Qué difícil resulta ahora
fingir normalidad
al salir al mundo
dejando aparcada hasta mañana
esta historia en la que vivo
encerrado en el cuaderno
desde hace meses.
Jesús.
Blog literario de Jesús Mejías (epegopo@gmail.com)
Qué difícil resulta ahora
fingir normalidad
al salir al mundo
dejando aparcada hasta mañana
esta historia en la que vivo
encerrado en el cuaderno
desde hace meses.
Jesús.
Me abren estos versos en canal
como hicieron siempre.
Es hermoso jugar con las palabras,
pero al usarlas para ordenar
mi corazón, mis pulmones,
mi sangre y otros humores
pueden salir manchadas,
hermosanente manchadas,
como las manos de un cirujano
que nos acaba de salvar la vida.
Jesús.
Creo que toda su historia la tendría que haber contado Juan Luis en primera persona, porque por mucho que nos haya hablado sobre ella, yo echo de menos continuamente los detalles de lo que él sintió en cada momento, echo de menos que lo realmente importante sean sus sensaciones, sus pensamientos ante todo aquello. Pero, desde luego, como sé todo lo que supondría la llegada de Ángel a la vida de Juan Luis, todo lo que supondrá Ángel para él durante toda su vida, es aquí donde más echo de menos lo que pasaba por la cabeza y por las entrañas de Juan Luis en ese momento ¿Cómo se puede contar desde fuera esa mezcla de alegría, temor, inquietud, de la que él nos habla cada vez que cuenta el instante en que Ana se pone de parto? ¿cómo puedo poner la palabra yo al trayecto hasta la casa de doña Conchita, la matrona?, ¿a la noche con Paco y los padres de ella entre el patio y el comedor, entre la cocina y la ventana del dormitorio?, ¿cómo se llama esa ternura única que él sintió al ver a su mujer y a la matrona dormidas en la cama, juntas, cuando el parto se paró?, ¿cuál fue la razón que le hizo ír varias veces al corral para sentarse bajo la higuera inmensa, como buscando su protección, buscando respuestas, buscando ni él sabe bien qué?, ¿cómo se llama, cuál es la palabra o la frase que nos puede dar una idea de lo que él busca allí, como el que busca a los espíritus del bosque?, ¿qué expresión puedo encontrar que refleje la alegría, la emoción, la ternura de ver por primera vez a su hijo, de tenerlo por primera vez en brazos como si sintiera, en ese momento, a todos los Mendoza y a todos los Arenas de su historia, no resumidos, sino fundidos en aquellos pocos kilos que sostenía entre los brazos?, ¿cómo contar el tiempo infinito que es capaz de ver en ese instante delante de ellos dos pasando de sus brazos a los de Ángel?
Pero no lo hemos conseguido ninguno, y mira que se lo hemos dicho casi todos. Él siempre responde que a él no lo saquemos de cosas cortas: algún poemilla, alguna carta, alguna anotación en su diario. Menos mal que me deja echar un vistazo de vez en cuando a esos papeles; si no, difícilmente hubiera podido terminar este capítulo así, acercando vagamente lo que escribo a la intensidad, a la verdad de ese mundo tan hermoso que se esconde muchas veces en Juan Luis; aunque es humano, ya lo sabemos, y por tanto no es perfecto, sólo se acerca a veces, a cosas que nos gustan mucho.
Jesús.
Fue un hermoso día de finales de junio. Un día caluroso que hicimos hermoso queriéndonos sin darnos demasiada cuenta de ello entonces.
Sofocábamos el calor del incipiente verano y alargábamos el final inminente de aquella aventura de cinco años de estudio que anunciaba su fin.
Una piscina en el campo, entre naranjos, nos sirvió para hacernos creer que seríamos capaces de vencer al tiempo y que sabríamos encontrar la fórmula para que aquellos días no terminaran jamás.
Las bromas, las sonrisas y los abrazos, que en el fondo sabíamos que eran los penúltimos, se convertían en el sortilegio con el que nos conjurábamos contra lo irreversible.
