lunes, 13 de abril de 2015

ANTONIO MEDINA DE HARO


Ahora veo a Antonio Medina pasar junto a mí, adelantándome con su bicicleta como hizo tantas veces cuando los dos vivíamos por aquí. Me adelanta y se gira. Se me queda mirando como a cámara lenta mientras su bicicleta continúa hacia adelante. Me mira con esa media sonrisilla irónica que él tenía, me mira con esa serenidad con que sólo miran los muertos, con esa serenidad que le viene de haberme sabido siempre suyo, de saber que yo lo supe siempre mío. Antonio murió y nunca le dije lo importante que había sido en mi vida su aparición aquel año, aquel segundo de bup en que tú también apareciste.
Cuando Antonio corregía aquella primera redacción mía del curso, cuando la leyó en voz alta en clase, cuando escribió, al corregirla, aquel comentario final; seguramente, no era consciente de la repercusión que iba a tener en mi vida todo aquello.
“La deshumanización”, ese era el tema sobre el que había que escribir, ¿recuerdas? No sé qué pasaba por mi mente aquellos días, no sé por qué me motivó aquel tema a escribir de esa manera; lo cierto es que, desde entonces, incluso cuando estuve años sin coger el bolígrafo, yo me consideraba más escritor que ninguna otra cosa.
Después, es cierto que me ayudó aquel sentimiento adolescente de pensar que cada vez que escribíamos una redacción, cada vez que Antonio la leía en voz alta en clase; quizás, tú, al oírla, me conocieras un poco mejor y pudieras enamorarte del que escribía aquello.
Luego vino “La ventana” y después “El suelo”. Fueron las tres redacciones de aquel curso y fueron el principio de muchas cosas.
Antonio era, además, un profesor diferente, él nos leía los textos y sabía hacernos ver lo que los hacía únicos, lo que había en ellos que los hacía diferentes, especiales. Antonio Machado no era un nombre en un libro; Campos de Castilla no era el nombre de un libro; la Generación del 98 no era el nombre de un grupo de escritores. No, ya se habían convertido en partes de nuestras vidas, ya nos dolía España. Ahora, la aridez de Castilla no era un secarral monótono que aparecía por la ventanilla del coche cuando íbamos de viaje; ahora era como  una de esas imperfecciones que te hacen sentir ternura, que te hacen querer de una manera especial a esa gente que es especial para ti.
Montó un curso entero sobre España en la literatura española. Allí iban apareciendo Blas de Otero, Gabriel Celaya, nombres que no hemos olvidado ninguno de los alumnos que estuvimos con él.
Hilaba todo aquello con una mirada burlona que nos hacía pensar que no se tomaba nada demasiado en serio y que todo, sin embargo, le parecía importante. Aparecía por sus clases, la moto con la que iba por los pueblos de Granada; su mujer, que le había hecho el regalo de hacerle sentir que se había ido moldeando intelectualmente a su lado; sus hijos; la bicicleta con la que lo veíamos pasear por el pueblo en un momento en que ningún hombre lo hacía; los conejos que criaba en el balcón de su casa; sus paseos con un libro bajo el brazo y las cosas que veía en ellos; …
Pasaron los años y nos vimos cada vez menos; pero cada vez que nos veíamos, echábamos un rato de conversación cómplice que yo sabía que no podía tener con ninguna otra persona. Y enfermó, enfermó de cáncer. Se recuperó y siguió dando clases en el nocturno. No quiso la baja, decía que todo su día era una preparación para el ratito de clase de la tarde: su descanso, sus paseos por el campo, su concienciación, …
Y se fue. Se fue y yo nunca le dije, al menos de manera expresa, la huella imborrable que dejó en mí, esa huella que sólo deja la gente que cuando aparece por tu vida la hace, te hace, sencillamente mejor.

