Sentí como si viajara en un tren, en un tren como éste que parece alejarme irremisiblemente de mi pueblo, de mi pasado, de lo que fui, de lo que fuimos. Sentí como si viajara en un tren que se hubiera llevado un largo tiempo junto a otro (un tiempo indefinible: tal vez una eternidad que me pareció un instante, o quizás un instante que me pareció una eternidad), como si esta ventanilla desde la que ahora no veo más que la hondura del espacio en el azul de la noche hubiera coincidido con la tuya en el otro tren y hubiésemos estado mirándonos fuera del tiempo todos los años que el mundo lleva rodando y, de pronto, notara que tu tren parte, se va sin saber adónde, sin saber quién eres, y notara en ese momento toda la impotencia posible tras estos cristales, fríos, que no dejan pasar mis manos, in mi boca, ni mi voz. Y estos pocos centímetros se fueran dilatando poco a poco, uno a uno con la misma inexorabilidad que van cayendo los minutos, las horas, los días, los años sobre nosotros.
El misterio volvía a aparecer, aquellas dudas de los primeros días que supiste enterrar en mí volvían a nacer ahora aumentadas. ¿Por qué te habías ido de esta forma? Ahora cobraba sentido aquella pregunta: ¿por qué lo has hecho?, me dijiste. ¿Por qué sólo podíamos vernos en tu casa?, jamás al cine, ni a cenar, ni a dar un paseo siquiera, ¿por qué siempre a esa hora? Todos los porqués se unían en una incógnita única que me ahogaba. ¿Qué estaba ocurriendo?, ¿qué me estabas ocultando?
Y seguí buscándote.
El tren ha parado en otra estación y yo, aturdido, he creído ver unas nubes de humo subiendo desde la vía, esas nubes de humo que tengo asociadas a los trenes de mi infancia.
Noto ahora como arranca, como me va llevando despacio. Me siento solo, distinto, ajeno a las conversaciones que me sobrevuelan, que me atraviesan como si yo fuera transparente, ignorado, o tal vez sólo sean mis ganas de serlo, o quizás que esas sensaciones me sean ya tan familiares...
Este tren me va llevando de nuevo a ti, de nuevo a mí. Me va alejando de ese yo que se va quedando tras los cristales, de ese yo que aún ve mi madre o que se resiste a abandonarla, a ése que ahora veo allí con sus pantalones cortos en el fondo de la noche. A ése que recuerdo con ternura, con el balón debajo del brazo y que me mira inmóvil desde el fondo del tiempo como me miraba yo mismo en aquellos sueños de niño en que me soñaba de mayor sin que pudiera recordar al despertar la cara que tenía en el sueño. Me miro desde la infancia como pensando -¿y así seré yo? Jamás se le había ocurrido que fuera tan complicado el futuro, que crecer fuera seguir perdido, que el misterio de su vida, que quizás el misterio de todos fuera ir buscándose siempre, buscando ese lugar seguro, ese lugar ideal donde sentarse a disfrutar, donde sentarse a descansar al fin, que no llega nunca. Jamás se le habría ocurrido aquello, que lo que buscaba todo el mundo, que lo que él también buscaría pasados unos años fuera ese jersey del pijama celeste al que mi madre le había quitado el bolsillo y le había puesto un escudo del Atlétic, con ese pantalón corto negro y esos calcetines largos de ella que le servían de medias y que se sujetaba con unas rodilleras de herradura que le sujetaban a la vez las rodillas y el corazón, a punto de salírsele por todos lados porque aquel día estrenaba sus primeras botas de fútbol. Era difícil imaginar, embutido en la emoción de esa ropa, que el futuro no fuera seguir en aquella isla del paraíso que delimitaban dos piedras en el suelo separadas por siete pasos medidos y remedidos cada vez que el balón las movía. Y no saber que no había que buscar nada, que lo que perseguiría a tientas el resto de su vida estaba allí y entonces. Y es que quizás sea eso todo, buscar esa isla, ese cerro en el que jugábamos, en el que fuimos felices eternamente una tarde. Ser de nuevo felices eternamente otra tarde, u otra mañana, o, a lo mejor, sólo una hora o sólo un momento.
Continuará (...)
viernes, 18 de septiembre de 2009
domingo, 28 de junio de 2009
El Callejón. Novela por entregas. Página 20.
Fue arriesgada la apuesta, fue mucho lo que perdí, pero en el fondo no me arrepiento, porque de haberlo conseguido, de haber conseguido enamorarte, el premio hubiera merecido la pena. Era tan evidente que seríamos felices juntos...