Entonces los vimos a ellos: K sostenía a J por debajo de la cintura, enseñándolo a nadar. Todos nos reímos, seguramente, porque nos dimos cuenta de la ternura infinita que había en aquel gesto inocente. Todos bromeamos entonces, quizás, porque con aquellos apenas veinte años hacía falta alguna cerveza más para atrevernos a ver de frente tanto cariño inocente. Y porque, quizás, todos vimos en aquel gesto simbolizada la pureza de nuestras relaciones, la fragilidad de nuestras relaciones frente a la maquinaria insensible del tiempo. Y aquel día de alegría no estábamos dispuestos a admitirla.
Jesús.
Se va adormeciendo
a esta hora la luz del sol.
Un manto de serenidad
se va apoderando
del sonido y el bullicio del día.
Jesús.
La última oscuridad de la noche
se deja abrazar
por las primeras luces del día.
Me siento pequeño aquí, en el centro
de la inmensidad de este abrazo;
mecido por la luz, envuelto, ingrávido
entre los sonidos de estas horas,
llevado por la brisa, por la magia
de este instante único de cada día.
Jesús.
Me queda la palabra, es cierto,
pero qué escaso consuelo
en estos malos tiemposLlevo días viéndote alzar el vuelo
siempre igual, distinta siempre
me llenas y me elevas,
me extiendes, ondulando suave,
sobre la tenue niebla
que se tiñe de todos los olores,
que huele a todos los colores
en los que me disuelves
con todos los sonidos,
con todos los sentidos
fundidos cada mañana.
Jesús
Entonces vi
que, pasado el tiempo,
ya sólo me necesitabas
para encontrarte, para explicarte,
para definir tus límites.
Entonces, se abrió lentamente
el dique que encierra
ese universo privado
que el amor siempre necesita.
Entonces, fue bonito también,
bonito y triste,
ver cómo poco a poco, muy poco a poco,
se nos desangraba entre las manos
amablemente cogidas.
Jesús.
Me gusta ver cada mañana
este ejército de girasoles
que se extiende loma abajo
hasta las puertas de Marchena.
Me gusta verlos
levantando sus cabezas
unidos, a la vez,
hacia las primeras luces del día.
Me gusta ver sus movimientos
acompasados, en silencio,
y cómo se hacen fuertes
uno junto al otro frente al viento.
Me gusta verlos trabajar
sin palabras, sin mirarse siquiera,
pero unidos en su misión
de proteger el grano
hasta su último aliento.
Jesús.
Algunos días,
doña Concha y doña Pepita
nos hacían echar la cabeza
en el pupitre a la hora de la siesta.
Una de ellas
nos leía un cuento con voz suave
mientras la otra
tomaba el café con doña Emilia.
En aquel momento,
el colegio desaparecía y surgían
el bosque, los animales,
los días luminosos del invierno.
Entre noticias feas,
hecho ahora la cabeza sobre mi mesa
y reviven en mí
todas las cosas hermosas del mundo.
Jesús.
Veo tu risa inteligente
con esos dos añitos
que parecen arrancar el vuelo
cogidos de nuestras manos.
Me miras desde esta foto,
desde aquellos ojillos,
ya tan lejanos,
que parecen condensar
la vida entera.
Jesús.
Jesús.
Veo tu risa inteligente
detrás de esos ojillos
que parecen arrancar el vuelo
cogidos de nuestras manos.
Me miras desde esta foto,
desde tus dos añitos,
ya tan lejanos,
y veo en ellos
toda tu vida condensada.
Jesús.
Entonces vi
que, pasado el tiempo,
ya sólo me necesitabas
para encontrarte, para explicarte,
para definir tus límites.
Entonces, se abrió lentamente
el dique que encierra
ese universo privado
que el amor siempre necesita.
Entonces, fue bonito también,
bonito y triste,
ver cómo poco a poco, muy poco a poco,
se nos desangraba entre las manos
amablemente cogidas.
Jesús.
Millones de voces
traídas por el tiempo
se unen en mi mano
para buscar a tientas
la luz del mundo.
Jesús.
En aquel momento sentí
en mi vientre encogido
toda la tristeza del mundo.
Fue un detalle sin importancia,
pero en él se condensaba
la distancia enorme
que alejaba nuestros mundos.
