Siguen las mismas fotos en la pared: la tuya, tus ojos, María, tu mirada y la magia de aquellas largas conversaciones que manteníamos en el Instituto, tu cara apoyada en la mano, tu pelo rizado, recogido o al viento, tus camisas, tus jerséis, qué más da, tus ojos, tu mirada, la magia que aún hoy me parece mentira que fuera sólo yo quien percibía, que tú nunca la sintieras. Tus ojos, la magia de aquellos momentos que me hacían sentir seguro como nunca de la felicidad que se escondía detrás de algún pliegue del tiempo para nosotros. Cómo hacértelo ver, cómo convencerte de que detrás de alguno de esos callejones que nos han separado y nos han unido tantas veces hay tanta felicidad esperándonos. Cómo contarte que he visto lo que hay detrás del tiempo por aquellas miradas en que el túnel sereno y castaño de tus ojos se unía al de los míos en uno solo de aire transparente y fresco y avanzan juntos por entre los callejones del futuro. Que he visto lo que hay unas páginas más adelante escrito para nosotros en el guión de este gran teatro. Y así, más arrebujado con tus recuerdos que entre las sábanas, como hacía en aquellas interminables siestas del verano, el duermevelas me va conduciendo lentamente, fundiéndolo dulcemente con la realidad, al sueño.
(Continuará ...)
martes, 11 de noviembre de 2008
miércoles, 8 de octubre de 2008
El desconocido
Llegó hasta la chica. Ella estaba llorando con una de esas penas que se desahogan en voz baja. La chica no podía hablar, ni quería.
La chica era yo.
Me sonrió con una mano en el hombro, blandamente firme, acogedora. Yo me sentí extrañamente protegida. “Ayer, mi mundo se hundió también”.
Sin conocerlo de nada, la transparencia de sus ojos, de su gesto, me hizo creerlo. “Ayer, mi mundo estaba hundido, totalmente, ... y hoy ha vuelto a salir el sol también para mí...”
Yo seguía sin poder hablar, pero el tono de su voz me sedujo de tal forma que por un instante no había más en el mundo que sus palabras. “Esta mañana he recibido una llamada de teléfono de la última persona que yo podía imaginar... y todo se ha vuelto a colocar en su sitio...”
El desconocido se fue despacio, sonriendo, con la cabeza vuelta hacia mí, haciendo un gesto con la mano. Entonces sonó el teléfono. Era él. Yo no podía creerlo.
Jesús.
La chica era yo.
Me sonrió con una mano en el hombro, blandamente firme, acogedora. Yo me sentí extrañamente protegida. “Ayer, mi mundo se hundió también”.
Sin conocerlo de nada, la transparencia de sus ojos, de su gesto, me hizo creerlo. “Ayer, mi mundo estaba hundido, totalmente, ... y hoy ha vuelto a salir el sol también para mí...”
Yo seguía sin poder hablar, pero el tono de su voz me sedujo de tal forma que por un instante no había más en el mundo que sus palabras. “Esta mañana he recibido una llamada de teléfono de la última persona que yo podía imaginar... y todo se ha vuelto a colocar en su sitio...”
El desconocido se fue despacio, sonriendo, con la cabeza vuelta hacia mí, haciendo un gesto con la mano. Entonces sonó el teléfono. Era él. Yo no podía creerlo.
Jesús.
miércoles, 6 de agosto de 2008
El Calléjón. Novela por entregas. Página 13.
Abro, por fin, la puerta y vivo en un instante todos los años que no he pasado en ella, como si ese tiempo al que yo creía haber distanciado me hubiera alcanzado de pronto. Y noto, sin embargo, la ternura infinita que sólo se siente por lo que se ha perdido definitivamente, ese vacío que se extiende en un eco interminable desde una zona indefinida donde el regusto del paladar se hace melancólico, infinito hacia el fondo, hacia ese fondo que, mucho más abajo de donde tocan nuestros pies, nos hace atisbar la vaga intuición del lugar que ocupamos en todo esto, de la pequeña pieza que somos en el complejo laberinto de callejones de El Todo.
