz y la de tu mirada, que me hablaban y me oían juntas, a cobrar sentido. La certeza de aquel presente de niño para el que no existía nada fuera de la plenitud del instante. María, pronunciar tu nombre y acariciarlo aquí, como lo acariciaba en aquellos lejanos cuadrantes de los tablones del Instituto donde lo desgastaba, casi sin tocarlo, cuando nadie me veía. Allí, te acariciaba suave en el papel, en el mero dibujo de tu nombre y me invadías cálida y lenta y me hacías revivir aquellas bibliotecas en que yo creí que todo lo tuyo era nuestro y yo no sabía cómo ocultar tras una broma que lo mío, que yo todo te pertenecía desde muchos años antes de conocerte, que mis ojos tenían dueña, tú, desde el principio de los tiempos en que un extraño equilibrio entre las cosas fue trazando todos los caminos que serían y los fue escondiendo en callejones, en túneles que iban paralelos y se acercaban y se cruzaban y se alejaban y, a veces, muy pocas veces, coincidían para siempre y corrían juntos hasta el final.

Y se cruzaron, se volvieron a cruzar tu destino y el mío, allí, en Madrid, en nuestras vidas nuevas. Yo siempre había ido a los mismo lugares por los mismos caminos; pero aquel día, aún no sé bien por qué me desvié de mi camino habitual y comencé a encontrarme con personajes diferentes, con otros paisajes, o quizás sólo fuera yo el que no era el mismo y por eso todo había cambiado, por eso los mismos paisajes, las mismas gentes, ésos, ya no eran los mismos. Lo cierto es que aquel día yo tenía la sensación de que mi vida iba a cambiar antes de llegar a la oficina. Como si por un pliegue del tiempo el presente dejara que se colara en él, en la conciencia del momento, el futuro, las esperanzas y los deseos. Pero esa sensación ya la había tenido yo muchas veces y nunca había cambiado nada.

(Cotinuará ...)

El Callejón. Novela por entregas. Página 12.

¿Han vuelto a saltar los años? Es domingo por la mañana, la felicidad existe. Tengo la cabeza tapada para no ser descubierto en la cama de mis padres, con una risilla de caricato, deseando ser encontrado. Es curioso como mi memoria me devuelve una y otra vez a la misma cama, a las mismas escenas, a los mismos caminos en los que ya se ha edificado tanto y no pueden, por tanto, volver a ser transitados. Mi padre me pega de mentirijillas en el culo, las risas lo inundan todo y, flojo, me saca de entre las sábanas. Qué blancas son las sábanas, cuánta luz tienen, ¡hasta dónde es capaz de colarse dentro el olor de la alegría! Me siento a caballo en él, mi madre me trae el cola-cao con pan frito, me coge la mano y yo me lo tomo. Me miran, cómo me miran. Sí, ¡la felicidad existe!, existió, al menos, algún día.

Al ver El Sillón, por unos instantes, se me ha confundido todo en el estómago, con esa vuelta de tripas inexplicable que nos lo aclara todo. Me parece que El Sillón está muerto, me sorprende que no lo hayan enterrado, me sorprende su tristeza, su insondable tristeza (qué bien reflejan algunos tópicos los sentimientos), la insondable tristeza que me produce el verlo solo, sin él, la misma tristeza de la última vez que lo vi sentado aquí.

Ya no hablaba, quiero decir que ya ni siquiera lo intentaba como antes. Mi madre le pasaba la maquinilla una y otra vez por su cara con la misma lentitud que sus miradas se iban yendo despacio, abandonadas, una a una para no volver. De vez en cuando, una lágrima nos recordaba que estaba vivo cayendo perezosa por su cara. Ése fue el último día que lo vi. Después, mi madre me fue despidiendo de él por teléfono, y me contó que fue así, por los ojos por donde la vida fue terminando de abandonarlo. Así, como un pueblo que se va quedando sin habitantes, él se fue quedando una a una sin palabras, primero sin las suyas, luego sin las que le prestábamos los demás, sin recuerdos, sin lágrimas, sin miradas, y así se fue quedando solo con su cuerpo, con su cuerpo sólo, ... y cerró los ojos. Los cerró como se van cerrando poco a poco tras nosotros algunos callejones cuando se nos van alejando inevitablemente del cristal trasero de este viejo tren que somos, desde el que se nos escapa todo.

