viernes, 10 de junio de 2022

Toda la paz del mundo.

Me llega toda la paz del mundo envuelta en las notas de esta melodía y me la deja caer despacio como agua fina, muy fina, desde arriba.

 

Respiro esta paz con la música que me va invadiendo por dentro, que va llenando todos los huecos de mi ser.

 

Agradezco a la vida este momento, estos momentos que se me repiten tantas veces, haciéndome sentir pleno.

 

Siento esta paz en el sonido de esta música, en este aire, en esta luz que penetra todos mis poros y me inunda con él todo lo bueno que los años me han regalado: ese amanecer difuso de la calle Malasmañanas y su gente, ese árbol que desde allí se fue cargando de ramas, de frutos; las que se cayeron, las que hubo que ir talando, …

 

Cierro los ojos y siento que soy el aire que me envuelve, la tierra en la que mis raíces se disuelven y se funden, la luz con la que los que hacen mejor mi vida están permanentemente en mí.

 

Estoy aquí en mi viejo sillón con el que soy uno solo; sin ojos porque soy luz, sin pies porque soy tierra que se ahonda hasta el infinito, sin cuerpo porque soy aire.

 

Y agradezco a la vida este momento eterno, estos momentos que se me repiten tantas veces, haciéndome sentir pleno.

 

Jesús.

jueves, 14 de marzo de 2019


LA ACARICIÉ SUAVEMENTE MIENTRAS SE DORMÍA.

Con este amargor tan extraño que tienen algunos recuerdos, regresa a mí cómo la acaricié suavemente, la última vez, mientras se dormía, la última vez que se durmió. Sonreía con esa sonrisa que me permitía inventar todo lo que me hubiera gustado que dijera en ese instante. Fue un momento como con banda sonora. El aire parecía recoger las notas con una densidad especial que tenía que ver con su temperatura. Ese aire que me envolvía y me acariciaba cálido dentro, llenándome y vaciándome rítmicamente al son de su respiración que intenté impotente retener y que, de pronto, sobre mi cara, cesó.

Jesús.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Los Reyes existen .



-¡Los Reyes, los Reyes, … han estado aquí ya, han venido dos días antes! - La oí decir mientras bajaba los escalones atropelladamente.

Entonces cerré el grifo y subí rápidamente sin que me viera. Cambié los juguetes de sitio y volví al cuarto de baño. Cuando sonaron de nuevo los pasos de mi hija enredados por la escalera con su voz. Me fui detrás: -Mira, papá, ¿lo ves? … ¿Cómo? pero si estaba aquí la cocinita hace un momento, la he visto. Te lo juro- Me lo decía, sin dar crédito a lo que acababa de descubrir, con sus ojos, a punto de salirle de las órbitas, más que con sus palabras.

En ese instante, se paró en seco y su sonrisa nos anticipó un gran descubrimiento: - … Esto sólo lo han  podido hacer Los Reyes … entonces … Los Reyes existen, no son los padres. Los reyes existen.
Y acabó diciendo, como para sí misma: -Qué tonta es la Rocío, se lo tengo que contar el lunes. Estoy deseando que llegue el lunes para contárselo.


Jesús. 25 de febrero de 2010.

lunes, 11 de abril de 2016

AQUÍ HAY MUCHOS CUENTOS

A Inés y Andrés.
Por todos los cuentos,
 por todas las noches que nos hemos regalado.


AQUÍ HAY MUCHOS CUENTOS


         Aquel día, Inés y Andrés habían estado toda la tarde en el campo. Había hecho un día muy soleado. Ellos habían corrido entre los naranjos tras la pelota, habían jugado a quitársela uno a otro y a quitársela a sus padres hasta caer al suelo rendidos del cansancio y la risa. Rendidos de toda la felicidad que hay en el color del aire de un domingo cuando se tienen los ocho años de Inés y los cinco de Andrés.