Mi cama, sus patas niqueladas, la colcha verdosa y gris con la que la visto siempre en la memoria, siguen en el mismo sitio. La cama que me acogió cuando me arrojaron de la cuna a ese mundo que empezaba a hacérseme ya desde entonces indescifrable, esa cama que me arropó cómplice tantas veces mientras yo me iniciaba, primero inocente y a solas, en eso que creí durante tanto tiempo que era amor, amor que se iba haciendo mientras esperaba ser aceptado, ensayos de amor tierno que me curaban de tantas cosas y de tanta gente, que seguramente sólo me curaban de mí mismo con curas que dejaban, al tiempo, la herida abierta lo justo, lo justo para seguir disfrutando de ella, la herida de la vida la podría llamar si no me sonara pretencioso y cursi como me está sonando ahora mientras lo pienso.
Me siento en la cama y vuelvo a sentirte conmigo. No, no fueron tus manos, María, las primeras que las mías soñaron acariciar aquí arrebujados, en esta cama. No fueron nuestros cuerpos los que se enredaron en aquellas marañas de sueño y realidad de las tardes de verano entre sábanas que nos hacían soñar hombres y mujeres recién nacidos. No, no fue para tu boca mi primer beso ni fue para mí tu primer deseo de ser eterna. Y, sin embargo, ahora, al pasar de los años, ha venido con tus manos, con tu cuerpo, con tus besos, aunque sólo sean soñados, la vida entera a estremecerse en mí de nuevo.
Mi pupitre, tu nombre sigue grabado en él, “María”, debajo para que nadie lo encuentre nunca, para siempre, como en mi alma, “María”. Tu nombre me llena la boca y al pronunciarlo renacen en mí a la vez la sensación de plenitud que desde aquella infancia lejana sólo tú me has dado, posiblemente sin querer, sólo por ser como eres: esa sensación de certeza, de seguridad en mí y en todo, porque todo estaba en su sitio, porque después de tantos años, vaivenes e incertidumbres todo volvía, como por arte de magia, de tu magia, la de tus ojos, la de tu voz y la de tu mirada, que me hablaban y me oían juntas, a cobrar sentido. La certeza de aquel presente de niño para el que no existía nada fuera de la plenitud del instante. María, pronunciar tu nombre y acariciarlo aquí, como lo acariciaba en aquellos lejanos cuadrantes de los tablones del Instituto donde lo desgastaba, casi sin tocarlo, cuando nadie me veía. Allí, te acariciaba suave en el papel, en el mero dibujo de tu nombre y me invadías cálida y lenta y me hacías revivir aquellas bibliotecas en que yo creí que todo lo tuyo era nuestro y yo no sabía cómo ocultar tras una broma que lo mío, que yo todo te pertenecía desde muchos años antes de conocerte, que mis ojos tenían dueña, tú, desde el principio de los tiempos en que un extraño equilibrio entre las cosas fue trazando todos los caminos que serían y los fue escondiendo en callejones, en túneles que iban paralelos y se acercaban y se cruzaban y se alejaban y, a veces, muy pocas veces, coincidían para siempre y corrían juntos hasta el final.
Y se cruzaron, se volvieron a cruzar tu destino y el mío, allí, en Madrid, en nuestras vidas nuevas. Yo siempre había ido a los mismo lugares por los mismos caminos; pero aquel día, aún no sé bien por qué me desvié de mi camino habitual y comencé a encontrarme con personajes diferentes, con otros paisajes, o quizás sólo fuera yo el que no era el mismo y por eso todo había cambiado, por eso los mismos paisajes, las mismas gentes, ésos, ya no eran los mismos. Lo cierto es que aquel día yo tenía la sensación de que mi vida iba a cambiar antes de llegar a la oficina. Como si por un pliegue del tiempo el presente dejara que se colara en él, en la conciencia del momento, el futuro, las esperanzas y los deseos. Pero esa sensación ya la había tenido yo muchas veces y nunca había cambiado nada.