Las últimas ocasiones en que nos habíamos visto, las cosas parecían haber avanzado mucho: tu mano hacía lo que yo deseaba, tu voz decía lo que yo necesitaba y me parecía que todo ocurría así también a la inversa. Quizás me faltó paciencia, no lo sé, pero yo necesitaba más, necesitaba algo más que aquel té, algo más que aquel rato, algo más que aquel teatrillo con principio y final, con escenario, por mucho que los diálogos parecieran cada vez menos fingidos, que por último parecieran fuera del guió ya, o quizás por eso.
Por eso quizás me aventuré.
Fue un lunes, yo había llegado hasta aquí como siempre, debatiéndome entre ser yo o pensar en ti a la hora de vestirme, de elegir la colonia, de peinarme, aunque últimamente, hasta en estas pequeñas cosas, parecía que lo que yo prefería era lo que te gustaba:
- ¡Qué bien hueles!
- ¡Qué camisa más bonita!
Y me atreví:
- Pues yo hoy tengo algo que decirte.
- No me asustes. ¿Ha ocurrido algo? ¿Es algo malo?
- No, no te asustes, ha ocurrido algo, pero no creo que se vaya a caer el mundo por ello. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta se ilumina.
- ¿Qué ha ocurrido? Venga, no me asustes.
- Me he mudado. He cambiado de casa, he alquilado un piso aquí al lado, junto al mercado.
Lo dije con una sonrisa confiada, porque , a pesar de todo, esperaba que esto nos acercara más. Sin embargo, en el fondo, me latía algo dentro con intranquilidad.
- ¿Por qué lo has hecho?- dijiste. Y por el semblante que pusiste pareció que te hubiera anunciado una enfermedad grave.
- ¡Ah! querías que te lo hubiera consultado, ¿eh?- intenté ayudarte a salir de la trampa que tú misma parecías haberte puesto con tu expresión.
- No, no es eso.
Y siguió todo, como siempre ocurre contigo, con normalidad. Sabiendo lo que hoy sé, me parece mentira que reaccionaras como lo hiciste entonces, me resulta increíble la facilidad con que pones la mano cuando te vas a caer y cómo parece que todo el mundo esperara que te sacudieras la mano de la forma en que lo haces al levantarte, que en el aire estuviera hecho el hueco para tu mano, para tus piernas flexionándose y para conducir el polvo que te sacudes, de nuevo al suelo.
Te di la dirección, me acompañaste -incluso- aquella tarde a verlo en un gesto que yo no sabía cómo interpretar, pues detrás de él y de tu jovialidad algo me inquietaba, un velo que había detrás de tu mirada, donde se sitúan esos ojos que creemos a salvo de los demás, como en otra dimensión paralela y que es desde donde el yo que realmente somos se siente seguro y lo vigila todo. Pero, a veces, un extraño callejón los lleva a coincidir con los reales, los hace visibles y nos hace dudar. Eso debí yo notarte aquella tarde, porque sólo tenía motivos para sentirme dichoso y, sin embargo, había un nosequé que me mantuvo intranquilo todo el tiempo.
Te fuiste, sencillamente. Tú también te mudaste, pero sin dejarme nada, ni una nota, nada, nada más que un abatimiento, una angustia, un vacío que sólo se puede explicar con un silencio lento, muy lento, hondo, muy hondo.
(Continuará ...)
Las últimas ocasiones en que nos habíamos visto, las cosas parecían haber avanzado mucho: tu mano hacía lo que yo deseaba, tu voz decía lo que yo necesitaba y me parecía que todo ocurría así también a la inversa. Quizás me faltó paciencia, no lo sé, pero yo necesitaba más, necesitaba algo más que aquel té, algo más que aquel rato, algo más que aquel teatrillo con principio y final, con escenario, por mucho que los diálogos parecieran cada vez menos fingidos, que por último parecieran fuera del guió ya, o quizás por eso.
Por eso quizás me aventuré.
Fue un lunes, yo había llegado hasta aquí como siempre, debatiéndome entre ser yo o pensar en ti a la hora de vestirme, de elegir la colonia, de peinarme, aunque últimamente, hasta en estas pequeñas cosas, parecía que lo que yo prefería era lo que te gustaba:
- ¡Qué bien hueles!
- ¡Qué camisa más bonita!
Y me atreví:
- Pues yo hoy tengo algo que decirte.
- No me asustes. ¿Ha ocurrido algo? ¿Es algo malo?
- No, no te asustes, ha ocurrido algo, pero no creo que se vaya a caer el mundo por ello. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta se ilumina.
- ¿Qué ha ocurrido? Venga, no me asustes.
- Me he mudado. He cambiado de casa, he alquilado un piso aquí al lado, junto al mercado.
Lo dije con una sonrisa confiada, porque , a pesar de todo, esperaba que esto nos acercara más. Sin embargo, en el fondo, me latía algo dentro con intranquilidad.
- ¿Por qué lo has hecho?- dijiste. Y por el semblante que pusiste pareció que te hubiera anunciado una enfermedad grave.