Quizás por eso lo estoy viendo ahora, en este viaje que me trae aquí, al pueblo, a encontrarme con tantas cosas, a encontrarme con las cosas de siempre de una forma tan diferente. Quizás por eso me está mirando tan serio y, a la vez, con esa sonrisa tan irónica con que miraba habitualmente, me está mirando como a cámara lenta, con serenidad, con esa serenidad con que sólo miran los muertos, los muertos que nunca se van del todo, los que se nos quedan para siempre dentro.

miércoles, 8 de abril de 2015

El tiempo.



Procuraba no perder, sujetándole las nalgas, el control de su cuerpo que se balanceaba, tan delgado ahora.

Como todos los días después de comer, presionarle rítmicamente las nalgas; primero una, después la otra, le ayudaba tanto en el cuarto de baño…

Me miraba con esa mezcla de ausencia y agradecimiento que se le había ido instalando en sus ojos según lo había ido abandonando la vida.

Al principio lo sentía como una profanación de su cuerpo, como si aprovechara su inconsciencia para hacerle algo que él no hubiera aceptado nunca.

Pero, poco a poco, nos habíamos ido acostumbrando a eso los dos o, quizás, sólo fuera que en esa inversión que había sufrido el tiempo en él; ahora, ya, los dos lo sentíamos como un niño.

Jesús.      

ESCRITO EN EL AIRE

Acabo de despertar de un sueño muy hermoso, tan hermoso que lo escribo sin lavarme siquiera la cara, para que no se pierda ni uno solo de sus detalles.
Era un sueño en el que a veces las palabras que se decían no se oían, se leían. No eran palabras escritas, sino dichas; pero que no se oían, se leían. Se leían como en el aire, como en páginas de aire, no en páginas transparentes; sino de aire.
Y la intención con que eran dichas y un cierto mensaje secreto, una especie de anuncio que a veces llevaban, aparecía en el color de la letra. Según el color con el que se leía cada palabra, la intención con que fue dicha, el anuncio que traía eran distintos.
A veces, esas palabras leídas en el aire despertaban en mí un efecto muy especial, tan especial que quería confirmarlo o volver a disfrutar de él; entonces, esas palabras que me lo provocaron podían ser releídas; pero, al releerlas, la sensación era tan intensa que sólo era necesario verlas un instante, como de pasada, para sentirme lleno de ellas. Y las repasaba deslizando mi dedo por la esquina superior de las páginas de aire, de las páginas que eran el aire, como hacemos cuando buscamos algo rápidamente en un libro. En ese momento, al releer la palabra, la sensación que me invadía era de una paz infinita, de una paz tal que todo cobraba sentido.
Había palabras que no veía todo el mundo, que eran dichas para ser leídas sólo por algunos. Otras veces, era el color de la palabra el que no era el mismo para todos. Lo descubrí en una ocasión estando con mi hija. Ella y yo leíamos algo que nos habían dicho y, por la expresión de mi cara, se dio cuenta de que yo veía rojas las letras de algunas de aquellas palabras.
-A que estás viendo rojas estas palabras –me dijo.
-Claro, ¿tú no las ves rojas?
Ella me respondió que no. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que no todos percibíamos el mismo color, la misma intención, el mismo anuncio, en las mismas palabras.
Después descubrimos que esto último también ocurría cuando leíamos algo en un periódico o en algún libro; que en ellos, a veces, también había palabras que cada uno veía de un determinado color. Pero en el caso de los periódicos y, sobre todo, de los libros; el color de la letra nos traía la esencia de la idea, de la sensación, del sentimiento, que venían sin el corsé de la letra. La intuición que nos aportaba el color desbordaba a la palabra y nos envolvía por completo, como si el nombre no fuera más que el frasco y el color fuera ese perfume que lo desborda y nos llena, pleno de evocaciones. En esos casos tan especiales, la palabra, que apenas era necesario ver, ya no era percibida por nuestra mente; sino por todo nuestro ser.
Así he despertado hoy, con esa sensación de plenitud que me produjo el sueño, como si todo él fuera un anuncio, un anuncio de que todo tenía sentido, de que todas esas cosas aparentemente caóticas que me han ido sucediendo a lo largo de los años, tenían sentido; de que todas esas cosas que están por venir y que, en muchos casos, seguramente, no entenderé por qué ocurren mientras me estén sucediendo, tendrán sentido.
Como si todo él fuera un anuncio de que todo lo que ocurre tiene sentido, aunque ese sentido no sea el mismo para todos, aunque ese sentido no deba ser el mismo para todos.