(Cotinuará ...)
Mi cama, sus patas niqueladas, la colcha verdosa y gris con la que la visto siempre en la memoria, siguen en el mismo sitio. La cama que me acogió cuando me arrojaron de la cuna a ese mundo que empezaba a hacérseme ya desde entonces indescifrable, esa cama que me arropó cómplice tantas veces mientras yo me iniciaba, primero inocente y a solas, en eso que creí durante tanto tiempo que era amor, amor que se iba haciendo mientras esperaba ser aceptado, ensayos de amor tierno que me curaban de tantas cosas y de tanta gente, que seguramente sólo me curaban de mí mismo con curas que dejaban, al tiempo, la herida abierta lo justo, lo justo para seguir disfrutando de ella, la herida de la vida la podría llamar si no me sonara pretencioso y cursi como me está sonando ahora mientras lo pienso.
Me siento en la cama y vuelvo a sentirte conmigo. No, no fueron tus manos, María, las primeras que las mías soñaron acariciar aquí arrebujados, en esta cama. No fueron nuestros cuerpos los que se enredaron en aquellas marañas de sueño y realidad de las tardes de verano entre sábanas que nos hacían soñar hombres y mujeres recién nacidos. No, no fue para tu boca mi primer beso ni fue para mí tu primer deseo de ser eterna. Y, sin embargo, ahora, al pasar de los años, ha venido con tus manos, con tu cuerpo, con tus besos, aunque sólo sean soñados, la vida entera a estremecerse en mí de nuevo.
Mi pupitre, tu nombre sigue grabado en él, “María”, debajo para que nadie lo encuentre nunca, para siempre, como en mi alma, “María”. Tu nombre me llena la boca y al pronunciarlo renacen en mí a la vez la sensación de plenitud que desde aquella infancia lejana sólo tú me has dado, posiblemente sin querer, sólo por ser como eres: esa sensación de certeza, de seguridad en mí y en todo, porque todo estaba en su sitio, porque después de tantos años, vaivenes e incertidumbres todo volvía, como por arte de magia, de tu magia, la de tus ojos, la de tu voz y la de tu mirada, que me hablaban y me oían juntas, a cobrar sentido. La certeza de aquel presente de niño para el que no existía nada fuera de la plenitud del instante. María, pronunciar tu nombre y acariciarlo aquí, como lo acariciaba en aquellos lejanos cuadrantes de los tablones del Instituto donde lo desgastaba, casi sin tocarlo, cuando nadie me veía. Allí, te acariciaba suave en el papel, en el mero dibujo de tu nombre y me invadías cálida y lenta y me hacías revivir aquellas bibliotecas en que yo creí que todo lo tuyo era nuestro y yo no sabía cómo ocultar tras una broma que lo mío, que yo todo te pertenecía desde muchos años antes de conocerte, que mis ojos tenían dueña, tú, desde el principio de los tiempos en que un extraño equilibrio entre las cosas fue trazando todos los caminos que serían y los fue escondiendo en callejones, en túneles que iban paralelos y se acercaban y se cruzaban y se alejaban y, a veces, muy pocas veces, coincidían para siempre y corrían juntos hasta el final.
Y se cruzaron, se volvieron a cruzar tu destino y el mío, allí, en Madrid, en nuestras vidas nuevas. Yo siempre había ido a los mismo lugares por los mismos caminos; pero aquel día, aún no sé bien por qué me desvié de mi camino habitual y comencé a encontrarme con personajes diferentes, con otros paisajes, o quizás sólo fuera yo el que no era el mismo y por eso todo había cambiado, por eso los mismos paisajes, las mismas gentes, ésos, ya no eran los mismos. Lo cierto es que aquel día yo tenía la sensación de que mi vida iba a cambiar antes de llegar a la oficina. Como si por un pliegue del tiempo el presente dejara que se colara en él, en la conciencia del momento, el futuro, las esperanzas y los deseos. Pero esa sensación ya la había tenido yo muchas veces y nunca había cambiado nada.