         Al día siguiente había cole y a las nueve y media ya estaban en la cama. A ellos les gustaba que su padre les contara un cuento antes de dormir:

-          El cuento de hoy, inventado, ¿vale papi?- le dijo Inés con una sonrisita picarona mientras se cruzaba una mirada con Andrés, que le guiñaba un ojo.
-          Un cuento inventado, vale. Pero cortito, que ya son las nueve y media y mañana hay que levantarse temprano. ¿De qué lo queréis?
-          De una ardillita chiquitita – le propuso su hijo, mientras le hacía la forma redondeada de la ardillita con las manos y con la boca, que más parecía un hociquito así puesta, de una forma tan cómica.

Al final, los tres se echaron a reír levantando las piernas y los brazos  hacia arriba en la cama.
La habitación de Andrés estaba pintada de blanco con un zocalito verde que se veía interrumpido por infinidad de muñecos de peluche y por su cama. La de Inés era casi igual, aunque el color del zócalo era rosita. Su padre les contaba el cuento sentado en una silla desde el pasillo, justo entre las dos puertas, desde donde ambos podían verlo.

Y empezó el cuento:

“Había una vez una ardilla pequeñita...

–Flapi, ¿vale Andrés? –interrumpió el cuento una vocecilla que venía desde la habitación de su hermana, aunque con el sueño parecía venir de mucho más lejos.
-Sí, papá, que se llame Flapi. –Confirmó su hermano.

Bien, había una vez una ardilla pequeñita que se llamaba Flapi y que vivía en un bosque muy grande. Ella había elegido para vivir un pino muy alto, con una copa enorme.

Aquel día estaba durmiendo tranquilamente cuando un ruido y un gran temblor la despertaron. Su árbol temblaba como si lo estuvieran cortando.

¿Cómo?... Cuando la ardillita se asomó vio sorprendida que ...

... ¡Lo estaban cortando! ¡Estaban cortando su árbol!

Flapi cogió lo que pudo rápidamente y bajó corriendo, aunque antes de hacerlo pudo ver desde allí arriba cómo no era su árbol el único que estaban cortando. ¡Estaban cortando todos los árboles del bosque!

Asustada y sin saber bien qué hacer ni dónde ir, sólo se le ocurrió salir corriendo entre aquellos hombres con casco y aquellos camiones y aquellas sierras que parecían perseguirla, y buscó refugio en otro lugar.

Cuando se alejó un poco de allí, se sentó al borde del camino para descansar y poner en orden todo lo que estaba pasando. Buscando en su cabeza alguna solución para todo aquello, recordó que no demasiado lejos de allí había otro bosque al que llegó una vez que se extravió jugando.

Se dirigió allí y eligió uno de aquellos árboles, el que más le gustó para que fuera su nuevo hogar. Era un pino también, un pino alto y con una copa enorme. Le recordaba mucho su casa anterior y seguramente por eso era por lo que lo había elegido.

Todavía cansada y un poco triste empezó a colocar sus cosas. Colgó la mochila de las nueces en una rama, un hueco entre las hojas le sirvió de armario y puso sus dos pantaloncitos con tirantas, su camisa amarilla y su pijama. También sacó el medio coco que utilizaba de vaso y cortó un trozo de rama verde y blanda que le serviría para limpiarse los dientes.

-¡Ay! –dijo mientras se tendía boca arriba para descansar.

-Papá, búscale una amiga a Flapi, por ... –dijo Andrés con un hilo de voz que se fue perdiendo hasta desvanecerse antes de pedirlo por favor.

Su padre miró a lo dos que, metidos entre las sábanas blancas,  parecían flotar arrebujados en una nube. Intentaba retener dónde se había quedado Flapi al final del cuento para poder continuarlo al día siguiente.

-Flipi, que se llame Flipi su amiga. –Lo sobresaltó la voz de Inés, que parecía hablar dormida- Sigue, yo estoy despierta aunque tenga los ojitos cerrados, es que tengo ya mucho sueño. –Y, con los ojos cerrados, se curvaron sus labios lenta, muy lentamente; dulce, muy dulcemente, en una sonrisa.

