domingo, 20 de septiembre de 2026

EL NACIMIENTO DE ÁNGEL.

Creo que toda su historia la tendría que haber contado Juan Luis en primera persona, porque por mucho que nos haya hablado sobre ella, yo echo de menos continuamente los detalles de lo que él sintió en cada momento, echo de menos que lo realmente importante sean sus sensaciones, sus pensamientos ante todo aquello. Pero, desde luego, como sé todo lo que supondría la llegada de Ángel a la vida de Juan Luis, todo lo que supondrá Ángel para él durante toda su vida, es aquí donde más echo de menos lo que pasaba por la cabeza y por las entrañas de Juan Luis en ese momento ¿Cómo se puede contar desde fuera esa mezcla de alegría, temor, inquietud, de la que él nos habla cada vez que cuenta el instante en que Ana se pone de parto? ¿cómo puedo poner la palabra yo al trayecto hasta la casa de doña Conchita, la matrona?, ¿a la noche con Paco y los padres de ella entre el patio y el comedor, entre la cocina y la ventana del dormitorio?, ¿cómo se llama esa ternura única que él sintió al ver a su mujer y a la matrona dormidas en la cama, juntas, cuando el parto se paró?, ¿cuál fue la razón que le hizo ír varias veces al corral para sentarse bajo la higuera inmensa, como buscando su protección, buscando respuestas, buscando ni él sabe bien qué?, ¿cómo se llama, cuál es la palabra o la frase que nos puede dar una idea de lo que él busca allí, como el que busca a los espíritus del bosque?, ¿qué expresión puedo encontrar que refleje la alegría, la emoción, la ternura de ver por primera vez a su hijo, de tenerlo por primera vez en brazos como si sintiera, en ese momento, a todos los Mendoza y a todos los Arenas de su historia, no resumidos, sino fundidos en aquellos pocos kilos que sostenía entre los brazos?, ¿cómo contar el tiempo infinito que es capaz de ver en ese instante delante de ellos dos pasando de sus brazos a los de Ángel?

Pero no lo hemos conseguido ninguno, y mira que se lo hemos dicho casi todos. Él siempre responde que a él no lo saquemos de cosas cortas: algún poemilla, alguna carta, alguna anotación en su diario. Menos mal que me deja echar un vistazo de vez en cuando a esos papeles; si no, difícilmente hubiera podido terminar este capítulo así, acercando vagamente lo que escribo a la intensidad, a la verdad de ese mundo tan hermoso que se esconde muchas veces en Juan Luis; aunque es humano, ya lo sabemos, y por tanto no es perfecto, sólo se acerca a veces, a cosas que nos gustan mucho.


Jesús.


viernes, 11 de septiembre de 2026

El sexo y el amor

 Y con los años,

se convirtió el sexo

todo en amor.


Jesús.

domingo, 30 de agosto de 2026

La ternura infinita de aquel gesto inocente

 Fue un hermoso día de finales de junio. Un día caluroso que hicimos hermoso queriéndonos sin darnos demasiada cuenta de ello entonces.

Sofocábamos el calor del incipiente verano y alargábamos el final inminente de aquella aventura de cinco años de estudio que anunciaba su fin.

Una piscina en el campo, entre naranjos, nos sirvió para hacernos creer que seríamos capaces de vencer al tiempo y que sabríamos encontrar la fórmula para que aquellos días no terminaran jamás. 

Las bromas, las sonrisas y los abrazos, que en el fondo sabíamos que eran los penúltimos, se convertían en el sortilegio con el que nos conjurábamos contra lo irreversible. 

Entonces los vimos a ellos: K sostenía a J por debajo de la cintura, enseñándolo a nadar. Todos nos reímos, seguramente, porque nos dimos cuenta de la ternura infinita que había en aquel gesto inocente. Todos bromeamos entonces, quizás, porque con aquellos apenas veinte años hacía falta alguna cerveza más para atrevernos a ver de frente tanto cariño inocente. Y porque, quizás, todos vimos en aquel gesto simbolizada la pureza de nuestras relaciones, la fragilidad de nuestras relaciones frente a la maquinaria insensible del tiempo. Y aquel día de alegría no estábamos dispuestos a admitirla.

Jesús.

miércoles, 26 de agosto de 2026

ATARDECER EN EL CAMPO.

Se va adormeciendo 

a esta hora la luz del sol.

Un manto de serenidad 

se va apoderando

del sonido y el bullicio del día.


Jesús.

Amaneceres únicos de cada día.

 La última oscuridad de la noche

se deja abrazar 

por las primeras luces del día. 


Me siento pequeño aquí, en el centro 

de la inmensidad de este abrazo; 

mecido por la luz, envuelto, ingrávido 

entre los sonidos de estas horas, 

llevado por la brisa, por la magia

de este instante único de cada día.


Jesús.


sábado, 8 de agosto de 2026

ME QUEDA LA PALABRA

Me queda la palabra, es cierto,

pero qué escaso consuelo

en estos malos tiempos
para la poesía.

Me queda la palabra, es cierto,
pero qué consuelo tan pequeño
en estos tiempos tan malos
para la disidencia,
para no militar con los ojos cerrados
tras una idea, contra una idea.

Me queda la palabra, es cierto,
pero me siento solo
muy solo con ella,
como con el paso cambiado
en los versos y en los sesos.

Aunque me queda la esperanza, es cierto,
la esperanza de que quizás, algún día,
se unirán los ecos
de estas palabras hoy solitarias,
decestos granos de arena insignificantes hoy
y empujarán en silencio
el enorme péndulo
del viejo reloj de la historia
para que vuelva sobre sus pasos
por no hacer mudanza en su costumbre.

Quizás sea esa ilusión
la que, a pesar de todo,
haga feliz este solitario, errático, viaje
en busca de la palabra exacta,
de la palabra que falta
en el mínimo hueco que tengo hoy
en el inmenso tapiz de la historia
que vamos tejiendo humildemente,
decisivamente, entre todos, cada día
desde el principio de los tiempos.


Jesús.

Fundido al amanecer.

 Llevo días viéndote alzar el vuelo

siempre igual, distinta siempre

me llenas y me elevas,

me extiendes, ondulando suave,

sobre la tenue niebla

que se tiñe de todos los olores,

que huele a todos los colores

en los que me disuelves

con todos los sonidos,

con todos los sentidos

fundidos cada mañana.


Jesús