(Cotinuará ...)
El Callejón. Novela por entregas. Página 12.
¿Han vuelto a saltar los años? Es domingo por la mañana, la felicidad existe. Tengo la cabeza tapada para no ser descubierto en la cama de mis padres, con una risilla de caricato, deseando ser encontrado. Es curioso como mi memoria me devuelve una y otra vez a la misma cama, a las mismas escenas, a los mismos caminos en los que ya se ha edificado tanto y no pueden, por tanto, volver a ser transitados. Mi padre me pega de mentirijillas en el culo, las risas lo inundan todo y, flojo, me saca de entre las sábanas. Qué blancas son las sábanas, cuánta luz tienen, ¡hasta dónde es capaz de colarse dentro el olor de la alegría! Me siento a caballo en él, mi madre me trae el cola-cao con pan frito, me coge la mano y yo me lo tomo. Me miran, cómo me miran. Sí, ¡la felicidad existe!, existió, al menos, algún día.
Al ver El Sillón, por unos instantes, se me ha confundido todo en el estómago, con esa vuelta de tripas inexplicable que nos lo aclara todo. Me parece que El Sillón está muerto, me sorprende que no lo hayan enterrado, me sorprende su tristeza, su insondable tristeza (qué bien reflejan algunos tópicos los sentimientos), la insondable tristeza que me produce el verlo solo, sin él, la misma tristeza de la última vez que lo vi sentado aquí.
Ya no hablaba, quiero decir que ya ni siquiera lo intentaba como antes. Mi madre le pasaba la maquinilla una y otra vez por su cara con la misma lentitud que sus miradas se iban yendo despacio, abandonadas, una a una para no volver. De vez en cuando, una lágrima nos recordaba que estaba vivo cayendo perezosa por su cara. Ése fue el último día que lo vi. Después, mi madre me fue despidiendo de él por teléfono, y me contó que fue así, por los ojos por donde la vida fue terminando de abandonarlo. Así, como un pueblo que se va quedando sin habitantes, él se fue quedando una a una sin palabras, primero sin las suyas, luego sin las que le prestábamos los demás, sin recuerdos, sin lágrimas, sin miradas, y así se fue quedando solo con su cuerpo, con su cuerpo sólo, ... y cerró los ojos. Los cerró como se van cerrando poco a poco tras nosotros algunos callejones cuando se nos van alejando inevitablemente del cristal trasero de este viejo tren que somos, desde el que se nos escapa todo.
Me voy acercando a la puerta de mi habitación, de la habitación de aquel que yo era, y el estómago vuelve a oprimir mis pulmones como para invadirlos o para fundirse con ellos, el pulso se me acelera ligeramente y las fuerzas me van abandonando lentas mientras me vuelvo ingrávido y dejo de sentir la piel a la que siento, sin embargo, en toda su integridad a un tiempo.
(Continuará ...)
Al ver El Sillón, por unos instantes, se me ha confundido todo en el estómago, con esa vuelta de tripas inexplicable que nos lo aclara todo. Me parece que El Sillón está muerto, me sorprende que no lo hayan enterrado, me sorprende su tristeza, su insondable tristeza (qué bien reflejan algunos tópicos los sentimientos), la insondable tristeza que me produce el verlo solo, sin él, la misma tristeza de la última vez que lo vi sentado aquí.
