sábado, 25 de abril de 2026

Despedida de una suicida.

 “Querido Ángel:

Ante todo, discúlpame; perdona mi marcha en silencio, sin despedirme; pero no podía 

ser de otra forma. De nuevo me voy sin decirte nada.

He caminado mucho tiempo por las fronteras del mundo. Ahora, creo que hace 

bastante que las he traspasado y he descubierto que desde aquí no se puede volver ¡se 

me hace tan difícil abandonar ese hábito diario de amor pagado con el que de alguna 

manera me has conquistado!

Me he rendido, he bajado los brazos, he tirado la toalla, he huido. Ya no puedo seguir 

luchando a cambio de nada. No quiero, no puedo; no puedo, no quiero seguir viviendo 

entre tanta gente que me resulta tan ajena.

Ahora no sé si seré libre; pero, al menos, no me preocuparé más por aquellos a quienes 

tan poco preocupo.

Aunque nunca me lo has preguntado, por la delicadeza extrema con la que me has 

tratado siempre, con la que has tratado siempre nuestra relación; creo que no es justo 

que me vaya sin contarte cómo caí en la prostitución.

Verás, como tantas muchachas que llegamos a Madrid desde una ciudad de provincias 

en la época en que yo lo hice, y mucho más si era desde un pueblo como el nuestro; 

como tantas muchachas que llegábamos a Madrid, yo me vi impresionada por la 

modernidad. Quizás, por primera vez en mi vida, yo descubría qué era eso de ser 

moderna, de ser joven, de seducir por el mero hecho de dejarme llevar; porque aquí, 

sola, en una empresa en la que la inmensa mayoría de los compañeros eran hombres, 

todo era tan fácil como dejarse llevar, vivir era tan fácil como dejarse llevar.

La confianza entre hombres y mujeres, la aparente desaparición de las fronteras entre 

jefes y empleados, la laxitud en las relaciones físicas, …

Primero fueron las copas después del trabajo, las quedadas los fines de semana, 

terminar en casa de alguien, quedarse a dormir, dormir juntos, enrollarse sin tener 

ningún compromiso, … Es que era lo que hacían todos.

Te contaré una anécdota que ilustra muy bien esto que te digo. Sé que no viene a 

cuento en una carta de despedida como ésta, pero igual que me ayuda en este 

momento en que la recuerdo a tragarme las lágrimas con una sonrisa, espero que a ti 

te ocurra lo mismo. Sé que es absurdo desearlo, pero espero que tú también sorbas, 

leyéndola, tus lágrimas con una sonrisa. Espero que veas en esto, también, que, a pesar

de los pesares, hay cosas que sólo a ti te puedo contar; porque, como comprenderás, lo 

que sigue, no se lo he contado nunca a nadie.

Verás, yo me quedaba con otra compañera en casa del jefazo, donde no estaba su 

mujer aquel día, pero sí dos chicas extranjeras muy simpáticas que se unieron a la 

fiesta y también durmieron allí. Durante la noche, la sed me hizo ir a la cocina. Allí estaba una de las chicas extranjeras sólo en bragas: -Uff, qué calor –me dijo con 

dificultad, sonriendo y agitando su mano. Yo le devolví la sonrisa mientras asentía y 

agitaba también mi mano. Después, mientras volvía a la habitación con mi vaso de 

agua y vestida aún con la ropa que llevaba puesta el día anterior, pensé: “esto debe ser

ser moderna”.

Después vinieron los viajes de trabajo con el jefe: uno, dos, tres, … ¡dios mío, cuántos 

viajes! Los dos solos, al poco tiempo, una sola habitación, … y me convertí en su 

amante. Yo que me creía tan moderna y me enamoré de mi jefe casado. Me enamoré y 

llegué a creer que era a mí a la que quería de verdad. Es decir, una historia de amantes 

como lo fueron, coma arriba o coma abajo, todas las historias de amantes desde el 

principio de los tiempos, con las mismas excusas, las mismas promesas, …

Luego vino, de la mano de mi fidelidad a este hombre, la fidelidad a la empresa, el 

hacerme creer mi valía, ésa que sólo veía él y que me recompensaría sobradamente 

llegado el momento. Y es verdad que, a veces, lo hizo; lo que ocurre es que para ello 

hubo que hacer algún servicio a la empresa: acompañar a otros jefes de fuera cuando 

venían a Madrid: acompañarlos a cenar, a conocer la ciudad, enseñarles la noche 

madrileña, acompañarlos toda la noche en el hotel y, como comprenderás, con esa 

naturalidad con la que éstos hacen las cosas, las cosas terminan ocurriendo.

Pasado el tiempo y, cuando estas visitas se fueron repitiendo, yo empecé a verlo todo 

con distancia, también a mi amante, sobre todo a él y mi relación con él, e intenté 

alejarme de este círculo vicioso en el que me había ido metiendo. Pero salir no era tan 

fácil: no sé si ellos son tan hábiles o yo tan ingenua o si las cosas, sencillamente, son 

así; el caso es que, después de muchos intentos, de muchos sicólogos y de mucho 

tiempo, la única solución que encontré fue dejar la empresa.

