Fue un hermoso día de finales de junio. Un día caluroso que hicimos hermoso queriéndonos sin darnos demasiada cuenta de ello entonces.
Sofocábamos el calor del incipiente verano y alargábamos el final inminente de aquella aventura de cinco años que anunciaba su fin.
Una piscina en el campo, entre naranjos, nos sirvió para hacernos creer que seríamos capaces de vencer al tiempo y que sabríamos encontrar la fórmula para que aquellos días no terminaran jamás.
Las bromas, las sonrisas y los abrazos, que en el fondo sabíamos que eran los penúltimos, se convertían en el sortilegio con el que nos conjurábamos contra lo irreversible.
Entonces los vimos a ellos. K sostenía a J por el abdomen enseñándolo a nadar. Todos nos reímos, seguramente, porque nos dimos cuenta de la ternura infinita que había en aquel gesto inocente. Todos bromeamos entonces, quizás, porque con aquellos apenas veinte años hacía falta alguna cerveza más para atrevernos a ver de frente tanto cariño inocente. Y porque, quizás, todos vimos en aquel gesto simbolizada la pureza de nuestras relaciones, la fragilidad de nuestras relaciones frente a la maquinaria insensible del tiempo. Y aquel día de alegría no estábamos dispuestos a admitirla.
Jesús.