viernes, 5 de enero de 2024

Una vida sencilla.

Hoy ya no echo de menos aquellas lecturas compartidas que no tuvimos, las veces que tú no me acompañabas en aquellos actos que organizábamos y no echo de menos que a ti no te parecieran cosas infantiles mis cosas, como te parecían.

No echo ya de menos haber compartido esas cosas de tu trabajo que no quisiste compartir conmigo o que yo no supe cómo hacerlo, los preparativos de los reyes magos, las series ingenuas, las canciones y las películas, simplemente bonitas, que no compartimos.

Hoy no echo de menos los paseos que apenas tuvimos por el campo con los niños tendidos en una manta con los juguetes, los encuentros después del trabajo en que no compartimos el día de cada uno.

No echo de menos esa parte de la vida que pudimos hacernos sencilla, que pudimos no complicarnos y no supimos hacerlo; porque, en parte, gracias a no tener aquellas cosas entonces, hoy me siento cerca de tenerlas.

viernes, 15 de diciembre de 2023

El Iríbar, un niño raro.

A pesar de lo mucho que hablábamos en nuestras largas tardes de charla, esto que te quiero contar ahora, no te lo pude contar antes porque yo no he sido consciente de ello hasta ahora.

Y eso es que jugar de portero me salvó la infancia, salvó al niño que yo era. En el colegio y en aquellas largas tardes que teníamos en la calle, yo no era muy hábil jugando a la pelota; bueno, tampoco lo era en ningún otro juego. Entonces, apareció Iríbar y, de su mano, mi afición por la portería.

Mientras otros niños pasaban los recreos y las tardes corriendo tras el balón y chutando, las pocas veces que yo lo intenté antes de rendirme, era muy frustrante para mí no darle nunca a la pelota y, mucho mas frustrante todavía, que nadie quisiera jugar conmigo en su equipo. Esto último lo recuerdo asiciado a situaciones concretas como algo desgarrador.

Fue entonces cuando llegó la portería a mi vida. Yo me convertí en uno de los pocos niños que querían ser porteros, todos preferían la gloria de marcar goles y, aunque al principio fue por lo mal que yo jugaba con los pies, después me fue gustando cada vez más la portería, hasta llegar a disfrutar, no sólo de parar el balón, de conseguir que éste no entrara en mi portería, sino del placer de estirarme, de saltar, de desplazarme por el aire, de volar. 

Todas esas sensaciones fueron apareciendo más tarde, pero lo que sí noté desde el principio era que ya todos los niños me querían en su equipo, que yo ya tenía algo que hacer y algo de lo que hablar con lo demás niños en el recreo.

Hoy, desde este lado del cuaderno, desde la perspectiva que me dan, aquí y ahora, la tinta y el bolígrafo, es fácil poner palabras a lo que yo era entonces: un niño raro. Y a los niños raros, entonces como hoy, se los marginaba, lo pasaban mal. Pero yo conseguí jugar al fútbol, y me convertí para todos en el portero, era el Iríbar y, por lo tanto, nadie se daba cuenta de que ese portero era un niño raro; y, lo que fue más importante para mí, ya me hacían sentir uno de ellos, me hacían sentir un niño normal. 


Jesús. 

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Guiones indispensables

 El trabajo me servía para mantenerme en pie. Los días alternos con mis hijos me servían para mantenerme en pie. 

Tener un papel que hacer, un personaje que desarrollar: el profesor que se esperaba que yo fuera, lo que yo sabía que mis compañeros esperaban de mí, aquellas cosas de padre que yo sabía que mis hijos deseaban de mí, necesitaban de mí.

El resto del tiempo, cuando yo podía decidir qué hacer con él, qué hacer conmigo, me costaba levantarme del sillón y mantenerme en pie.

Tener esos clavos a los que agarrarme, tener la suerte de poder identificarlos en el momento en que los necesité me permite poder volar hoy con las alas más fuertes, disfrutando del hermoso aire que me envuelve, que me sostiene.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

No son más que palabras.

 Hoy quisiera traerte la luz y, qué impotencia, sólo puedo entregarte su nombre. 

Hoy quisiera, con mis manos, mostrarte todo mi amor, pero no me salen más que caricias. 