Ya fuera, me siguieron buscando; pero ahora las normas las ponía yo, el precio lo ponía

yo, … el precio. Claro que, al principio, iba a ser algo transitorio, mientras encontraba 

otro trabajo; pero resultaba difícil encontrar un trabajo en el que ganar tanto con … 

¿tan poco esfuerzo?

Bueno, así empezó todo. Lo que vino después, lo puedes imaginar, era sólo cuestión de 

tiempo hacerse de una buena cartera de clientes una vez que estás en ese ambiente.

Y, cuando yo ya no le daba muchas vueltas al asunto, aunque nunca dejé de verla como

una profesión pasajera, llegaste tú de nuevo a mi vida. Llegaste tú poniendo toda mi 

vida patas arriba. ¡Ay, Ángel!, si te sirve de algo, siempre supe que eras la persona que 

más me ha querido. Pero ¿cómo integrar en la María de hoy esa ingenuidad, esa 

pureza con la que tú me quieres? Me has hecho volver a verme desde fuera, desde los 

ojos de la María que fui, de la parte de mí que no quiero que se vaya y que está hoy tan

lejos. Y me has recordado mi impotencia, lo despreciable de este mundo del que no soy 

capaz de salir si lo veo desde aquella María.De todas formas, no te sientas culpable por lo que voy a hacer; ya, antes de que tú 

aparecieras, había estado tentada de dejarlo todo varias veces: conduciendo detrás de 

un camión, junto a un acantilado, … me parecía tan fácil, … pero no fui capaz nunca... 

hasta hoy.

Es curioso, Ángel, que no me haya podido enamorar de ti, seguramente, la única 

persona a la que le he importado de veras, junto a mi padre. Por eso también yo me 

doy asco. Pero era difícil enamorarse de alguien como tú, en quien he visto siempre una

especie de trasunto masculino mío; ¡cómo enamorarse de una misma!

No sé cómo será lo que me espera en el fondo de esta bañera tibia y acogedora. No sé 

si me gustará lo que encontraré al otro lado, ahora que voy para siempre allí, donde no

habrá gente a quien entregarme, yo que sólo encontraba recompensa en ello.

En fin, ahora siento que todo esto tiene, siquiera sea un momento, aunque sólo sea el 

último, si no sentido, paz al menos, la que no encuentro desde hace tanto, Ángel.

Ni siquiera me duele por mi padre o por mi abuela; ni siquiera me duele el desgarro que

estoy segura que esto producirá en ti. Verás, cuando se ve todo esto desde aquí no 

importa nada la vida, ni la tuya ni la de los demás. A veces, pienso, incluso, algo que 

puede parecer una atrocidad, pero que se me ocurre como un acto de amor: ojalá ellos 

hagan lo mismo, me refiero a vosotros. Sé que es difícil de entender, pero cuando no le 

ves sentido a tu vida, tampoco se lo ves a la de los demás y, menos, a la de aquellos a 

los que quieres.

Antes de irme, me gustaría decirte sólo un par de cosas. Quisiera encontrar las 

palabras que te hicieran comprender lo que para mí suponía, al final del día, terminarlo

en ese nido de amor fingido que tú me comprabas.

Debe resultar difícil entender, ya lo sé, que no te lo dijera nunca, que no dejara de 

cobrártelo nunca; pero no podía darte esperanzas de algo que no existía, que no era lo 

que tú necesitabas…

Al salir del apartamento, cada mañana, cuando te dejaba el cambio sobre la mesilla 

veía, un día tras otro, ese cuaderno abierto como por casualidad que tú me ponías 

junto al dinero. Era demasiado evidente que querías que lo leyera, que querías 

comunicarte conmigo a través de él; pero no hacía falta. Para mí era muy claro, antes 

de leerlo, todo lo que me querías decir allí en aquella especie de diario o de cuento que 

me dejabas. Me lo decías con la dulzura y la paciencia con que tratabas cada día a una 

prostituta, a una prostituta que había sido tu amiga, a mí, para intentar devolverla al 

mundo. Pero en aquellas páginas tú te dirigías a una María que te habías inventado, a 

una María que tenía que ver más con aquella adolescente cómplice tuya que fui, que 

con la María en la que me he convertido. Es una María que podría haber sido, es 

verdad, la que tú has creado es una de las muchas Marías que yo podría haber sido, … 

pero no es la que fui eligiendo con cada decisión que he ido tomando.Aun así, en aquellas páginas que me dejabas, yo siempre vi mucho amor; seguramente,

lo más parecido al amor que nadie ha sentido por mí nunca. De todas formas, además 

de tu amor, siempre encontraba un poso de soledad muy grande. Y eso también nos 

unía. No la soledad momentánea que la gente siente a veces, sino esa soledad 

cotidiana que nos define como la característica más determinante, esa soledad tuya 

con la que yo me veo tan identificada.

Ya era bastante difícil acudir cada día a nuestra cita y actuar como si te conociera, sólo,

de las noches en que pagabas por mí, fingir que nunca antes te había conocido.