Jesús.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Soy


Soy aire,
aire que me envuelve,
que me inunda cada instante.

Soy piedra dura, soy tierra
que me sostiene desde hace siglos,
que me funde con sus pies.

Soy mi padre, soy mi madre,
que me hicieron de la historia,
que se decidieron inmortales en mí.

Soy la luz, soy el sol
que me transforma cada noche,
que me rehace a la mañana.

Soy mi hija, soy mi hijo,
que me hacen con la fuerza infinita de su tiempo,
que me regalan el futuro con ser.

Soy agua ... que viene y va,
que me baña, que me llueve, 
que me bebe, que me es,
soy agua, ... soy mar, soy lluvia, ... soy agua.

Jesús.

martes, 16 de diciembre de 2014

Duodécimo día. 17 de agosto de 2013. El regreso: Santiago-Madrid-Sevilla (NH).


            Amanece el último día. Qué extraño se me hace pensar que a partir de mañana todo lo que ha venido ocurriendo estos días se irá colocando en las estanterías del recuerdo, que esta sensación de presente tan absoluta que he tenido estos días continuamente irá dejando poco a poco de serlo.

            Necesito hoy estar solo, recuperar todas mis sensaciones sin interferencias. Esta noche cojo el autobús de regreso y, después de desayunar, me pierdo por las calles de Santiago, por los rincones que conocía y, sobre todo, por los que no conozco.

            Me acompaña esta curiosa sensación de irrealidad que tienen las ciudades los fines de semana en estas horas tan tempranas en que apenas hay nadie por la calle. Estas horas en que todo parece estar dispuesto sólo para ti. Me gusta mucho este sabor a piedra y madera tan antiguo que tiene esta ciudad. Me gusta ver que el centro está compuesto por viviendas modestas muy populares. Desde luego, Santiago no está hecha para las postales, sino para los ojos del caminante.

            En la parte alta encuentro un antiguo monasterio rodeado por su cementerio y una especie de enorme prado entre sus muros que parece terminar convirtiéndose en un jardín o en un parque allá a lo lejos.

            En esta inmensidad de silencio, de piedras y de años, la soledad me hace sentir la humildad, la pequeñez de nuestras vidas particulares.

            Rodeado por todo esto, me siento en la escalinata de una iglesia con el monte, con el valle, con el prado y  los bosques delante, al fondo, a lo lejos, detrás de la ciudad. Y me doy cuenta de cuánta paciencia hizo falta para traer el mundo hasta aquí, de cuánta humildad inconsciente hizo falta para que lluvia a lluvia, sol a sol, estos prados llegaran a ser como son hoy. Cuántos años para ir depositando cada una de estas piedras una sobre las otras hasta hacer lugares como éste en que yo me sobrecojo ahora. Cuántos sacrificios, cuántos errores, cuántas rectificaciones, cuántos esfuerzos, para llegar hasta aquí.

            Qué lección de humildad estoy sintiendo en estos momentos. Esto no lo hizo nadie solo, ni se hizo en una vida sólo. Apenas nos quedaron dos o tres nombres de la relación interminable de hombres y mujeres que trajeron trepando por los siglos todo esto hasta aquí. Y siento la responsabilidad que supone para cada uno de nosotros continuar este colosal proyecto poniendo nuestro granito de arena, tan insignificante y tan importante a la vez, para que todo esto siga adelante no sólo para nuestros hijos, sino para todos esos que dentro de miles de años no sabrán quiénes fuimos.