- ¡Ah! querías que te lo hubiera consultado, ¿eh?- intenté ayudarte a salir de la trampa que tú misma parecías haberte puesto con tu expresión.
- No, no es eso.
Y siguió todo, como siempre ocurre contigo, con normalidad. Sabiendo lo que hoy sé, me parece mentira que reaccionaras como lo hiciste entonces, me resulta increíble la facilidad con que pones la mano cuando te vas a caer y cómo parece que todo el mundo esperara que te sacudieras la mano de la forma en que lo haces al levantarte, que en el aire estuviera hecho el hueco para tu mano, para tus piernas flexionándose y para conducir el polvo que te sacudes, de nuevo al suelo.
Te di la dirección, me acompañaste -incluso- aquella tarde a verlo en un gesto que yo no sabía cómo interpretar, pues detrás de él y de tu jovialidad algo me inquietaba, un velo que había detrás de tu mirada, donde se sitúan esos ojos que creemos a salvo de los demás, como en otra dimensión paralela y que es desde donde el yo que realmente somos se siente seguro y lo vigila todo. Pero, a veces, un extraño callejón los lleva a coincidir con los reales, los hace visibles y nos hace dudar. Eso debí yo notarte aquella tarde, porque sólo tenía motivos para sentirme dichoso y, sin embargo, había un nosequé que me mantuvo intranquilo todo el tiempo.
Te fuiste, sencillamente. Tú también te mudaste, pero sin dejarme nada, ni una nota, nada, nada más que un abatimiento, una angustia, un vacío que sólo se puede explicar con un silencio lento, muy lento, hondo, muy hondo.
(Continuará ...)
jueves, 26 de febrero de 2009
El Callejón. Novela por entregas. Página 19.
El tren ha frenado y la parada me ha hecho volver a la realidad. Al fondo, en la estación, tras los cristales de la cafetería, veo a una pareja, sentados uno frente a otro, con las manos cogidas sobre la mesa, se miran extasiados. No hay ruidos para ellos, no hay gente, no hay tiempo. Viéndolos, recuerdo el bar de debajo de tu casa, donde yo quise llevarte tantas veces después de nuestro reencuentro, donde tú no quisiste nunca venir conmigo.
Y nos fuimos encontrando otros días, siempre a la misma hora, para el café. Yo cambiaba mis turnos para liberar esas horas cada vez que me llamabas. No querías que fuésemos a ningún sitio que no fuera tu apartamento ni querías que nos viéramos a otra hora.
Según me iba acercando a ti, a ese barrio turbio lleno de callejones oscuros que llevaban al mercado, yo volvía a confiar secretamente en el futuro, en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían. Iba pensando en cómo dirigir la conversación para tener alguna pista más de si yo por fin significaba algo para ti. Iba planeando mil conversaciones que luego nunca ocurrían, absorto como me quedaba cuando tú aparecías. Iba buscando la forma de ir minando con la palabra más dulce, con el gesto, con la sonrisa el muro que notaba que se interponía entre nosotros.
No conseguía enterarme nunca de dónde trabajabas. Eras administrativa en una fábrica de tejidos con nombre muy raro y siempre te las ingeniabas para que yo nunca supiese dónde estaba. Desviabas siempre la conversación al pasado , a las ilusiones con las que llegaste a Madrid después de dejar la universidad en tercero. Nunca me atreví a decírtelo, pero notaba al pasar por este asunto que tú eras consciente de que yo conocía la versión que en el pueblo se dio de todo aquello, que te venías a abortar, que estabas embarazada de nadie sabía bien quién. La carrera ya no te ilusionaba, me decías, la casa de tus padres te agobiaba y necesitabas un cambio de aires y encontraste ese trabajo de administrativo que te permitía vivir bien. Ahora también te agobiaba este trabajo:
- ¡Ojalá pudiera dejarlo!, pero ¿para trabajar en qué?
Al llegar a mi casa todo me resultaba misterioso, aunque cuando tú lo decías pareciera tan natural.
Recordando aquellas tardes en que tomábamos el té con pastas, recordando ahora aquellas tardes perdidas, echo de menos ese misterio y maldigo una y mil veces aquel intento de acercamiento que me hizo perderlo todo. Intenté penetrar en la barrera que te habías puesto para protegerte, no soportaba no conocer lo que había detrás de tanto secreto, de esa careta de las cinco de la tarde, no soportaba no poder tenerte del todo, no poder conocer a María toda, a la verdadera María de hoy.
(Continuará)
Y nos fuimos encontrando otros días, siempre a la misma hora, para el café. Yo cambiaba mis turnos para liberar esas horas cada vez que me llamabas. No querías que fuésemos a ningún sitio que no fuera tu apartamento ni querías que nos viéramos a otra hora.