Ya no hablaba, quiero decir que ya ni siquiera lo intentaba como antes. Mi madre le pasaba la maquinilla una y otra vez por su cara con la misma lentitud que sus miradas se iban yendo despacio, abandonadas, una a una para no volver. De vez en cuando, una lágrima nos recordaba que estaba vivo cayendo perezosa por su cara. Ése fue el último día que lo vi. Después, mi madre me fue despidiendo de él por teléfono, y me contó que fue así, por los ojos por donde la vida fue terminando de abandonarlo. Así, como un pueblo que se va quedando sin habitantes, él se fue quedando una a una sin palabras, primero sin las suyas, luego sin las que le prestábamos los demás, sin recuerdos, sin lágrimas, sin miradas, y así se fue quedando solo con su cuerpo, con su cuerpo sólo, ... y cerró los ojos. Los cerró como se van cerrando poco a poco tras nosotros algunos callejones cuando se nos van alejando inevitablemente del cristal trasero de este viejo tren que somos, desde el que se nos escapa todo.
Me voy acercando a la puerta de mi habitación, de la habitación de aquel que yo era, y el estómago vuelve a oprimir mis pulmones como para invadirlos o para fundirse con ellos, el pulso se me acelera ligeramente y las fuerzas me van abandonando lentas mientras me vuelvo ingrávido y dejo de sentir la piel a la que siento, sin embargo, en toda su integridad a un tiempo.
(Continuará ...)
sábado, 12 de abril de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 11.
La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.
- María sigue en Madrid, ¿la has vuelto a ver? - Sí, alguna vez la he visto. - Pobrecilla, ¿cómo habrá podido terminar así?.
“Sí, alguna vez la he visto”. Me gustaría poder decirle la verdad, que sigo enamorado de ti y que te veo casi todas las noches; pero sería hacerla sufrir para nada.
Se me hace cada vez más difícil interpretar este papel, el papel del muchacho que murió cuando salí de aquí hace años ya, del muchacho que murió ese día y que quizás sea hoy cuando vengo a enterrar junto a mi padre. Me produce pena que no me dejaran cambiar aquí, que no me dejaran crecer, que sigan viendo en mí sólo lo que esperan, que me hayan echado en definitiva; y los maldigo, los maldigo, además, por haberme enseñado que mis nuevos amigos tampoco me verán cambiar, que ni siquiera ven ahora en mí más de lo que esperan; por haberme enseñado que yo, seguramente, no soy capaz de verlos a ellos tampoco.
-¿Y mi hermano?
-Se fue ayer. ¿No habláis por teléfono?
-Sí, mamá, claro que hablamos.
Y es verdad, hablamos algunas veces al año, como corresponde a hijos de los mismos padres que nunca fueron hermanos.
-Se fue anoche. Él sí pudo llegar a tiempo al entierro.
-Ya te he dicho que a mí me fue imposible, créeme.
-Como te es imposible quedarte más tiempo...
-Sí, mamá, me es imposible...
A su lado está el sillón de mi padre, El Sillón lo habíamos llamado siempre, el único que le recuerdo, en el que salté tantas veces en sus brazos, que me sirvió tantas veces de coche cuando él me enseñaba a conducir, en el que cabalgué tantos días junto a él.
Continuará ...
- María sigue en Madrid, ¿la has vuelto a ver? - Sí, alguna vez la he visto. - Pobrecilla, ¿cómo habrá podido terminar así?.
“Sí, alguna vez la he visto”. Me gustaría poder decirle la verdad, que sigo enamorado de ti y que te veo casi todas las noches; pero sería hacerla sufrir para nada.
Se me hace cada vez más difícil interpretar este papel, el papel del muchacho que murió cuando salí de aquí hace años ya, del muchacho que murió ese día y que quizás sea hoy cuando vengo a enterrar junto a mi padre. Me produce pena que no me dejaran cambiar aquí, que no me dejaran crecer, que sigan viendo en mí sólo lo que esperan, que me hayan echado en definitiva; y los maldigo, los maldigo, además, por haberme enseñado que mis nuevos amigos tampoco me verán cambiar, que ni siquiera ven ahora en mí más de lo que esperan; por haberme enseñado que yo, seguramente, no soy capaz de verlos a ellos tampoco.