            Intento recuperarme de esta emoción tan intensa bajando hacia la catedral. Veo llegar peregrinos que finalizan hoy su camino y me cruzo en mi itinerario con otros que aún no han llegado. Es curioso, los miro como los miraba estos días pasados y  me sorprende que no reconozcan en mí a un caminante como ellos, pero yo ya no llevo mochila, no llevo bastón, ni el sudor alhaja mi frente. Se respira en todo Santiago ese gozo por haber llegado, por haber cumplido el reto y se contagia por todos lados.

            Hago aquí un paréntesis en este diario e inserto un correo que recibí de mi amiga Belén después de regresar del camino, ya en casa. Curiosamente, ella y su familia también estuvieron en Santiago este verano. Lo incluyo aquí porque creo que ofrece desde otros puntos de vista, el suyo y el de sus hijos, ese espíritu que se vive en esta ciudad estos días en que llega tanto peregrino. Este correo, después de regresar a casa, me hizo volver a Santiago y disfrutar de algunas cosas que yo, por una cierta prevención contra el tópico, no había sido capaz de gozar en el momento en que allí estuve. El correo dice así:

“Mi amigo Jesús:
No sabes cuánta alegría me dio ver que habías hecho el Camino. Te contaré mi relación con él este verano, aunque creo que será otra faceta distinta al tuyo. Estuvimos en Santiago; a los niños les llamó mucho la atención la llegada de peregrinos a la plaza del Obradoiro. Fuimos a la misa del peregrino que se celebra a las doce de la mañana; se conoce que hay un registro en el que se apuntan aquellos que han hecho el Camino y figura de dónde son y dónde lo iniciaron. La ceremonia la concelebraban varios sacerdotes de distintos continentes y empezaba diciendo que el oficiante iniciaría los rezos en latín y nos pedían que cada uno contestáramos  en nuestra propia lengua. ¡Dios mío, qué maravilla! ¡No sabes lo que para una hija de Antonio Yáñez significa eso! La raíz misma, a la vista de todos, sujetando a las distintas ramas…
Después fueron citando al número de los peregrinos del registro: tantos de Málaga que vienen de León, tantos franceses que vienen desde Roncesvalles, "nosecuántos" de Sevilla que vienen de... un rato larguísimo enumerando a españoles de distintos lugares, a italianos, portugueses, alemanes, italianos, mexicanos… y un indio. ¡Cuánto tiempo nombrando a cuánta gente! Me los imaginaba saliendo a cada uno de sus casas y convergiendo en Santiago con una idea común. Fantástica la universalidad de Iglesia…
Al final de la misa, el botafumeiro: Orgulloso viniendo hacia mí y alejándose; presumiendo ante todos, fuerte y joven como hace desde hace siglos, causando la admiración de los que estábamos dentro; haciéndome sentir pequeña y parte de la historia de la cristiandad.
Salí, como te imaginarás, tremendamente emocionada, era incapaz de hablar…
Por la tarde, cuando nos íbamos de Santiago, pasamos mi hijo Antonio  y yo por un aparcamiento de bicicletas tipo SEVICI en la que no había ninguna, sólo una pintada que decía: “Vinieron por la noche y se llevaron nuestra bicicletas en sus coches” .Él me dijo:
-          Qué raro, creía que en una ciudad con tanta emoción no podían pasar cosas malas.
Un beso.”
          

            Creo que no puedo, que no debo añadir ni una palabra al correo ni a la emoción que me produjo leerlo.

            Así que vuelvo a mi relato de mi último día en Santiago. Busco una fotocopiadora para copiar unos textos suyos que me dejó Diego. Buscándola me cruzo alternativamente con gente amabilísima y con otra que parece tener prisa por que yo le note lo que le fastidia tanto forastero por aquí: qué pronto se nos olvida que eso somos todos en cuanto salimos de nuestro pueblo para ir al pueblo de al lado.

            La encuentro finalmente y regreso al albergue con la certeza de que mis ojos no volverán a ver estas paredes, esta luz, esta gente, en muchos meses, posiblemente, en muchos años. Con esa impresión de despedida que tiene cada uno de los pasos que voy dando en mi camino de vuelta voy intentando tener una sensación de conjunto de estos días.