Según me iba acercando a ti, a ese barrio turbio lleno de callejones oscuros que llevaban al mercado, yo volvía a confiar secretamente en el futuro, en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían. Iba pensando en cómo dirigir la conversación para tener alguna pista más de si yo por fin significaba algo para ti. Iba planeando mil conversaciones que luego nunca ocurrían, absorto como me quedaba cuando tú aparecías. Iba buscando la forma de ir minando con la palabra más dulce, con el gesto, con la sonrisa el muro que notaba que se interponía entre nosotros.
No conseguía enterarme nunca de dónde trabajabas. Eras administrativa en una fábrica de tejidos con nombre muy raro y siempre te las ingeniabas para que yo nunca supiese dónde estaba. Desviabas siempre la conversación al pasado , a las ilusiones con las que llegaste a Madrid después de dejar la universidad en tercero. Nunca me atreví a decírtelo, pero notaba al pasar por este asunto que tú eras consciente de que yo conocía la versión que en el pueblo se dio de todo aquello, que te venías a abortar, que estabas embarazada de nadie sabía bien quién. La carrera ya no te ilusionaba, me decías, la casa de tus padres te agobiaba y necesitabas un cambio de aires y encontraste ese trabajo de administrativo que te permitía vivir bien. Ahora también te agobiaba este trabajo:
- ¡Ojalá pudiera dejarlo!, pero ¿para trabajar en qué?
Al llegar a mi casa todo me resultaba misterioso, aunque cuando tú lo decías pareciera tan natural.
Recordando aquellas tardes en que tomábamos el té con pastas, recordando ahora aquellas tardes perdidas, echo de menos ese misterio y maldigo una y mil veces aquel intento de acercamiento que me hizo perderlo todo. Intenté penetrar en la barrera que te habías puesto para protegerte, no soportaba no conocer lo que había detrás de tanto secreto, de esa careta de las cinco de la tarde, no soportaba no poder tenerte del todo, no poder conocer a María toda, a la verdadera María de hoy.
(Continuará)
martes, 20 de enero de 2009
El Callejón. Novela por entregas. Página 18.
Tú vivías cerca y nos fuimos a tu apartamento. En el camino, iba reviviendo ese amor que había estado durmiendo no sé dónde desde que te fuiste todos estos años. Y ya en tu casa te conté aquellas tardes de verano en la escalera de la azotea de Rafa en que hablábamos de ti mientras contemplábamos cómo la tarde se hacía roja y ardía, cómo la noche venía azul con esos colores brillantes que sólo existen, seguramente, en nuestros recuerdos, contagiados de nuestra melancolía y de nuestras ansias de trascendencia de entonces. Esos colores, el equilibrio en que se sucedían el día y la noche, en que la luna venía a llevarse al sol, justo cuando éste parecía no poder más, y el sol acostaba a la luna, tan débil ya, que casi ni se veía. Todo eso también nos contagiaba a nosotros y, sin saberlo, nos iba haciendo crecer.
Debatíamos durante horas lo que significaba tu sonrisa aquella mientras hablabas con tu amiga camino del autobús. Discutíamos si te debía seguir en ese camino o si no. Salíamos luego a pasear por esos mismos caminos que tú hacías hasta el instituto para que yo me sintiera más cerca de ti, con esa confianza en la magia de las cosas que teníamos en aquellos años. Con esa certeza íntima en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían, como había sucedido siempre hasta entonces, en esa época de la vida en que el presente se va ensanchando y va dejando entrar en él, en la conciencia del momento, al futuro, a las esperanzas, a los deseos. En ese tiempo en que, sin embargo, la memoria opera de un modo tan selectivo que todo aquello que no nos explicamos se va filtrando hasta desaparecer en esas zonas del cerebro que sólo estarán disponibles más adelante, cuando ya no confiemos tanto en el equilibrio natural de las cosas, cuando éste se haya roto tantas veces ante nosotros que no tengamos más remedio que ir perdiendo poco a poco la confianza en él. Unos antes y otros más tarde; unos, apoyándose en este tránsito en explicaciones religiosas, en bálsamos para estas heridas o en anestesia y antiojeras para no verlas, para no sentirlas; otros, ahogándose y desahogándose, vamos quedando atrapados en esa nube de escepticismo que no ayuda pero que deja seguir viviendo; y el resto es, sencillamente, simple: tan simple como lo fueron siempre y tienen esa felicidad de la ignorancia que yo, muchas veces les envidio.
Todas estas cosas nos pasaban por la cabeza entre las charlas y los silencios de aquellos días, con el mismo desorden que iban y venían las nubes de aquellas tardes, como traídas y llevadas por ellas.