-¿Y mi hermano?
-Se fue ayer. ¿No habláis por teléfono?
-Sí, mamá, claro que hablamos.
Y es verdad, hablamos algunas veces al año, como corresponde a hijos de los mismos padres que nunca fueron hermanos.
-Se fue anoche. Él sí pudo llegar a tiempo al entierro.
-Ya te he dicho que a mí me fue imposible, créeme.
-Como te es imposible quedarte más tiempo...
-Sí, mamá, me es imposible...
A su lado está el sillón de mi padre, El Sillón lo habíamos llamado siempre, el único que le recuerdo, en el que salté tantas veces en sus brazos, que me sirvió tantas veces de coche cuando él me enseñaba a conducir, en el que cabalgué tantos días junto a él.
Continuará ...
lunes, 3 de marzo de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 10.
Al volver la calle, veo la casa de mis padres, de mi madre sólo ya. A esa casa nos mudamos a los pocos años. A la nueva casa se vino también mi prima. La casa era de mi abuelo y en ella vivíamos: él, mi tía y su familia y nosotros, hasta entonces sólo mis padres y yo. Luego nacería mi hermano.
Aunque no vivíamos solos, habíamos mejorado considerablemente. En la nueva casa teníamos ya dos dormitorios y una cocina que se comunicaba con el comedor, que con el paso del tiempo alternó su nombre con el pretencioso nombre de salón. El cuarto de baño seguía estando en el patio, pero ahora tenía un wáter, un lavabo y una ducha; aunque, eso sí, el cuartito-ducha, como le gustaba llamarlo a mi padre, lo compartíamos con la familia de mi tía y mi abuelo. Con el tiempo, tuvimos termo eléctrico y, más tarde, mi tía construyó un cuarto de baño para los suyos en un pequeño porche, entradita se le decía enonces, que teníamos delante.
A pesar de la ducha, en los primeros años de la nueva casa, mi madre me seguía bañando en el baño de zinc junto a la mesa camilla, a la que le remangaba la falda para que me llegara el calorcito de la copa. El baño era el sábado y el agua achicharraba siempre. Los demás días, mi madre me lavaba lo necesario, es decir: los pies, las manos, la cara, y la minina, como ella la llamaba. Esa minina ocultada como su nombre en el silencio y la reprobación, cargándose de morbo cada año, cada día, casi; esa que me hacía refugiarme en los sueños, que hacía que se refugiaran en mis sueños aquellas historias de amor con las actrices o con las niñas de mi colegio, tan auténticas que en ellas casi nunca nos daba tiempo de desnudarnos cuando la prematura explosión de la fisiología les ponía el fin. Un fin mezcla de ternura, esperanza y ansiedad, la ansiedad de saber que hasta dentro de un buen rato, mañana quizás, no volveríamos a abrazarnos con esa intensidad. Pero para esto faltan aún varios años.
Los sábados tocaba también lavarse la cabeza. La cabeza me la lavaba en el lavabo, cuyo borde, al final de la operación, se encontraba grabado en mi frente en rojo por la presión a la que mi madre la había sometido.
La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.
(Continuará ...)
Aunque no vivíamos solos, habíamos mejorado considerablemente. En la nueva casa teníamos ya dos dormitorios y una cocina que se comunicaba con el comedor, que con el paso del tiempo alternó su nombre con el pretencioso nombre de salón. El cuarto de baño seguía estando en el patio, pero ahora tenía un wáter, un lavabo y una ducha; aunque, eso sí, el cuartito-ducha, como le gustaba llamarlo a mi padre, lo compartíamos con la familia de mi tía y mi abuelo. Con el tiempo, tuvimos termo eléctrico y, más tarde, mi tía construyó un cuarto de baño para los suyos en un pequeño porche, entradita se le decía enonces, que teníamos delante.