-Vale:

Flapi estaba echada boca arriba cuando oyó una voz detrás de ella que le decía:


-          ¡Eh!, ¡tú!, ¿qué haces ahí, en mi árbol?

Era otra ardilla, que llegaba con una gran bolsa de piñones y de nueces.

-          ¿Quién?, ¿yo? – le tembló la voz a Flapi por el susto. Y pensó en la mala suerte que ese día estaba teniendo. –Yo soy Flapi y estoy aquí porque me he quedado sin casa. Han cortado mi árbol. Bueno, han cortado todos los árboles de mi bosque. Y por eso he venido aquí, buscando una nueva casa. Perdona, creía que aquí no vivía nadie.

Flapi empezó a recoger sus cosas lentamente y los ojos se le pusieron muy tristes. Flipi, al verla, la detuvo:

-Espera, espera. Puedes quedarte aquí conmigo, yo vivo sola y me gustaría tener una amiga. Tú me gustas.

Flapi dejó la mochila en el suelo, y la boca, y los ojos se le fueron alegrando mientras oía a Flipi:

         -¿De verdad? Gracias, amiga. ¿Cómo te llamas?

         -Flipi, yo me llamo Flipi. ¿Y tú?

         -Yo, Flapi.

         Se quedaron un momento calladas, se miraron sin saber bien qué decir. Y las dos se echaron a reír y se abrazaron.

         -Ven, te enseñaré donde yo tengo mis cosas. Como ves el árbol es muy grande y hay sitio de sobra para las dos.

         -Sí, se parece mucho al que yo tenía en mi bosque, creo que por eso lo elegí.

         Flipi le enseñó primero el árbol y, luego,  fueron muy contentas a ver el bosque, mientras terminaban de recoger frutos para comer.

         -¿Os está gustando el cuento?, cariños. –Era la forma en que su padre acostumbraba a descubrir si Andrés e Inés estaban dormidos. Los niños no contestaron y él, como cada día que le tocaba contar el cuento a sus hijos, quería retener para siempre esa imagen, ese sentimiento que las palabras no saben explicar, ese sentimiento que cada día era igual y cada día era distinto. Esa escena que sus hijos y los cuentos le regalaban cada día. No sabía cómo pero sabía que algún día encontraría la forma de regalársela también a ellos, cuando acaso el tiempo hubiera borrado de su memoria estos días de la infancia o, al menos, estos fragmentos. El padre era un llorón y, por eso, algunas veces, se le asomaba una lágrima en esos momentos, pero era una lágrima dulce y tibia que casi siempre, después de haber calentado el filillo de los ojos se terminaba derramando hacia dentro y él notaba cómo le iba reconfortando ese calorcillo según bajaba despacio hasta el estómago. Ése era el momento en que se les acercaba, les daba un beso, los arropaba como él siempre soñó que quizás su padre y su madre lo hicieron con él y apagaba la luz hasta el día siguiente.


UN PASEO POR EL BOSQUE

         El día siguiente era lunes, Andrés e Inés se acostaron temprano para ir descansados al cole por la mañana. Por la tarde habían jugado con la bicicleta y habían hecho los deberes. Se fueron a la cama subidos a la espalda de su padre, que les dijo:

         -Venga, ¿Quién quiere un cuento?

         -Yoooo –dijeron  los dos niños a la vez.

         -El de Flipi y Flapi, ¿vale Andrés?

         -Sí –dijo su hermano.

-Muy bien, ¿os acordáis de dónde los dejamos ayer?

-¡Uff!, yo me quedé dormido cuando se encontraron, ¿y tú, Inés?

-Yo también.

-Vale, pues:

Cuando los dos se hicieron amigos en el árbol de Flipi, éste le dijo:

-Mira, Flapi, ahí detrás está el río. A mí me encanta ese sitio.
-¿Vamos? –le preguntó Flapi.
-Vamos. Y por el camino aprovechamos para seguir cogiendo nueces.