Eran años de esperanza, en los que me esperaba un futuro feliz, por supuesto, contigo. No sabía cómo, porque pese a nuestros paseos y nuestras conversaciones, tú no estabas enamorada de mí; pero era tan evidente ...: lo que yo sentía por ti, las señales que me daba todo: las matrículas de los coches, las piedras con las que atinaba siempre que ésa fuera la condición, las carreras para llegar al semáforo o a la esquina antes que los coches, la sonrisa del cobrador del autobús, o, sencillamente, ese pasar las franjas rojas de la acera sin pisarlas. Empezaba a intuir que detrás de todo aquello había una explicación oculta, que detrás de cada cosa la había, y era excitante darse cuenta de ello, aunque no se encontrara entonces. Aunque lo simplificara todo en que tú eras la explicación, ya entreveía entonces el nexo que lo unía todo, el hilo invisible que lo anudaba todo, que lo enredaba todo en el caos y lo ordenaba, ése que entre tú y yo se me hacía tan visible, tan obvio.
No sólo hablábamos de ti, claro; a Rafa y a Juan los ocupaban otras musas y a todos nos preocupaba la certeza que empezábamos a tener de que éramos distintos, la estupidez que veíamos en el comportamiento de muchos de nuestros compañeros de clase, lo crueles que empezaban a ser algunos comentarios sobre nosotros.
(Continuará ...)
Debatíamos durante horas lo que significaba tu sonrisa aquella mientras hablabas con tu amiga camino del autobús. Discutíamos si te debía seguir en ese camino o si no. Salíamos luego a pasear por esos mismos caminos que tú hacías hasta el instituto para que yo me sintiera más cerca de ti, con esa confianza en la magia de las cosas que teníamos en aquellos años. Con esa certeza íntima en que las cosas que debían ocurrir ocurrirían, como había sucedido siempre hasta entonces, en esa época de la vida en que el presente se va ensanchando y va dejando entrar en él, en la conciencia del momento, al futuro, a las esperanzas, a los deseos. En ese tiempo en que, sin embargo, la memoria opera de un modo tan selectivo que todo aquello que no nos explicamos se va filtrando hasta desaparecer en esas zonas del cerebro que sólo estarán disponibles más adelante, cuando ya no confiemos tanto en el equilibrio natural de las cosas, cuando éste se haya roto tantas veces ante nosotros que no tengamos más remedio que ir perdiendo poco a poco la confianza en él. Unos antes y otros más tarde; unos, apoyándose en este tránsito en explicaciones religiosas, en bálsamos para estas heridas o en anestesia y antiojeras para no verlas, para no sentirlas; otros, ahogándose y desahogándose, vamos quedando atrapados en esa nube de escepticismo que no ayuda pero que deja seguir viviendo; y el resto es, sencillamente, simple: tan simple como lo fueron siempre y tienen esa felicidad de la ignorancia que yo, muchas veces les envidio.
Todas estas cosas nos pasaban por la cabeza entre las charlas y los silencios de aquellos días, con el mismo desorden que iban y venían las nubes de aquellas tardes, como traídas y llevadas por ellas.
Eran años de esperanza, en los que me esperaba un futuro feliz, por supuesto, contigo. No sabía cómo, porque pese a nuestros paseos y nuestras conversaciones, tú no estabas enamorada de mí; pero era tan evidente ...: lo que yo sentía por ti, las señales que me daba todo: las matrículas de los coches, las piedras con las que atinaba siempre que ésa fuera la condición, las carreras para llegar al semáforo o a la esquina antes que los coches, la sonrisa del cobrador del autobús, o, sencillamente, ese pasar las franjas rojas de la acera sin pisarlas. Empezaba a intuir que detrás de todo aquello había una explicación oculta, que detrás de cada cosa la había, y era excitante darse cuenta de ello, aunque no se encontrara entonces. Aunque lo simplificara todo en que tú eras la explicación, ya entreveía entonces el nexo que lo unía todo, el hilo invisible que lo anudaba todo, que lo enredaba todo en el caos y lo ordenaba, ése que entre tú y yo se me hacía tan visible, tan obvio.
No sólo hablábamos de ti, claro; a Rafa y a Juan los ocupaban otras musas y a todos nos preocupaba la certeza que empezábamos a tener de que éramos distintos, la estupidez que veíamos en el comportamiento de muchos de nuestros compañeros de clase, lo crueles que empezaban a ser algunos comentarios sobre nosotros.
(Continuará ...)
El Callejón. Novela por entregas. Página 17.
Desde aquella noche, volví todos los días a la misma hora a aquel semáforo, pero tú no estabas. Desde aquel día en que te vi, en que estaba seguro de que te había visto, o, al menos, quería, deseaba estar seguro de ello. Desde aquel día, iba por todos lados buscándote, esperaba encontrarte a la salida de la panadería, en la tienda de periódicos, entre la marea de cabezas que me rodeaba a algunas horas en la calle; temía que hubieses estado un momento antes que yo o que aparecieras poco después de que yo me fuera, deseaba y temía que fueras en ese autobús que se cruzaba conmigo y se alejaba ...