A pesar de la ducha, en los primeros años de la nueva casa, mi madre me seguía bañando en el baño de zinc junto a la mesa camilla, a la que le remangaba la falda para que me llegara el calorcito de la copa. El baño era el sábado y el agua achicharraba siempre. Los demás días, mi madre me lavaba lo necesario, es decir: los pies, las manos, la cara, y la minina, como ella la llamaba. Esa minina ocultada como su nombre en el silencio y la reprobación, cargándose de morbo cada año, cada día, casi; esa que me hacía refugiarme en los sueños, que hacía que se refugiaran en mis sueños aquellas historias de amor con las actrices o con las niñas de mi colegio, tan auténticas que en ellas casi nunca nos daba tiempo de desnudarnos cuando la prematura explosión de la fisiología les ponía el fin. Un fin mezcla de ternura, esperanza y ansiedad, la ansiedad de saber que hasta dentro de un buen rato, mañana quizás, no volveríamos a abrazarnos con esa intensidad. Pero para esto faltan aún varios años.
Los sábados tocaba también lavarse la cabeza. La cabeza me la lavaba en el lavabo, cuyo borde, al final de la operación, se encontraba grabado en mi frente en rojo por la presión a la que mi madre la había sometido.
La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.
(Continuará ...)
domingo, 3 de febrero de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 9.
Lo que mi amigo Luis no sabía, ni yo por supuesto entonces, era que uno de sus alardes de jefatura me iba a abrir la puerta a otro mundo, me iba a introducir en un callejón del que ya no saldría, me iba a enseñar que yo no era tan raro, me iba a hacer descubrir que había más gente como yo. Es curioso que hasta esto me lo tuviera que hacer ver él.
Fue durante una feria. Ya habíamos crecido y andábamos por esa edad en la que se está tonteando con el tiempo, aún no nos atrevíamos a crecer y ya notábamos el empujón de la vida como un aullido imparable y desconcertante.
Yo estaba en primero de B.U.P.. Habíamos quedado todos en su casa (qué casualidad) para ir todos juntos. Cuando me acerqué para ver a qué hora íbamos a salir ya se habían ido. Lo habían hecho a una hora inusualmente temprana y me habán dejado allí. ¿Cómo no me habían avisado si yo vivía dos casas más arriba? Me han hecho falta muchos años para aceptar que aquello no fue un mal entendido, los años necesarios, seguramente, para apartar ese velo que sabemos que está ahí y lo ignoramos hasta que lo que hay detrás creemos que ya no nos hará demasiado daño si nos asomamos a verlo.
Entonces me vi solo y me di cuenta de que, sin saberlo, me había ido acostumbrando poco a poco a estarlo, y me fui a la feria, a buscarlos, pero empezaba a sentir de alguna forma que empezaba a no necesitarlos. Claro que eso era sólo el principio y yo no era capaz de verbalizar nada de esto que vagaba por mi cabeza buscando aún las palabras que lo ordenara y que todavía tardaría unos años en encontrar.
Y las encontré poco a poco, como ocurren estas cosas, como ocurren casi todas las cosas, y cuando las encontré, aún tardaría unos años más en saber lo que hacer con ellas hasta que ellas solas se pusieron en su sitio y cobraron sentido.
Aquel día bastante tuve con ir a buscarlos, con ir confirmando que me gustaba atender a mis pensamientos, a mis sensaciones, atender a ver qué hacían cuando eran sorprendidos por todo lo que veían, oían y olían fuera.