            Después de una cerveza, de descansar un rato  y de una ducha, recojo mis cosas y con un café me despido de la gente que hay en el albergue. Algunos: Enrique, Diego, los chicos de Madrid, se han incorporado a mi vida; los otros representan a todos los que me he ido encontrando estos días, esos que han ido entrando y saliendo, superponiéndose en distintos lugares y que también han sido muy importantes.

            Me acerco a la estación y me esfuerzo por fundir en el aire que respiro en estos últimos momentos los aires que han envuelto todos los paisajes, todas las luces, todas las gentes y, sobre todo, todas las experiencias personales que he tenido todos estos días.

            Se va acercando el autobús a Madrid y luego a Sevilla, me espera Gloria en la estación, luego Inés, Andrés y mi madre.

            Me gusta sentir su cercanía, me gusta sentir cómo se me va acercando hasta alcanzarme aquel que era yo antes de irme. Me gusta sentir esta fusión que me hace ser aquél y  que me recuerda que algunas cosas han cambiado, posiblemente, de forma irreversible.

            Es curioso, en este camino de vuelta no tengo sensación de regreso y es que quizás no  existan los caminos de regreso, que, incluso los que parecen serlo, son caminos de ida, aunque sólo sea porque cuando regresamos de algún lugar, de alguna experiencia, no somos nunca exactamente los mismos que nos fuimos.


            Al llegar, el calor de Sevilla me trae un regalo inesperado y refrescante. Hay cosas que no han cambiado, hay gente que sigue haciendo regalos con muy poco, … Quizás nosotros, los de entonces, ya no seamos exactamente los mismos, pero sí lo son los sentimientos. Y las ganas de seguir hablando de muchas cosas …

Undécimo día. 16 de agosto de 2013. Finisterre.