Y te encontré, como suele ocurrir, en el momento en que menos lo esperaba. Salía yo de pelarme, de una de esas pocas barberías que conservan este nombre y no han sucumbido a las cúrsiles tentaciones de modernidad de los tiempos que corren. Allí, mientras sacudía en el cuello de la camisa los picores del pelo recién cortado, pasaste a mi vera, sin reparar en mí. Tuve que llamarte varias veces hasta conseguir que me oyeras, que me saliera la voz del cuerpo:
-¡María!
Y te volviste, incrédula, tú también:
-¿Pero qué haces tú aquí?
Llevabas puesto el mismo vestido del día que te vi en el semáforo, ese vestido largo y suelto, con colores y motivos que me recordaban algo exótico, esos mundos naturales que uno aún imagina en otros lugares, en África, en Hispanoamérica, esos mundos que, como ocurre con tantas otras cosas, echamos tanto de menos sin haberlos tenido nunca. Tal vez por eso, porque siempre representaste para mí la naturalidad, la facilidad con que ocurrían todas las cosas, porque te recuerdo siempre con la cara lavada, sin maquillaje, y me vuelve a sorprender, como aquel día el verte hoy los ojos maquillados de morado, con ese color que tanto te gustó siempre, estorbando en tu hermosa cara. Sí, por eso me parece que te favorece tanto este vestido. Todas estas ideas se atropellan en mi mente mientras te veo durante un instante, sólo un instante congelado en el que vuelve a pasar toda la película de nuestras vidas, y el aire vuelve a tener esa luz que hace siglos que no tiene, ese sabor y ese olor; esa temperatura, esa densidad que me acaricia y me tensa suavemente toda la piel, todos los órganos, todo mi cuerpo por dentro.
- Ya ves, trabajando.
Volvían a tambalearse las palabras en mi boca antes de salir como la última vez que te vi. Volvía a sentir esa mezcla de temor y deseo de encontrarte, esos nervios adolescentes que yo ya creía perdidos para siempre.
Sin encontrar bien el tono, entre seco y bobo acerté a preguntarte:
-¿Y tú? Llevaba mucho tiempo sin verte.
- Pues trabajando también. ¿No sabías que yo vivía aquí?
- Sí –le respondí.
- ¿Entonces?...
Y nos echamos a reír en una risa que pronto se hizo una sola y nos envolvió.
Hablabas con esa desenvoltura con que siempre lo hiciste, haciendo que lo que decías fuera lo que evidentemente había que decir, que sonrieras cuando eso era lo único que cabía hacer, que callaras cuando no había nada que decir. Y esa facilidad hacía que me serenara en cuanto cruzábamos dos o tres frases, como siempre había ocurrido.
(Continuará ...)
Y te encontré, como suele ocurrir, en el momento en que menos lo esperaba. Salía yo de pelarme, de una de esas pocas barberías que conservan este nombre y no han sucumbido a las cúrsiles tentaciones de modernidad de los tiempos que corren. Allí, mientras sacudía en el cuello de la camisa los picores del pelo recién cortado, pasaste a mi vera, sin reparar en mí. Tuve que llamarte varias veces hasta conseguir que me oyeras, que me saliera la voz del cuerpo:
-¡María!
Y te volviste, incrédula, tú también:
-¿Pero qué haces tú aquí?
Llevabas puesto el mismo vestido del día que te vi en el semáforo, ese vestido largo y suelto, con colores y motivos que me recordaban algo exótico, esos mundos naturales que uno aún imagina en otros lugares, en África, en Hispanoamérica, esos mundos que, como ocurre con tantas otras cosas, echamos tanto de menos sin haberlos tenido nunca. Tal vez por eso, porque siempre representaste para mí la naturalidad, la facilidad con que ocurrían todas las cosas, porque te recuerdo siempre con la cara lavada, sin maquillaje, y me vuelve a sorprender, como aquel día el verte hoy los ojos maquillados de morado, con ese color que tanto te gustó siempre, estorbando en tu hermosa cara. Sí, por eso me parece que te favorece tanto este vestido. Todas estas ideas se atropellan en mi mente mientras te veo durante un instante, sólo un instante congelado en el que vuelve a pasar toda la película de nuestras vidas, y el aire vuelve a tener esa luz que hace siglos que no tiene, ese sabor y ese olor; esa temperatura, esa densidad que me acaricia y me tensa suavemente toda la piel, todos los órganos, todo mi cuerpo por dentro.
- Ya ves, trabajando.