Hace ya mucho,
muchos años de aquello;
pero, a veces, me vuelve
con una punzada de dolor
el recuerdo de aquel bolígrafo.
Jesús.
Siento a veces mi cuerpo
como una hoja
que lleva el tiempo en volandas.
Siento hoy mi cuerpo
llevado por la luz
que flota en el aire de esta tarde,
en la quietud de este silencio ameno
que alegra mis sentidos.
Siento a veces mi cuerpo
como una hoja escrita por la historia,
como una nota que se escribe
al pie de la historia pequeña, cercana,
íntima de los míos.
Jesús.
Hablas al gato
y yo soy incapaz
de hacerlo: gracias.
Jesús
Gracias: tú hablas
al gato y yo no puedo
más que admirarte.
Jesús.
Me enternece oír a mi mujer
hablando a los animales
con ese cuidado.
Me miro en el espejo
y me enternece mi incapacidad
de hablar a los animales
con ese cuidado.
Me emociona sentir,
a través de mis seres queridos,
toda esa sensibilidad
que la vida me ha negado.
Jesús.
Aunque no lo sabemos,
mañana nos espera la vida
para seguir latiendo en nosotros; así,
como si hubiera un sentido que encontrarle,
como si hubiera un "para qué" más allá
que el de ser parte de este inmenso
pulmón de la historia.
Y, sin embargo, sigue siendo ilusionante
vivir con un propósito, jugar a darle sentido
a todo esto, como si lo tuviera.
Jesús.
Y sí, los poemas empiezan siempre con "Y",
aunque no la escribas.
Y es que todo es continuidad,
todo es suceder, seguir a lo que fue,
anteceder a lo que llegará después,
inevitablemente;
todo es causa ... y consecuencia
de lo que ocurrió, en los versos, ...
y en el texto de la vida.
Jesús.
Acabo de leer toda la crueldad del mundo encerrada en las páginas de un libro.
Cierro el libro con todo el dolor del que el alma es capaz. Levanto los ojos, y me abraza la luz suave de este mediodía de primavera, el verdor que se mece amable en las ramas de los árboles, el trino de los pájaros que parecen querer alegrar mis ojos.
Me alcanza el leve perfume de las lilas y de las rosas, que desciende con cada respiración lenta hasta lo más hondo.
Y todo ello, a la vez, se me funde dentro y me empuja a seguir.
Jesús.
Hoy quiero quitarme las gafas,
ver el mundo sin filtros,
quitarme los sombreros,
la crema de la piel.
Quiero borrar las barreras
al abrazo, a la risa,
al tellamo, tevisito, ... al tequiero.
Quiero notar el aire en los poros,
el sol en mi cuerpo,
el agua salada.
Quiero sentir la piel de los míos,
la burla, la carcajada;
apostar el corazón en el amor,
aunque resulte herido.
Hoy quiero sentir
la plenitud imperfecta del mundo,
que me hiera la vida,
no que me proteja.
Jesús.
“Querido Ángel:
Ante todo, discúlpame; perdona mi marcha en silencio, sin despedirme; pero no podía
ser de otra forma. De nuevo me voy sin decirte nada.
He caminado mucho tiempo por las fronteras del mundo. Ahora, creo que hace
bastante que las he traspasado y he descubierto que desde aquí no se puede volver ¡se
me hace tan difícil abandonar ese hábito diario de amor pagado con el que de alguna
manera me has conquistado!
Me he rendido, he bajado los brazos, he tirado la toalla, he huido. Ya no puedo seguir
luchando a cambio de nada. No quiero, no puedo; no puedo, no quiero seguir viviendo
entre tanta gente que me resulta tan ajena.
Ahora no sé si seré libre; pero, al menos, no me preocuparé más por aquellos a quienes
tan poco preocupo.
Aunque nunca me lo has preguntado, por la delicadeza extrema con la que me has
tratado siempre, con la que has tratado siempre nuestra relación; creo que no es justo
que me vaya sin contarte cómo caí en la prostitución.
