Y con los años,
se convirtió el sexo
todo en amor.
Jesús.
Blog literario de Jesús Mejías (epegopo@gmail.com)
Fue un hermoso día de finales de junio. Un día caluroso que hicimos hermoso queriéndonos sin darnos demasiada cuenta de ello entonces.
Sofocábamos el calor del incipiente verano y alargábamos el final inminente de aquella aventura de cinco años de estudio que anunciaba su fin.
Una piscina en el campo, entre naranjos, nos sirvió para hacernos creer que seríamos capaces de vencer al tiempo y que sabríamos encontrar la fórmula para que aquellos días no terminaran jamás.
Las bromas, las sonrisas y los abrazos, que en el fondo sabíamos que eran los penúltimos, se convertían en el sortilegio con el que nos conjurábamos contra lo irreversible.
Entonces los vimos a ellos: K sostenía a J por debajo de la cintura, enseñándolo a nadar. Todos nos reímos, seguramente, porque nos dimos cuenta de la ternura infinita que había en aquel gesto inocente. Todos bromeamos entonces, quizás, porque con aquellos apenas veinte años hacía falta alguna cerveza más para atrevernos a ver de frente tanto cariño inocente. Y porque, quizás, todos vimos en aquel gesto simbolizada la pureza de nuestras relaciones, la fragilidad de nuestras relaciones frente a la maquinaria insensible del tiempo. Y aquel día de alegría no estábamos dispuestos a admitirla.
Jesús.
Se va adormeciendo
a esta hora la luz del sol.
Un manto de serenidad
se va apoderando
del sonido y el bullicio del día.
Jesús.
La última oscuridad de la noche
se deja abrazar
por las primeras luces del día.
Me siento pequeño aquí, en el centro
de la inmensidad de este abrazo;
mecido por la luz, envuelto, ingrávido
entre los sonidos de estas horas,
llevado por la brisa, por la magia
de este instante único de cada día.
Jesús.
Me queda la palabra, es cierto,
pero qué escaso consuelo
en estos malos tiemposLlevo días viéndote alzar el vuelo
siempre igual, distinta siempre
me llenas y me elevas,
me extiendes, ondulando suave,
sobre la tenue niebla
que se tiñe de todos los olores,
que huele a todos los colores
en los que me disuelves
con todos los sonidos,
con todos los sentidos
fundidos cada mañana.
Jesús
Entonces vi
que, pasado el tiempo,
ya sólo me necesitabas
para encontrarte, para explicarte,
para definir tus límites.
Entonces, se abrió lentamente
el dique que encierra
ese universo privado
que el amor siempre necesita.
Entonces, fue bonito también,
bonito y triste,
ver cómo poco a poco, muy poco a poco,
se nos desangraba entre las manos
amablemente cogidas.
Jesús.