Ya era difícil verte sufrir, como suponía que lo hacías, cuando me veías y me oías 

comportarme así; como suponía que sufrías tras esa paciencia que tenías ante este 

“teatro” mío; como suponía que sufrías tras esa apariencia de normalidad con que me 

contabas, entre mis silencios, las cosas que habías hecho en el día, como si yo te 

prestara atención (quizás tú sabías que, tras mi farsa, yo, efectivamente, te la 

prestaba, claro que te la prestaba).

Y era difícil para mí todo esto porque yo hubiera querido romper esa representación 

tantas veces…; pero no podía, no podía volver a alimentar tus esperanzas en algo que 

yo no sentía. Yo no tenía derecho a recibir tu amor sólo a cambio de mi amistad 

agradecida, lo único que hubiera podido darte.

Y sufro también por mi egoísmo. Porque, entonces, ¿por qué asistía yo a nuestra cita?, 

¿por qué acudía yo cada noche a nuestra cita? No lo sé, creo que era incapaz de cortar 

el último lazo que me quedaba con la vida; porque creo que, durante los últimos meses,

esa relación que tú habías creado, ese paréntesis que fabricábamos cada noche entre 

los dos, era el último lazo que me quedaba con la vida.

¿Cómo he ido llegando hasta aquí? No lo sé ¡qué lentamente vamos construyendo 

nuestros caminos y qué lejos pueden llevarnos, con un pasito detrás de otro, de lo que 

realmente quisimos ser un día!, ¡qué lejos la María que yo soy de la que hubiera 

querido ser!, ¡qué lejos la María que yo soy hoy de la que fui y que tú venías a 

recordarme cada día! Pero, cuando nos damos cuenta de todo esto, normalmente, ya 

es muy difícil parar… ¡qué difícil es entonces retroceder y desandar lo andado!

Me resultaba curioso, a veces, curioso y tierno, ver cómo estabas convencido de que 

estabas con María, esa María que ya no existía, esa que yo fui y que ahora veía, como 

desde fuera, en el único lugar en que ahora habitaba: contigo, en ti.

¡Qué profundamente difícil es estar vivo!, ¿por qué no podremos enamorarnos de quien

nos conviene? ¡Cómo deseaba enamorarme de ti en aquellos días!, ¡cuántas cosas me 

hubiera resuelto salir de tu mano de este maldito callejón en el que me he ido 

metiendo! Sé que las estrechas callejuelas, intrincadas y sucias, de mi vida se hubieran 

convertido en calles más anchas y más limpias a tu lado…, pero el corazón no entiende, 

ya sabes, los consejos de la razón.Sólo leía, sin tocar el cuaderno, la página sobre la que me ponías el dinero cada día: 

siempre una página nueva, un intento nuevo. No te imaginas cómo me acogía mi 

vientre a mí, toda entera, al verlo; como me acogía con esa especie de cálido abrazo 

que nos damos por dentro cuando algo nos conmueve y nos hace sentir especiales, 

únicos, cuando por un momento le encontramos sentido a todo y el mundo parece 

estar bien hecho, aunque sólo sea un momento.

Me las has ido poniendo así, desde la primera, una cada día. Con ellas, te he ido 

conociendo mejor, me han sobrecogido muchas de las cosas que me decías y, a veces, 

me he sorprendido indignada, por unas décimas de segundo, porque la mujer de esa 

historia no se enamoraba de ti… hasta que caía en la cuenta de que la mujer de la que 

hablabas era yo. He llegado a pensar cosas tan absurdas como que quizás yo 

continuaba visitándote, cada día, sólo por descubrir cómo terminaba esa historia, 

nuestra historia.

Ahora, sin embargo, ahora que sé como acaba esa historia, creo que acaba tan mal 

que no la debiste escribir jamás, que no la debimos haber escrito jamás. O, quizás no 

acaba mal esta historia, quizás sólo sea que es el único final posible éste, éste que 

ahora mismo procedo a darle en cuanto acabe esta carta.

También quisiera que entendieras el dolor que me produjo dejar de acudir a nuestras 

citas cada vez que lo hice; pero, como te digo, en muchos momentos intenté terminar 

con este teatro que en el fondo estaba convencida de que nos hacía más daño que 

bien… Ahora, lamento, sobre todo, no haber sido capaz de terminar con nuestros 

encuentros cuando debí, cuando quizás hubiera podido hacerlo.

Ángel, se mezclan en mí en el momento de este adiós ¿quién sabe si definitivo?, el 

deseo de que me olvides y de que no; de que me ames y de que me odies; en fin…, 

Ángel, intenta ser feliz.

Por mí, no te preocupes, no te quepa ninguna duda de que me entrego a esta agua 

cálida que me espera para apagar para siempre, dulcemente, la luz, sin tristeza, sin 

desesperación. Sé que es difícil creer esto, pero me voy en paz, más en paz que nunca, 

con la sensación de hacer lo que debo, lo que debí hacer hace mucho.

Te quise mucho a mi manera, ojalá hubiera sabido hacerlo de otra forma.

Adiós.

María.”

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