Amanece un día curioso hoy. Después de tantos días en que esta parte de la jornada ocurría como por inercia: despertar temprano, prepararlo todo a oscuras, cuidan los pies, … De pronto, hoy todo eso se ha terminado. Hasta ayer mismo, desde hace diez días, despertar de madrugada,  beber agua e ir preparándome para salir era el único inicio del día concebible. Ahora, de pronto, siento que puedo quedarme en la cama un rato más y ya echo de menos ese despertar que lo desencadenaba todo como un torrente, que te arrastraba y te metía en el ciclo natural de la vida.
Hoy ya ha amanecido, son las ocho cuando me levanto. La inercia de todos estos días me hace repetir el ritual hasta llegar a la calle. Se me hace raro salir sin mochila, con los pies respirando en chanclas. Todo es mucho más cómodo, pero no estoy seguro de que me guste más.
He quedado con Enrique para ir a Finisterre. Está en el bar de enfrente, con Diego. Tomamos café y salimos hacia la estación para coger el autobús. Andando por las calles de Santiago nos seguimos sintiendo como peregrinos, pero  hoy menos, no del todo.
Ya en el autobús, la carretera comienza a recorrer la costa. La carretera, por la orilla va dando  vueltas y vueltas como si se empeñara en mostrarnos cada pueblo desde todos los puntos de vista posibles.
El agua entra caprichosa en la tierra como jugando con ella, o acaso es la tierra la que juega con el mar dejándolo entrar, aquí estrecho como un río, como un brazo; quí ancho y redondo como un lago en forma de vientre. A veces, es la tierrala que parece abrazar al mar y otras, el mar el que abraza a la tierra.
En muchos pueblos, las barcas se alinean en filas, como formaciones que defendieran  su territorio. En otras, aparecen salpicadas en el agua como pinceladas, como adornos indolentes y un tanto románticos del lugar. La montaña al fondo, los bosques llegando hasta la orilla, reflejándose en el agua envueltos por esta amable luz de la mañana, aparecen vaporosas filtradas por la bruma tenue de estas horas.
Dan ganas de bajarse del autobús en cada pueblo, en cada playa y envidio a quienes veo jugando con la arena o en el agua.
Después de dos horas largas, llegamos a Finisterre y paseando por el pueblo, una señora nos regaló toda la humanidad que tenía con unas pocas palabras muy sencillas. Le habíamos preguntado  por el faro, nos había indicado y cuando le agradecimos su amabilidad nos dijo: -Oh, cómo no iba a hacerlo, si no me costó nada.
Me quedé sonriendo mirando su sonrisa tranquila y pensé en lo distinto que sería todo esto si hiciéramos por “el otro” lo que éste necesita cuando a nosotros no nos cuesta nada.
Qué bien se siente uno después de un encuentro como éste. Enrique y yo fuimos comentando esto mientras dejábamos el puesto a la izquierda y nos dirigíamos hacia la salida del pueblo.
Cuando me siento invadido por emociones sencillas e intensas como ésta noto físicamente como si el aire entrase en todo mi cuerpo, como si tocara por dentro cada parte de mi cuerpo bombeado por los pulmones.
Algunas iglesias muy bonitas nos van acompañando hasta la salida. Luego, la costa se empina y, de nuevo andando, vuelvo a disfrutar de recorrer el paisaje al ritmo del hombre. Pequeños acantilados, entrantes y salientes, van a mi lado mientras camino. Al fondo, ya se ve el faro que se va acercando poco a poco, dejándome acostumbrar mis ojos a sus formas, a la del cielo que lo rodea, a la del mar que se funde con él rotundo. Así, caminando, me voy haciendo poco a  poco a la grandiosidad del paisaje y poco a poco me voy sintiendo fundido con él, integrado en él.
Ya en el faro, siento la emoción de todos los que pensaron con temor que la tierra terminaba aquí  durante tantos siglos. Como tantas veces en el camino, me siento parte, no sólo de la tierra, del paisaje, sino también del tiempo, de la historia. Aquí, no entiendo el mito, lo vivo, lo siento con el peso del tiempo.
Luego, el ritual: la piedra con el deseo. Es fácil creer aquí, ante el poderío indiscutible de la naturaleza que ésta todopoderosa, puede concederte lo que le pidas.
Antes de volver me siento todavía un rato, con el mar tremendo bajo los pies y con la fuerza del viento presente en todo y me gusta esta sensación de pertenencia, de sentir en mi cuerpo que soy parte de todo esto.
Camino de la carretera, en un puesto de regalos veo una caracola grande y rústica. Me hubiera gustado regalarla, pero es muy cara, sí que la cojo, la acerco a mi oreja y reúno con el rumor del mar lo mejor de mis sentimientos.
De vuelta al pueblo, comimos una ensalada estupenda en el puerto.
En el autobús de regreso, la luz de la tarde y el recorrido inverso, volvieron a mostrarme los mismos pueblos de una forma distinta. Quizás, sin la magia de la mañana, aparecían ahora más reales, más vivos.
Ya en Santiago, comentamos el día con Diego y con los chicos de Madrid. Una ducha, una cerveza en el bar de enfrente donde Diego nos presentaba y nos iba contando la vida de sus amigos los camareros, muchos de ellos argentinos, y a dormir temprano. Antes de ir a la cama llamé a casa y tomé estas notas.

Aquí, delante del papel, me doy cuenta de que muchas de estas vivencias no cobran forma hasta que no llegan las palabras para dárselas y que algunas palabras, las más precisas, llegan para darles esta forma en el teléfono, queriendo compartir todo esto  con la gente que me parece que  allí disfruta tanto también de ello.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Décimo día. 15 de agosto de 2013. Fin del camino: por fin, Santiago.