Y se fueron las dos ardillitas paseando por el bosque. Flipi le presentó a algunos animales que eran amigos suyos y le enseñó el colegio de la señorita Flori, que aquel día estaba cerrado porque era domingo.

         En el río había mucho ajetreo:

-Hola Flipi –la saludó Mari, una rana amiga suya que daba saltos mortales con voltereta desde una ramita de junco en la orilla- mira lo que hago.
-Hola Mari, ¿quién te ha enseñado a hacer eso?
-Lo he aprendido sola, de ver a mi madre, a ella sí que le sale bien. Por cierto, a esta ardillita que viene contigo no la conozco yo, ¿es nueva?
-Sí, se llama Flapi y va a quedarse a vivir aquí con nosotros en el bosque, se va a quedar en mi árbol, nos hemos hecho amigas.
-Yo me llamo Mari. Bueno, ya lo has oído, qué tonta soy. Si eres amiga de Flipi, ya eres también mi amiga.
-Muy bien, lo mismo te digo, amiga.
-Bueno, hasta luego Mari, que le estoy enseñando todo esto –se despidió Flipi.

Las tortugas echaban carreras que duraban toda la mañana y ...

-Papá, ¿no había “pescaítos”? –sugirió Andrés con un bostezo, mientras Inés dormía ya plácidamente con una sonrisa tan suave que parecía hecha por la unión de ese primer sueño con la consciencia recién perdida.
-Sí señor, había “pescaítos”.

Las tortugas echaban carreras y los “pescaítos” venían con toda la familia a ver toda la alegría que había aquella mañana en el río.

A Flapi le estaba encantando todo aquello, pero a lo lejos vio algo que no le gustó nada, algo que no podía soportar desde pequeñita:

-Flipi, ¿no es eso que se ve allí a lo lejos un hombre pescando?
-Sí, es ése que se lleva todos los domingos un montón de pececitos.
-Vamos a asustarlo, ¿vale?
-Venga, vamos a asustarlo.

Cuando llegaron se escondieron detrás de un árbol que estaba junto al cubo con agua donde el pescador iba echando los peces.

-Mira, ahora que está distraído podemos levantar la tapa y echarlos todos al agua. –dijo Flapi.
-¡Sí!, vale. ¿Ahora?
-Sí, ahora.

Y levantando con mucho cuidado la tapa, fueron devolviendo uno a uno los peces al río, que muy bajito les decían: -gracias -mientras les guiñaban el ojo y les movían la colita ya desde el agua.

-Así, mira, Andrés ¿lo ves?

Pero Andrés había seguido ya el camino de su hermana cayendo en los brazos de Morfeo. Su padre también estaba cansado, pero se quedó un poquito más en la silla del pasillo, entre las dos puertas. Viéndolos dormir tan a gustito se le ocurrían ideas absurdas como quedarse allí toda la noche, viéndolos dormir hasta que el sueño lo rindiera y meterse entonces en la oreja el palillo que salía del respaldo para que la cabeza no se le cayera y pudiese aguantar así en equilibrio hasta el amanecer.

Entonces, se dio cuenta de que iba a estar mejor en la cama, y allí se fue después de arropar a los dos niños, aunque todavía no les hacía falta, y darles el último beso del día y acariciarles la cara. Eso, aunque estuvieran dormidos, estaba seguro de que sí que lo necesitaban, o, al menos, él sí necesitaba hacerlo para acostarse tranquilo.