Hoy quisiera, con palabras, regalarte toda la paz que siento, pero sólo me sale acompañarte en silencio. 

Hoy quisiera fundirme contigo, ser uno solo, pero no me sale nada más que rodearte con mi abrazo. 

Amor, perdóname hoy esta torpeza mía de no ser capaz de traerte, como siempre, nada más que esto: el eco del eco del eco de todo lo que siento. 


Jesús.

martes, 28 de noviembre de 2023

Mercedes y Pedro.

 Me sonríen desde el fondo del tiempo, Pedro y Mercedes, paseando cogidos del brazo, casi arrastrando los pies. Junto a mí, en la esquina de El Barco, los ve pasar incrédulo Lorenzo, al que mi recuerdo ha revivido en este instante.

Lorenzo llegó una mañana a la casa de vecinos buscando a Mercedes, su novia de siempre. Él desapareció de un día para otro al inicio de la guerra y volvía ahora, pasados los años, cuando pudo hacerlo sin que su vida corriera peligro. Imagino la impotencia de Lorenzo y su familia sin poder decir una palabra sobre él a su novia por miedo, la impotencia de Mercedes sintiéndose abandonada y sin entender nada. La impotencia de ambos al reencontrarse pasado el tiempo en una situación que no tenía remedio: 

-Pedro es un buen hombre, tenemos hijos. Si yo hubiera sabido... -Si yo hubiera podido...

No me imagino cuánto dolor puede caber en una despedida como ésa, sin un beso siquiera que sirviera para mitigar la congoja.

Veo a Pedro y a Mercedes cogidos del brazo, casi arrastrando los pies. No sé si él se enteró alguna vez de aquella escena, no sé lo que pudo durar la herida en ella..

Ahora, así, agarrados, andando juntos es como yo los recuerdo siempre. Pedro y Mercedes fueron buenas personas, sus hijos son buenas personas. Creo que supieron construir con sus circunstancias una buena historia; no la que habían soñado, seguramente, pero una buena historia. 

Cuando yo oí contar esto a mi madre y mis tías, entre sorbos de café, una tarde de verano en que tenían de fondo la radionovela y creían que los niños dormíamos la siesta, me llevé una sorpresa muy grande,  me invadió una pena muy grande. Al niño que yo era entonces no le cabía en la cabeza que la vida pudiera castigar de esa forma tan injusta a las buenas personas, como no me cabía en la cabeza que ellos hubieran vivido sus vidas con tanta normalidad habiéndoles ocurrido aquello. Después, esa misma vida, gracias a personas como ellos,  se encargó de enseñarme a vivir a mí también. Pero aquella tarde de radionovelas de verano faltaban aún muchas historias como ésta para que mi inocencia fuera dejando sitio a todo lo que aún me faltaba por ver. 


Jesús.




viernes, 24 de noviembre de 2023

Viven en mí.

 No sé si ellos serán conscientes de ello allá donde estén; pero, si no es así, me gustaría que lo fueran. Que fueran conscientes de cómo los siento, desde hace algún tiempo, presentes en mi vida. No me refiero a la influencia que ellos han tenido y tienen en mí, a la influencia genética, al parecido que me noto cada vez más con ellos. Me refiero a otra cosa, me refiero a que yo siento desde hace algún tiempo, cada vez más, cómo ellos siguen vivos en mí, cómo ellos utilizan mi cuerpo junto a mí, colaborando conmigo, cómo ellos siguen vivos, pero vivos de verdad, en mí.

Aquí, ahora, estoy trabajando.

 No sé bien por qué me ha venido ahora esta imagen, pero me ha venido: estaba yo en el patio de la casa de mi madre, sentado en la escalera de la azotea. Releía yo San Manuel Bueno, mártir, preparando una clase de segundo de bachillerato. Mi madre me llevó un café. La tarde tenía una luz y una temperatura que intensificaban mi dicha. Le dije la suerte que tenía de poder llamar a aquel momento mi trabajo. Ella me respondió que tuviera cuidado, que el café quemaba, y eso me hizo sentir aún mayor la suerte que tenía por darme cuenta de lo importante que era aquello que le acababa de contar.