Algunos días,
doña Concha y doña Pepita
nos hacían echar la cabeza
en el pupitre a la hora de la siesta.
Una de ellas
nos leía un cuento con voz suave
mientras la otra
tomaba el café con doña Emilia.
En aquel momento,
el colegio desaparecía y surgían
el bosque, los animales,
los días luminosos del invierno.
Entre noticias feas,
hecho ahora la cabeza sobre mi mesa
y reviven en mí
todas las cosas hermosas del mundo.
Jesús.
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