Verás, como tantas muchachas que llegamos a Madrid desde una ciudad de provincias
en la época en que yo lo hice, y mucho más si era desde un pueblo como el nuestro;
como tantas muchachas que llegábamos a Madrid, yo me vi impresionada por la
modernidad. Quizás, por primera vez en mi vida, yo descubría qué era eso de ser
moderna, de ser joven, de seducir por el mero hecho de dejarme llevar; porque aquí,
sola, en una empresa en la que la inmensa mayoría de los compañeros eran hombres,
todo era tan fácil como dejarse llevar, vivir era tan fácil como dejarse llevar.
La confianza entre hombres y mujeres, la aparente desaparición de las fronteras entre
jefes y empleados, la laxitud en las relaciones físicas, …
Primero fueron las copas después del trabajo, las quedadas los fines de semana,
terminar en casa de alguien, quedarse a dormir, dormir juntos, enrollarse sin tener
ningún compromiso, … Es que era lo que hacían todos.
Te contaré una anécdota que ilustra muy bien esto que te digo. Sé que no viene a
cuento en una carta de despedida como ésta, pero igual que me ayuda en este
momento en que la recuerdo a tragarme las lágrimas con una sonrisa, espero que a ti
te ocurra lo mismo. Sé que es absurdo desearlo, pero espero que tú también sorbas,
leyéndola, tus lágrimas con una sonrisa. Espero que veas en esto, también, que, a pesar
de los pesares, hay cosas que sólo a ti te puedo contar; porque, como comprenderás, lo
que sigue, no se lo he contado nunca a nadie.
Verás, yo me quedaba con otra compañera en casa del jefazo, donde no estaba su
mujer aquel día, pero sí dos chicas extranjeras muy simpáticas que se unieron a la
fiesta y también durmieron allí. Durante la noche, la sed me hizo ir a la cocina. Allí estaba una de las chicas extranjeras sólo en bragas: -Uff, qué calor –me dijo con
dificultad, sonriendo y agitando su mano. Yo le devolví la sonrisa mientras asentía y
agitaba también mi mano. Después, mientras volvía a la habitación con mi vaso de
agua y vestida aún con la ropa que llevaba puesta el día anterior, pensé: “esto debe ser
ser moderna”.
Después vinieron los viajes de trabajo con el jefe: uno, dos, tres, … ¡dios mío, cuántos
viajes! Los dos solos, al poco tiempo, una sola habitación, … y me convertí en su
amante. Yo que me creía tan moderna y me enamoré de mi jefe casado. Me enamoré y
llegué a creer que era a mí a la que quería de verdad. Es decir, una historia de amantes
como lo fueron, coma arriba o coma abajo, todas las historias de amantes desde el
principio de los tiempos, con las mismas excusas, las mismas promesas, …
Luego vino, de la mano de mi fidelidad a este hombre, la fidelidad a la empresa, el
hacerme creer mi valía, ésa que sólo veía él y que me recompensaría sobradamente
llegado el momento. Y es verdad que, a veces, lo hizo; lo que ocurre es que para ello
hubo que hacer algún servicio a la empresa: acompañar a otros jefes de fuera cuando
venían a Madrid: acompañarlos a cenar, a conocer la ciudad, enseñarles la noche
madrileña, acompañarlos toda la noche en el hotel y, como comprenderás, con esa
naturalidad con la que éstos hacen las cosas, las cosas terminan ocurriendo.
Pasado el tiempo y, cuando estas visitas se fueron repitiendo, yo empecé a verlo todo
con distancia, también a mi amante, sobre todo a él y mi relación con él, e intenté
alejarme de este círculo vicioso en el que me había ido metiendo. Pero salir no era tan
fácil: no sé si ellos son tan hábiles o yo tan ingenua o si las cosas, sencillamente, son
así; el caso es que, después de muchos intentos, de muchos sicólogos y de mucho
tiempo, la única solución que encontré fue dejar la empresa.
Ya fuera, me siguieron buscando; pero ahora las normas las ponía yo, el precio lo ponía
yo, … el precio. Claro que, al principio, iba a ser algo transitorio, mientras encontraba
otro trabajo; pero resultaba difícil encontrar un trabajo en el que ganar tanto con …
¿tan poco esfuerzo?
Bueno, así empezó todo. Lo que vino después, lo puedes imaginar, era sólo cuestión de
tiempo hacerse de una buena cartera de clientes una vez que estás en ese ambiente.