Volvían a tambalearse las palabras en mi boca antes de salir como la última vez que te vi. Volvía a sentir esa mezcla de temor y deseo de encontrarte, esos nervios adolescentes que yo ya creía perdidos para siempre.
Sin encontrar bien el tono, entre seco y bobo acerté a preguntarte:
-¿Y tú? Llevaba mucho tiempo sin verte.
- Pues trabajando también. ¿No sabías que yo vivía aquí?
- Sí –le respondí.
- ¿Entonces?...
Y nos echamos a reír en una risa que pronto se hizo una sola y nos envolvió.
Hablabas con esa desenvoltura con que siempre lo hiciste, haciendo que lo que decías fuera lo que evidentemente había que decir, que sonrieras cuando eso era lo único que cabía hacer, que callaras cuando no había nada que decir. Y esa facilidad hacía que me serenara en cuanto cruzábamos dos o tres frases, como siempre había ocurrido.
(Continuará ...)
viernes, 26 de diciembre de 2008
El callejón. Novela por entregas. Página 16
Te llamaré, en cuanto llegue te llamaré. Sólo he estado una noche sin verte y no he podido dormir pensando dónde estarías, y no sé bien por qué me volvía una y otra vez la película de aquel día en que nuestros callejones se volvieron a cruzar.
Eran las diez y media de la noche cuando subí al autobús, yo iba mientras casi todos venían, mientras la ciudad iba recogiéndose, volviéndose perezosa como hacía a diario hacia esas horas.
Fue entonces, allí, junto a aquel semáforo, mientras el autobús giraba por aquella rotonda, cuando te vi. Después de tantos años volvía a encontrarte y sentí de pronto como si mi marcha del pueblo, mi llegada a la ciudad y los años que en ella llevaba con aquel andar sin rumbo, intentando distanciar al pasado, hubieran cobrado sentido. Sin saberlo, lo que había estado haciendo todo ese tiempo era buscarte.
Te perdiste entonces entre las cabezas de los pocos viajeros que me acompañaban, fui rápido a las ventanillas del otro lado y ya no estabas.
Te había visto sólo un momento y no pude identificar claramente tus rasgos, pero estaba seguro de que eras tú por el eco que habías dejado en mí. Esa sensación de no saber, de pronto, qué hacer con el tiempo, de no saber qué hacer con mis pensamientos, de no saber para qué me sirve el cuerpo si no estás tú.
Si no he podido verte bien, si no te he podido identificar por completo, sí que he reconocido sin dudarlo este vacío, este vacío absoluto que sólo he sentido en mi vida cada vez que he notado que te perdía.
Me he ido enamorando a lo largo de los años de muchas mujeres, me he ido enamorando de muchas formas, pero sólo tú me has hecho sentir dentro el hueco infinito que somos, lo blanca que está la página en la que nos vamos inventando, en la que vamos escribiendo el personaje en que nos vamos convirtiendo a fuerza de ensayarlo. Sí, así me siento yo ahora, con esa felicidad absoluta que me hace ser el mejor yo posible, con esa necesidad de encontrarte y hacerte todo lo feliz que yo soy por ti, con esa necesidad de encontrarte para, al menos, hacerte saber todo lo dichoso que me has hecho en este instante.
(Continuará ...)
Eran las diez y media de la noche cuando subí al autobús, yo iba mientras casi todos venían, mientras la ciudad iba recogiéndose, volviéndose perezosa como hacía a diario hacia esas horas.
Fue entonces, allí, junto a aquel semáforo, mientras el autobús giraba por aquella rotonda, cuando te vi. Después de tantos años volvía a encontrarte y sentí de pronto como si mi marcha del pueblo, mi llegada a la ciudad y los años que en ella llevaba con aquel andar sin rumbo, intentando distanciar al pasado, hubieran cobrado sentido. Sin saberlo, lo que había estado haciendo todo ese tiempo era buscarte.
Te perdiste entonces entre las cabezas de los pocos viajeros que me acompañaban, fui rápido a las ventanillas del otro lado y ya no estabas.
Te había visto sólo un momento y no pude identificar claramente tus rasgos, pero estaba seguro de que eras tú por el eco que habías dejado en mí. Esa sensación de no saber, de pronto, qué hacer con el tiempo, de no saber qué hacer con mis pensamientos, de no saber para qué me sirve el cuerpo si no estás tú.
Si no he podido verte bien, si no te he podido identificar por completo, sí que he reconocido sin dudarlo este vacío, este vacío absoluto que sólo he sentido en mi vida cada vez que he notado que te perdía.