Y no encontré a Luis ni a los otros, claro, y me senté en los escalones de la calle de los cacharritos con unos chavales a los que apenas conocía del Instituto, y allí pasamos toda la noche charlando. Y me di cuenta de que no era yo el único que prefería estar charlando a ir ensayando con las cosas de los mayores, de que no eran tan raras las cosas de las que a mí me gustaba hablar, y, sobre todo, me di cuenta de que había gente que decía cosas mucho más interesantes que las mías, que aquellos muchachos decían cosas que a mí se me antojaba al oírlas que andaban en mi cabeza hacía tiempo y que ellos como por arte de magia me las estaban sacando de ella con sus palabras, que les estaban prestando sus voces para que salieran.
Aquel día yo sentí que había gente con la que yo tenía que ver, que había gente que no necesitaba un jefe, que aquello, claro, no era una pandilla.Pero para darme cuenta de verdad de todo eso tuvieron que ocurrir más cosas y pasar más años. Entonces yo sólo lo sentía. Y, de vuelta a casa, me di cuenta, de eso sí que me di cuenta entonces, de que después de mucho tiempo, aunque no iba nadie conmigo, no volvía solo a mi casa.
(Continuará...)
Fue durante una feria. Ya habíamos crecido y andábamos por esa edad en la que se está tonteando con el tiempo, aún no nos atrevíamos a crecer y ya notábamos el empujón de la vida como un aullido imparable y desconcertante.
Yo estaba en primero de B.U.P.. Habíamos quedado todos en su casa (qué casualidad) para ir todos juntos. Cuando me acerqué para ver a qué hora íbamos a salir ya se habían ido. Lo habían hecho a una hora inusualmente temprana y me habán dejado allí. ¿Cómo no me habían avisado si yo vivía dos casas más arriba? Me han hecho falta muchos años para aceptar que aquello no fue un mal entendido, los años necesarios, seguramente, para apartar ese velo que sabemos que está ahí y lo ignoramos hasta que lo que hay detrás creemos que ya no nos hará demasiado daño si nos asomamos a verlo.
Entonces me vi solo y me di cuenta de que, sin saberlo, me había ido acostumbrando poco a poco a estarlo, y me fui a la feria, a buscarlos, pero empezaba a sentir de alguna forma que empezaba a no necesitarlos. Claro que eso era sólo el principio y yo no era capaz de verbalizar nada de esto que vagaba por mi cabeza buscando aún las palabras que lo ordenara y que todavía tardaría unos años en encontrar.
Y las encontré poco a poco, como ocurren estas cosas, como ocurren casi todas las cosas, y cuando las encontré, aún tardaría unos años más en saber lo que hacer con ellas hasta que ellas solas se pusieron en su sitio y cobraron sentido.
Aquel día bastante tuve con ir a buscarlos, con ir confirmando que me gustaba atender a mis pensamientos, a mis sensaciones, atender a ver qué hacían cuando eran sorprendidos por todo lo que veían, oían y olían fuera.
Y no encontré a Luis ni a los otros, claro, y me senté en los escalones de la calle de los cacharritos con unos chavales a los que apenas conocía del Instituto, y allí pasamos toda la noche charlando. Y me di cuenta de que no era yo el único que prefería estar charlando a ir ensayando con las cosas de los mayores, de que no eran tan raras las cosas de las que a mí me gustaba hablar, y, sobre todo, me di cuenta de que había gente que decía cosas mucho más interesantes que las mías, que aquellos muchachos decían cosas que a mí se me antojaba al oírlas que andaban en mi cabeza hacía tiempo y que ellos como por arte de magia me las estaban sacando de ella con sus palabras, que les estaban prestando sus voces para que salieran.
Aquel día yo sentí que había gente con la que yo tenía que ver, que había gente que no necesitaba un jefe, que aquello, claro, no era una pandilla.Pero para darme cuenta de verdad de todo eso tuvieron que ocurrir más cosas y pasar más años. Entonces yo sólo lo sentía. Y, de vuelta a casa, me di cuenta, de eso sí que me di cuenta entonces, de que después de mucho tiempo, aunque no iba nadie conmigo, no volvía solo a mi casa.
(Continuará...)
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