Y, cuando yo ya no le daba muchas vueltas al asunto, aunque nunca dejé de verla como
una profesión pasajera, llegaste tú de nuevo a mi vida. Llegaste tú poniendo toda mi
vida patas arriba. ¡Ay, Ángel!, si te sirve de algo, siempre supe que eras la persona que
más me ha querido. Pero ¿cómo integrar en la María de hoy esa ingenuidad, esa
pureza con la que tú me quieres? Me has hecho volver a verme desde fuera, desde los
ojos de la María que fui, de la parte de mí que no quiero que se vaya y que está hoy tan
lejos. Y me has recordado mi impotencia, lo despreciable de este mundo del que no soy
capaz de salir si lo veo desde aquella María.De todas formas, no te sientas culpable por lo que voy a hacer; ya, antes de que tú
aparecieras, había estado tentada de dejarlo todo varias veces: conduciendo detrás de
un camión, junto a un acantilado, … me parecía tan fácil, … pero no fui capaz nunca...
hasta hoy.
Es curioso, Ángel, que no me haya podido enamorar de ti, seguramente, la única
persona a la que le he importado de veras, junto a mi padre. Por eso también yo me
doy asco. Pero era difícil enamorarse de alguien como tú, en quien he visto siempre una
especie de trasunto masculino mío; ¡cómo enamorarse de una misma!
No sé cómo será lo que me espera en el fondo de esta bañera tibia y acogedora. No sé
si me gustará lo que encontraré al otro lado, ahora que voy para siempre allí, donde no
habrá gente a quien entregarme, yo que sólo encontraba recompensa en ello.
En fin, ahora siento que todo esto tiene, siquiera sea un momento, aunque sólo sea el
último, si no sentido, paz al menos, la que no encuentro desde hace tanto, Ángel.
Ni siquiera me duele por mi padre o por mi abuela; ni siquiera me duele el desgarro que
estoy segura que esto producirá en ti. Verás, cuando se ve todo esto desde aquí no
importa nada la vida, ni la tuya ni la de los demás. A veces, pienso, incluso, algo que
puede parecer una atrocidad, pero que se me ocurre como un acto de amor: ojalá ellos
hagan lo mismo, me refiero a vosotros. Sé que es difícil de entender, pero cuando no le
ves sentido a tu vida, tampoco se lo ves a la de los demás y, menos, a la de aquellos a
los que quieres.
Antes de irme, me gustaría decirte sólo un par de cosas. Quisiera encontrar las
palabras que te hicieran comprender lo que para mí suponía, al final del día, terminarlo
en ese nido de amor fingido que tú me comprabas.
Debe resultar difícil entender, ya lo sé, que no te lo dijera nunca, que no dejara de
cobrártelo nunca; pero no podía darte esperanzas de algo que no existía, que no era lo
que tú necesitabas…
Al salir del apartamento, cada mañana, cuando te dejaba el cambio sobre la mesilla
veía, un día tras otro, ese cuaderno abierto como por casualidad que tú me ponías
junto al dinero. Era demasiado evidente que querías que lo leyera, que querías
comunicarte conmigo a través de él; pero no hacía falta. Para mí era muy claro, antes
de leerlo, todo lo que me querías decir allí en aquella especie de diario o de cuento que
me dejabas. Me lo decías con la dulzura y la paciencia con que tratabas cada día a una
prostituta, a una prostituta que había sido tu amiga, a mí, para intentar devolverla al
mundo. Pero en aquellas páginas tú te dirigías a una María que te habías inventado, a
una María que tenía que ver más con aquella adolescente cómplice tuya que fui, que
con la María en la que me he convertido. Es una María que podría haber sido, es
verdad, la que tú has creado es una de las muchas Marías que yo podría haber sido, …
pero no es la que fui eligiendo con cada decisión que he ido tomando.Aun así, en aquellas páginas que me dejabas, yo siempre vi mucho amor; seguramente,
lo más parecido al amor que nadie ha sentido por mí nunca. De todas formas, además
de tu amor, siempre encontraba un poso de soledad muy grande. Y eso también nos
unía. No la soledad momentánea que la gente siente a veces, sino esa soledad
cotidiana que nos define como la característica más determinante, esa soledad tuya
con la que yo me veo tan identificada.