Me he ido enamorando a lo largo de los años de muchas mujeres, me he ido enamorando de muchas formas, pero sólo tú me has hecho sentir dentro el hueco infinito que somos, lo blanca que está la página en la que nos vamos inventando, en la que vamos escribiendo el personaje en que nos vamos convirtiendo a fuerza de ensayarlo. Sí, así me siento yo ahora, con esa felicidad absoluta que me hace ser el mejor yo posible, con esa necesidad de encontrarte y hacerte todo lo feliz que yo soy por ti, con esa necesidad de encontrarte para, al menos, hacerte saber todo lo dichoso que me has hecho en este instante.
(Continuará ...)
El callejón. Novela por entregas. Página 15.
He despertado y, ahora, estoy en el cementerio. Ante la tumba de mi padre me acuerdo de “El extranjero” aquel que parecía no sentir nada ante la muerte del suyo, como si la pena tan grande que tenía fuera una pena intelectual, reflexiva, pero que no ponía en marcha los mecanismos físicos de presión en el pecho, de asfixia o temblores que nos dan la certeza del sentimiento.
¿Cuándo se rompió la magia, el cordón invisible que me unía a mi padre?, ¿qué fue lo que hice?, ¿qué fue lo que me hizo?, ¿qué nos hicimos?, ¿qué fue haciendo el tiempo con nosotros?
Luchan, al verlo ahí, en mí esas imágenes suyas tan distintas que se van superponiendo, el que hacía tan feliz al niño que fui, el que nos hizo imposible la vida de adolescente a mi hermano y a mí, ése que nos contaba mamá que lloraba en la almohada, inconsolablemente mayor, su impotencia de no saber mostrarnos sus sentimientos ahora que empezábamos a ser adultos.
Y así, poco a poco, como ocurren casi siempre las cosas importantes, fue apareciendo en mi vida mi madre. Empecé a verla a ella, la que siempre estaba allí, la que siempre había estado allí, como esos camareros prudentes y atentos que siempre están atentos a ti sin que tú te des cuenta.
Me voy, me vuelvo a Madrid. La sonrisa de mi madre no consigue esconder la pena de sus ojos. Esa misma sonrisa, esa misma mirada que imagino cada vez que cuelgo el teléfono al hablar con ella los sábados por la tarde en la cabina de la esquina. Todos esos sábados que me siento un poco culpable, responsable, o causante al menos de su mirada perdida, agarrada al teléfono unos segundos todavía después del pitido que nos vuelve a separar.
Ya subido al tren, , mis pulmones se angustian por lo cerca y lo lejos que veo el aire oscuro que va quedando detrás. Como si este viaje, esta partida fuera el final de un largo primer acto, como si quedaran enterradas para siempre muchas cosas que hasta ahora yo sólo veía lejos, como entierra la noche, ahí detrás, para siempre, este día que ya nunca volverá a suceder. Recordando la tumba de mi padre hace unas horas y a mi madre cada vez más vencida, siento cómo me va alcanzando el tiempo y siento reforzados mis deseos de apurar el presente.
(Continuará ...)
¿Cuándo se rompió la magia, el cordón invisible que me unía a mi padre?, ¿qué fue lo que hice?, ¿qué fue lo que me hizo?, ¿qué nos hicimos?, ¿qué fue haciendo el tiempo con nosotros?
Luchan, al verlo ahí, en mí esas imágenes suyas tan distintas que se van superponiendo, el que hacía tan feliz al niño que fui, el que nos hizo imposible la vida de adolescente a mi hermano y a mí, ése que nos contaba mamá que lloraba en la almohada, inconsolablemente mayor, su impotencia de no saber mostrarnos sus sentimientos ahora que empezábamos a ser adultos.
Y así, poco a poco, como ocurren casi siempre las cosas importantes, fue apareciendo en mi vida mi madre. Empecé a verla a ella, la que siempre estaba allí, la que siempre había estado allí, como esos camareros prudentes y atentos que siempre están atentos a ti sin que tú te des cuenta.
Me voy, me vuelvo a Madrid. La sonrisa de mi madre no consigue esconder la pena de sus ojos. Esa misma sonrisa, esa misma mirada que imagino cada vez que cuelgo el teléfono al hablar con ella los sábados por la tarde en la cabina de la esquina. Todos esos sábados que me siento un poco culpable, responsable, o causante al menos de su mirada perdida, agarrada al teléfono unos segundos todavía después del pitido que nos vuelve a separar.
Ya subido al tren, , mis pulmones se angustian por lo cerca y lo lejos que veo el aire oscuro que va quedando detrás. Como si este viaje, esta partida fuera el final de un largo primer acto, como si quedaran enterradas para siempre muchas cosas que hasta ahora yo sólo veía lejos, como entierra la noche, ahí detrás, para siempre, este día que ya nunca volverá a suceder. Recordando la tumba de mi padre hace unas horas y a mi madre cada vez más vencida, siento cómo me va alcanzando el tiempo y siento reforzados mis deseos de apurar el presente.
(Continuará ...)
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