Amanece un nuevo día. Hoy, el destino es Santiago, la última etapa de este viaje, la culminación del proyecto.
De todas formas, no dejo mucho tiempo estas ideas en mi cabeza. He aprendido estos día a hacer las cosas en orden y, al despertar, lo primero es bajarse de la cama.
Eran las cinco menos cuarto de la mañana y es que, con tganta gente por los caminos, la única forma de ir tranquilo y de poder parar a disfrutar del paisaje de vez en cuando es saliendo muy pronto.
Enrique y yo nos tomamos uno de esos capuchinos de sobre que nos han hecho tan acogedores estos primeros momentos muchos día.
Es completamente de noche, así que salgo, como otros días, con la linterna frontal para alumbrarme la primera hora.
Un poco de carretera y Enrique sigue por ella mientras yo entro en el camino. De pronto, me veo solo, en un bosque a las cinco y media de la mañana, completamente de noche, con la única luz de mis linternas, y me doy cuenta de que esto hubiera sido completamente impensable para mí hace sólo unas semanas. Las sensaciones positivas son tan intensas que el miedo no tiene sitio en mi mundo ahora. Me doy cuenta también de que el miedo se produce casi siempre cuando uno se adelanta a las situaciones y no tanto cuando éstas se producen.
Al poco rato, llego a Arca. En este silencio denso ya se oyen algunos peregrinos de vez en cuando a lo lejos. A esta hora de la noche, pasando bajo esta bóveda de hojas, entre este mar de helechos por donde cruzan algunos conejos, el frescor lo impregna todo y siento el privilegio impagable que me regala este lugar invitándome a compartir los secretos de su noche.
Ya amaneció y paso de nuevo por una aldea  casi despoblada, con su iglesia con su cementerio abierto, como tantas por aquí. Me paro a mirar con detenimiento todos estos edificios, toda esta naturaleza, toda esta historia que llevo días compartiendo. Sé que me queda poco tiempo para seguir haciéndolo, así que quiero ser consciente  de todo esto y de mis sensaciones aquí. Miro, cierro los ojos e inspiro con fuerza como si quisiera que todo lo que me rodea se convirtiera en parte de mí fundiéndose con el aire..
Una pista asfaltada nos va acercando entre eucaliptos, poco a poco, al Monte do Gozo. M paree mentira lo cerca que está el final. Aquí ya hay bastantes peregrinos delante y detrás de mí. La gente sonríe y se saluda recordándose lo cerca que está la meta.
El Monte do Gozo parece una romería con infinidad de peregrinos y visitantes. Apenas me entretengo en la imagen e la catedral desde aquí. Quizás porque para mí, desde el principio, llegar a Santiago era lo de menos; quizás porque, como hoy se hace el camino, este es uno de los momentos en que se viene menos cansado, quizás por la cantidad de gente que hay,  no me emociona especialmente el sitio, aunque estoy contento por haber llegado.
Me he parado un rato a comer algo y a arreglarme los pies, que van mucho mejor desde que abrí los zapatos.
Antes llamé para reservar albergue: el Estrella de Santiago. El dueño, Diego, por el acento que tiene parece andaluz.
Voy bajando el monte y muy pronto entro en Santiago. Ahora sí me siento cada vez más contento. Algunos peregrinos van muy cansados o con los pies destrozados. Todos nos sonreímos, es bonito sentir compartida esta satisfacción de ver el reto cumplido con gente a la que no conoces llegada de tantos sitios distintos.
Santiago, se ve que ha ido creciendo al calor del camino y son muchas y muy hermosas las iglesiad y conventos que encuentro a mi paso al entrar en la ciudad.
La catedral está cada vez más cerca y, por fin, primero la parte de atrás y luego la fachada, la veo. Aquí estoy, en la Plaza del Obradoiro, ante el Pórtico de la Gloria, este lugar al que han llegado gentes de todo el mundo a lo largo de los siglos para culminar su viaje. Delante, cierro los ojos y me siento parte del tiempo, una gota en la corriente de la historia. Llamo a casa para compartir con ellos la emoción del momento. Ha sido un proyecto compartido desde el inicio y compartir este instante aumenta mucho la intensidad de las sensaciones.
Le pido a unos chicos que me hagan una foto, varios me lo piden a mí. Una chia, becaria en ABC, me entrevista como peregrino.