Ya era bastante difícil acudir cada día a nuestra cita y actuar como si te conociera, sólo,
de las noches en que pagabas por mí, fingir que nunca antes te había conocido.
Ya era difícil verte sufrir, como suponía que lo hacías, cuando me veías y me oías
comportarme así; como suponía que sufrías tras esa paciencia que tenías ante este
“teatro” mío; como suponía que sufrías tras esa apariencia de normalidad con que me
contabas, entre mis silencios, las cosas que habías hecho en el día, como si yo te
prestara atención (quizás tú sabías que, tras mi farsa, yo, efectivamente, te la
prestaba, claro que te la prestaba).
Y era difícil para mí todo esto porque yo hubiera querido romper esa representación
tantas veces…; pero no podía, no podía volver a alimentar tus esperanzas en algo que
yo no sentía. Yo no tenía derecho a recibir tu amor sólo a cambio de mi amistad
agradecida, lo único que hubiera podido darte.
Y sufro también por mi egoísmo. Porque, entonces, ¿por qué asistía yo a nuestra cita?,
¿por qué acudía yo cada noche a nuestra cita? No lo sé, creo que era incapaz de cortar
el último lazo que me quedaba con la vida; porque creo que, durante los últimos meses,
esa relación que tú habías creado, ese paréntesis que fabricábamos cada noche entre
los dos, era el último lazo que me quedaba con la vida.
¿Cómo he ido llegando hasta aquí? No lo sé ¡qué lentamente vamos construyendo
nuestros caminos y qué lejos pueden llevarnos, con un pasito detrás de otro, de lo que
realmente quisimos ser un día!, ¡qué lejos la María que yo soy de la que hubiera
querido ser!, ¡qué lejos la María que yo soy hoy de la que fui y que tú venías a
recordarme cada día! Pero, cuando nos damos cuenta de todo esto, normalmente, ya
es muy difícil parar… ¡qué difícil es entonces retroceder y desandar lo andado!
Me resultaba curioso, a veces, curioso y tierno, ver cómo estabas convencido de que
estabas con María, esa María que ya no existía, esa que yo fui y que ahora veía, como
desde fuera, en el único lugar en que ahora habitaba: contigo, en ti.
¡Qué profundamente difícil es estar vivo!, ¿por qué no podremos enamorarnos de quien
nos conviene? ¡Cómo deseaba enamorarme de ti en aquellos días!, ¡cuántas cosas me
hubiera resuelto salir de tu mano de este maldito callejón en el que me he ido
metiendo! Sé que las estrechas callejuelas, intrincadas y sucias, de mi vida se hubieran
convertido en calles más anchas y más limpias a tu lado…, pero el corazón no entiende,
ya sabes, los consejos de la razón.Sólo leía, sin tocar el cuaderno, la página sobre la que me ponías el dinero cada día:
siempre una página nueva, un intento nuevo. No te imaginas cómo me acogía mi
vientre a mí, toda entera, al verlo; como me acogía con esa especie de cálido abrazo
que nos damos por dentro cuando algo nos conmueve y nos hace sentir especiales,
únicos, cuando por un momento le encontramos sentido a todo y el mundo parece
estar bien hecho, aunque sólo sea un momento.
Me las has ido poniendo así, desde la primera, una cada día. Con ellas, te he ido
conociendo mejor, me han sobrecogido muchas de las cosas que me decías y, a veces,
me he sorprendido indignada, por unas décimas de segundo, porque la mujer de esa
historia no se enamoraba de ti… hasta que caía en la cuenta de que la mujer de la que
hablabas era yo. He llegado a pensar cosas tan absurdas como que quizás yo
continuaba visitándote, cada día, sólo por descubrir cómo terminaba esa historia,
nuestra historia.
Ahora, sin embargo, ahora que sé como acaba esa historia, creo que acaba tan mal
que no la debiste escribir jamás, que no la debimos haber escrito jamás. O, quizás no
acaba mal esta historia, quizás sólo sea que es el único final posible éste, éste que
ahora mismo procedo a darle en cuanto acabe esta carta.