lunes, 13 de abril de 2015

ANTONIO MEDINA DE HARO


Ahora veo a Antonio Medina pasar junto a mí, adelantándome con su bicicleta como hizo tantas veces cuando los dos vivíamos por aquí. Me adelanta y se gira. Se me queda mirando como a cámara lenta mientras su bicicleta continúa hacia adelante. Me mira con esa media sonrisilla irónica que él tenía, me mira con esa serenidad con que sólo miran los muertos, con esa serenidad que le viene de haberme sabido siempre suyo, de saber que yo lo supe siempre mío. Antonio murió y nunca le dije lo importante que había sido en mi vida su aparición aquel año, aquel segundo de bup en que tú también apareciste.
Cuando Antonio corregía aquella primera redacción mía del curso, cuando la leyó en voz alta en clase, cuando escribió, al corregirla, aquel comentario final; seguramente, no era consciente de la repercusión que iba a tener en mi vida todo aquello.
“La deshumanización”, ese era el tema sobre el que había que escribir, ¿recuerdas? No sé qué pasaba por mi mente aquellos días, no sé por qué me motivó aquel tema a escribir de esa manera; lo cierto es que, desde entonces, incluso cuando estuve años sin coger el bolígrafo, yo me consideraba más escritor que ninguna otra cosa.
Después, es cierto que me ayudó aquel sentimiento adolescente de pensar que cada vez que escribíamos una redacción, cada vez que Antonio la leía en voz alta en clase; quizás, tú, al oírla, me conocieras un poco mejor y pudieras enamorarte del que escribía aquello.
Luego vino “La ventana” y después “El suelo”. Fueron las tres redacciones de aquel curso y fueron el principio de muchas cosas.
Antonio era, además, un profesor diferente, él nos leía los textos y sabía hacernos ver lo que los hacía únicos, lo que había en ellos que los hacía diferentes, especiales. Antonio Machado no era un nombre en un libro; Campos de Castilla no era el nombre de un libro; la Generación del 98 no era el nombre de un grupo de escritores. No, ya se habían convertido en partes de nuestras vidas, ya nos dolía España. Ahora, la aridez de Castilla no era un secarral monótono que aparecía por la ventanilla del coche cuando íbamos de viaje; ahora era como  una de esas imperfecciones que te hacen sentir ternura, que te hacen querer de una manera especial a esa gente que es especial para ti.
Montó un curso entero sobre España en la literatura española. Allí iban apareciendo Blas de Otero, Gabriel Celaya, nombres que no hemos olvidado ninguno de los alumnos que estuvimos con él.
Hilaba todo aquello con una mirada burlona que nos hacía pensar que no se tomaba nada demasiado en serio y que todo, sin embargo, le parecía importante. Aparecía por sus clases, la moto con la que iba por los pueblos de Granada; su mujer, que le había hecho el regalo de hacerle sentir que se había ido moldeando intelectualmente a su lado; sus hijos; la bicicleta con la que lo veíamos pasear por el pueblo en un momento en que ningún hombre lo hacía; los conejos que criaba en el balcón de su casa; sus paseos con un libro bajo el brazo y las cosas que veía en ellos; …
Pasaron los años y nos vimos cada vez menos; pero cada vez que nos veíamos, echábamos un rato de conversación cómplice que yo sabía que no podía tener con ninguna otra persona. Y enfermó, enfermó de cáncer. Se recuperó y siguió dando clases en el nocturno. No quiso la baja, decía que todo su día era una preparación para el ratito de clase de la tarde: su descanso, sus paseos por el campo, su concienciación, …
Y se fue. Se fue y yo nunca le dije, al menos de manera expresa, la huella imborrable que dejó en mí, esa huella que sólo deja la gente que cuando aparece por tu vida la hace, te hace, sencillamente mejor.

Quizás por eso lo estoy viendo ahora, en este viaje que me trae aquí, al pueblo, a encontrarme con tantas cosas, a encontrarme con las cosas de siempre de una forma tan diferente. Quizás por eso me está mirando tan serio y, a la vez, con esa sonrisa tan irónica con que miraba habitualmente, me está mirando como a cámara lenta, con serenidad, con esa serenidad con que sólo miran los muertos, los muertos que nunca se van del todo, los que se nos quedan para siempre dentro.

miércoles, 8 de abril de 2015

El tiempo.



Procuraba no perder, sujetándole las nalgas, el control de su cuerpo que se balanceaba, tan delgado ahora.