La fachada de la catedral es muy bonita, aunque la hemos visto tantas veces en libros y en televisión que me parece más bonita reconocerla como parte de mi paisaje personal que por las características del edificio. Recuerdo que me ocurrió algo parecido la primera vez que fui a Madrid.
Antes de visitar la catedral, recoger la Compostela  y demás rituales del peregrino, quiero disfrutar del momento como he hecho todos estos días. Así que busco un lugar un poco más tranquilo donde soltar la mochila un rato y tomarme una cerveza.
A solas con mi cerveza y con mi mochila, mi compañera durante todos estos días, siento este lugar con tanta gente tan distinta como el menos auténtico de mi camino.
Me llama Enrique, viene a tomarse también algo conmigo. Celebramos juntos también la culminación de estos días y nos vamos al albergue.
Allí conocemos por fin, en persona, al hospitalero: Diego. Es, efectivamente, sevillano, de Coria. Charlamos un rato y ya, desde el primer momento, se ve que es alguien distinto, alguien muy interesante. Nos contó cómo había renunciado el segundo día de trabajo como agente judicial porque el ambiente entre sus compañeros le parecía asfixiante y tuvo claro ya desde ese primer instante que no quería pasar así el resto de su vida. Era albañil en paro, sacó el título de ESO estudiando por la noche. ¿Verdad que todo el mundo no es igual? ¿Verdad que no hay una sola forma de vivir, como nos quieren hacer creer? Para montar el albergue sin dinero pasó también mil vicisitudes. De vez en cuando acoge mendigos o acoge a gente en su casa. Escribe, toca la guitarra, canta, compone, …
De Diego, como de las experiencias de Enrique en Cuba y de su conocimiento de los cubanos de l calle he aprendido más en estos pocos días que de mucha de l gente que me rodea habitualmente en años. Ésta es otra de las experiencias que uno se lleva del camino si tiene el camino interior abierto a ellas.
Luego, por la tarde fuimos a por la Compostela, a visitar la catedral y a abrazar al apostol. Aquello me empezaba a recordar a mis vacaciones tradicionales: edificios hermosos, historia, arte, compartir la cultura de mis antepasados, … Pero, de pronto, al abrazar al apostol, me vi sorprendido por una avalancha de sensaciones que me llegaron sin esperarlas, se superpusieron en mí todas las experiencias del camino en un instante y me di cuenta de lo importante que son para el hombre los símbolos.
Encontramos allí a Vincent y a las dos parejas jóvenes con las que habíamos coincidido en días anteriores. Fue bonito este encuentro y esta despedida. Hasta aquí nos habíamos despedido cada día con la casi certeza de que volveríamos a vernos alguno de los días siguientes Ahora nos despedíamos con la casi certeza de que no nos volveríamos a ver y se nos iluminaron las miradas en el último abrazo.
Después nos tomamos Enrique y yo un Martini para reposar las emociones.
Volvimos al albergue. De nuevo, conversación con Diego, que nos cuenta todas las dificultades que tuvo que superar, todo lo que tuvo que trabajar para montar el albergue y todo lo que le ayudaron sus vecinos. Diego trasmite verdad y creo que esa es de las pocas cosas a las que el ser humano no se puede resistir.
Yo me voy a dormir y ellos se quedan en la puerta de la calle hablando. Antes, unos chicos muy jóvenes de Madrid que tenían cama desde temprano se las han cedido a una mujer que llegó arde con su hijo y no tenía donde quedarse. Ellos dormirán en una colchoneta en el suelo de la cocina, junto con otros que llegaron tarde también y no encontraron sitio tampoco. Les reconocemos el gesto a los chicos cuando nos lo contaron. Ellos le quitaron importancia con toda naturalidad. Encontrarse con lo mejor del ser humano en gente que tiene uno al lado estos días me hace entrar en contacto también con lo mejor de mí y siento que no quiero salir de esta zona de mí nunca más.
Me gusta terminar el día comentando con los niños todo lo bueno que éste me ha deparado y, sobre todo, con Gloria, porque me hace sentir cómo vive también en primera persona muchas de estas experiencias.

Me meto en la cama y me arrebujo en el saco. Hoy ha sido muy especial y quiero cerrar las persianas del día haciéndolo rodar una y otra vez por los sentimientos hasta que el sueño llegue.