También quisiera que entendieras el dolor que me produjo dejar de acudir a nuestras
citas cada vez que lo hice; pero, como te digo, en muchos momentos intenté terminar
con este teatro que en el fondo estaba convencida de que nos hacía más daño que
bien… Ahora, lamento, sobre todo, no haber sido capaz de terminar con nuestros
encuentros cuando debí, cuando quizás hubiera podido hacerlo.
Ángel, se mezclan en mí en el momento de este adiós ¿quién sabe si definitivo?, el
deseo de que me olvides y de que no; de que me ames y de que me odies; en fin…,
Ángel, intenta ser feliz.
Por mí, no te preocupes, no te quepa ninguna duda de que me entrego a esta agua
cálida que me espera para apagar para siempre, dulcemente, la luz, sin tristeza, sin
desesperación. Sé que es difícil creer esto, pero me voy en paz, más en paz que nunca,
con la sensación de hacer lo que debo, lo que debí hacer hace mucho.
Te quise mucho a mi manera, ojalá hubiera sabido hacerlo de otra forma.
Adiós.
María.”
(FRAGMENTO DE "CALLEJÓN DE LA MEMORIA, Jesús Mejías.)
¿Cómo encontrar poesía
en aquel frío tan intenso,
en aquel dolor, en aquella niebla
que me encerraba tan dentro?
¿Y cómo no encontrarla
en la suavidad de tu mano
sobre mi frente, sobre mi hombro.
En el calor de tu voz
que me rescataba
de la gelidez de mi cuerpo.
En la luz de tus ojos al final de aquel túnel?
Jesús.
Acabo de leer un libro:
"EL bar de las grandes esperanzas";
sentirse acompañado
en el latido de alguien
es tan hondo, tan absoluto
que ni las palabras vienen:
no son necesarias, sobran,
en esta pertenencia al Todo
que ahora siento,
en esta Unidad que ahora soy.
Y, sin embargo,
sigo buscándolas en el aire
que me envuelve y me llena
por si a alguien más les sirvieran.
Jesús.
Huele a paz el trinar de estas aves,
trae esta brisa suave un eco hondo
que me abraza en este instante,
el gozo sencillo bajo la quietud del paisaje.
Jesús.
Intento extraer de mis latidos
el ritmo que me acompase,
siquirera sea en eso,
al ritmo que os mueve.
Jesús.
Descubrimos hace tiempo
que para mantener este amor nuestro
teníamos que seguir inventando
al otro cada día.
Han pasado los años,
hemos llegado hasta aquí
y me resulta hermoso ver
lo poco que me cuesta convertirte
aún hoy
en aquella que un día soñé.
Jesús.
Ahora,
no se mueven las hojas
en los árboles ante mis ojos.
El gris sustituye al arcoiris.
El silencio que reina en el aire
es inquietud, no es paz.
Sin embargo, hay algo en ello
que me hace sentir bien.
Podría ponerme cursi
y hablar de latidos, de plenitud;
pero no es eso, hoy no es eso,
es algo más sencillo,
es la forma humilde
en que la naturaleza, a veces,
sencillamente, me hace sentir bien.
Jesús.
Difícil olvidar aquella noche:
en el agua, solos los dos,
discreta, la luna
se reflejaba en un rincón.
Jesús.
Podría intentar ahora construir
el hermoso mundo que pudimos tener
y no tendremos.
Pero prefiero recordar
esa libreta que fuimos completando, a lápiz,
en todos estos años.
Se le han caído algunas páginas,
se han borrado algunas líneas
que nos dijimos y deshicimos;
Pero qué hermosos algunos versos,
cuánta verdad en lo dicho ...
y en lo callado.
Versos hechos con risas, con miradas.
versos escritos con susurros y con gritos,
versos hechos con caricias, con besos
A escondidas... y a cielo abierto.
Jesús.
Me llama esta manzana,
sola sobre la mesa,
perfecta en su modesta redondez,
en la austeridad de su color,
en la sencillez de su sabor.
Me llama esta manzana,
compañera humilde de tantos siglos,
saciando tanta hambre sin adornos,
recordándonos, siempre fiel,
la perfección de lo sencillo.
Jesús.