Me voy acercando a la puerta de mi habitación, de la habitación de aquel que yo era, y el estómago vuelve a oprimir mis pulmones como para invadirlos o para fundirse con ellos, el pulso se me acelera ligeramente y las fuerzas me van abandonando lentas mientras me vuelvo ingrávido y dejo de sentir la piel a la que siento, sin embargo, en toda su integridad a un tiempo.

(Continuará ...)

sábado, 12 de abril de 2008

El Callejón. Novela por entregas. Página 11.

La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.

- María sigue en Madrid, ¿la has vuelto a ver? - Sí, alguna vez la he visto. - Pobrecilla, ¿cómo habrá podido terminar así?.

“Sí, alguna vez la he visto”. Me gustaría poder decirle la verdad, que sigo enamorado de ti y que te veo casi todas las noches; pero sería hacerla sufrir para nada.

Se me hace cada vez más difícil interpretar este papel, el papel del muchacho que murió cuando salí de aquí hace años ya, del muchacho que murió ese día y que quizás sea hoy cuando vengo a enterrar junto a mi padre. Me produce pena que no me dejaran cambiar aquí, que no me dejaran crecer, que sigan viendo en mí sólo lo que esperan, que me hayan echado en definitiva; y los maldigo, los maldigo, además, por haberme enseñado que mis nuevos amigos tampoco me verán cambiar, que ni siquiera ven ahora en mí más de lo que esperan; por haberme enseñado que yo, seguramente, no soy capaz de verlos a ellos tampoco.

-¿Y mi hermano?
-Se fue ayer. ¿No habláis por teléfono?
-Sí, mamá, claro que hablamos.

Y es verdad, hablamos algunas veces al año, como corresponde a hijos de los mismos padres que nunca fueron hermanos.

-Se fue anoche. Él sí pudo llegar a tiempo al entierro.
-Ya te he dicho que a mí me fue imposible, créeme.
-Como te es imposible quedarte más tiempo...
-Sí, mamá, me es imposible...

A su lado está el sillón de mi padre, El Sillón lo habíamos llamado siempre, el único que le recuerdo, en el que salté tantas veces en sus brazos, que me sirvió tantas veces de coche cuando él me enseñaba a conducir, en el que cabalgué tantos días junto a él.

Continuará ...

lunes, 3 de marzo de 2008

El Callejón. Novela por entregas. Página 10.

Al volver la calle, veo la casa de mis padres, de mi madre sólo ya. A esa casa nos mudamos a los pocos años. A la nueva casa se vino también mi prima. La casa era de mi abuelo y en ella vivíamos: él, mi tía y su familia y nosotros, hasta entonces sólo mis padres y yo. Luego nacería mi hermano.

Aunque no vivíamos solos, habíamos mejorado considerablemente. En la nueva casa teníamos ya dos dormitorios y una cocina que se comunicaba con el comedor, que con el paso del tiempo alternó su nombre con el pretencioso nombre de salón. El cuarto de baño seguía estando en el patio, pero ahora tenía un wáter, un lavabo y una ducha; aunque, eso sí, el cuartito-ducha, como le gustaba llamarlo a mi padre, lo compartíamos con la familia de mi tía y mi abuelo. Con el tiempo, tuvimos termo eléctrico y, más tarde, mi tía construyó un cuarto de baño para los suyos en un pequeño porche, entradita se le decía enonces, que teníamos delante.

A pesar de la ducha, en los primeros años de la nueva casa, mi madre me seguía bañando en el baño de zinc junto a la mesa camilla, a la que le remangaba la falda para que me llegara el calorcito de la copa. El baño era el sábado y el agua achicharraba siempre. Los demás días, mi madre me lavaba lo necesario, es decir: los pies, las manos, la cara, y la minina, como ella la llamaba. Esa minina ocultada como su nombre en el silencio y la reprobación, cargándose de morbo cada año, cada día, casi; esa que me hacía refugiarme en los sueños, que hacía que se refugiaran en mis sueños aquellas historias de amor con las actrices o con las niñas de mi colegio, tan auténticas que en ellas casi nunca nos daba tiempo de desnudarnos cuando la prematura explosión de la fisiología les ponía el fin. Un fin mezcla de ternura, esperanza y ansiedad, la ansiedad de saber que hasta dentro de un buen rato, mañana quizás, no volveríamos a abrazarnos con esa intensidad. Pero para esto faltan aún varios años.

Los sábados tocaba también lavarse la cabeza. La cabeza me la lavaba en el lavabo, cuyo borde, al final de la operación, se encontraba grabado en mi frente en rojo por la presión a la que mi madre la había sometido.

La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.

(Continuará ...)