Como todos los días después de comer, presionarle rítmicamente las nalgas; primero una, después la otra, le ayudaba tanto en el cuarto de baño…

Me miraba con esa mezcla de ausencia y agradecimiento que se le había ido instalando en sus ojos según lo había ido abandonando la vida.

Al principio lo sentía como una profanación de su cuerpo, como si aprovechara su inconsciencia para hacerle algo que él no hubiera aceptado nunca.

Pero, poco a poco, nos habíamos ido acostumbrando a eso los dos o, quizás, sólo fuera que en esa inversión que había sufrido el tiempo en él; ahora, ya, los dos lo sentíamos como un niño.

Jesús.      

ESCRITO EN EL AIRE

Acabo de despertar de un sueño muy hermoso, tan hermoso que lo escribo sin lavarme siquiera la cara, para que no se pierda ni uno solo de sus detalles.
Era un sueño en el que a veces las palabras que se decían no se oían, se leían. No eran palabras escritas, sino dichas; pero que no se oían, se leían. Se leían como en el aire, como en páginas de aire, no en páginas transparentes; sino de aire.
Y la intención con que eran dichas y un cierto mensaje secreto, una especie de anuncio que a veces llevaban, aparecía en el color de la letra. Según el color con el que se leía cada palabra, la intención con que fue dicha, el anuncio que traía eran distintos.
A veces, esas palabras leídas en el aire despertaban en mí un efecto muy especial, tan especial que quería confirmarlo o volver a disfrutar de él; entonces, esas palabras que me lo provocaron podían ser releídas; pero, al releerlas, la sensación era tan intensa que sólo era necesario verlas un instante, como de pasada, para sentirme lleno de ellas. Y las repasaba deslizando mi dedo por la esquina superior de las páginas de aire, de las páginas que eran el aire, como hacemos cuando buscamos algo rápidamente en un libro. En ese momento, al releer la palabra, la sensación que me invadía era de una paz infinita, de una paz tal que todo cobraba sentido.
Había palabras que no veía todo el mundo, que eran dichas para ser leídas sólo por algunos. Otras veces, era el color de la palabra el que no era el mismo para todos. Lo descubrí en una ocasión estando con mi hija. Ella y yo leíamos algo que nos habían dicho y, por la expresión de mi cara, se dio cuenta de que yo veía rojas las letras de algunas de aquellas palabras.
-A que estás viendo rojas estas palabras –me dijo.
-Claro, ¿tú no las ves rojas?
Ella me respondió que no. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que no todos percibíamos el mismo color, la misma intención, el mismo anuncio, en las mismas palabras.
Después descubrimos que esto último también ocurría cuando leíamos algo en un periódico o en algún libro; que en ellos, a veces, también había palabras que cada uno veía de un determinado color. Pero en el caso de los periódicos y, sobre todo, de los libros; el color de la letra nos traía la esencia de la idea, de la sensación, del sentimiento, que venían sin el corsé de la letra. La intuición que nos aportaba el color desbordaba a la palabra y nos envolvía por completo, como si el nombre no fuera más que el frasco y el color fuera ese perfume que lo desborda y nos llena, pleno de evocaciones. En esos casos tan especiales, la palabra, que apenas era necesario ver, ya no era percibida por nuestra mente; sino por todo nuestro ser.
Así he despertado hoy, con esa sensación de plenitud que me produjo el sueño, como si todo él fuera un anuncio, un anuncio de que todo tenía sentido, de que todas esas cosas aparentemente caóticas que me han ido sucediendo a lo largo de los años, tenían sentido; de que todas esas cosas que están por venir y que, en muchos casos, seguramente, no entenderé por qué ocurren mientras me estén sucediendo, tendrán sentido.
Como si todo él fuera un anuncio de que todo lo que ocurre tiene sentido, aunque ese sentido no sea el mismo para todos, aunque ese sentido no deba ser el mismo para todos.

Jesús.