Al volver la calle, veo la casa de mis padres, de mi madre sólo ya. A esa casa nos mudamos a los pocos años. A la nueva casa se vino también mi prima. La casa era de mi abuelo y en ella vivíamos: él, mi tía y su familia y nosotros, hasta entonces sólo mis padres y yo. Luego nacería mi hermano.
Aunque no vivíamos solos, habíamos mejorado considerablemente. En la nueva casa teníamos ya dos dormitorios y una cocina que se comunicaba con el comedor, que con el paso del tiempo alternó su nombre con el pretencioso nombre de salón. El cuarto de baño seguía estando en el patio, pero ahora tenía un wáter, un lavabo y una ducha; aunque, eso sí, el cuartito-ducha, como le gustaba llamarlo a mi padre, lo compartíamos con la familia de mi tía y mi abuelo. Con el tiempo, tuvimos termo eléctrico y, más tarde, mi tía construyó un cuarto de baño para los suyos en un pequeño porche, entradita se le decía enonces, que teníamos delante.
A pesar de la ducha, en los primeros años de la nueva casa, mi madre me seguía bañando en el baño de zinc junto a la mesa camilla, a la que le remangaba la falda para que me llegara el calorcito de la copa. El baño era el sábado y el agua achicharraba siempre. Los demás días, mi madre me lavaba lo necesario, es decir: los pies, las manos, la cara, y la minina, como ella la llamaba. Esa minina ocultada como su nombre en el silencio y la reprobación, cargándose de morbo cada año, cada día, casi; esa que me hacía refugiarme en los sueños, que hacía que se refugiaran en mis sueños aquellas historias de amor con las actrices o con las niñas de mi colegio, tan auténticas que en ellas casi nunca nos daba tiempo de desnudarnos cuando la prematura explosión de la fisiología les ponía el fin. Un fin mezcla de ternura, esperanza y ansiedad, la ansiedad de saber que hasta dentro de un buen rato, mañana quizás, no volveríamos a abrazarnos con esa intensidad. Pero para esto faltan aún varios años.
Los sábados tocaba también lavarse la cabeza. La cabeza me la lavaba en el lavabo, cuyo borde, al final de la operación, se encontraba grabado en mi frente en rojo por la presión a la que mi madre la había sometido.
La puerta está abierta, ella está sentada en el sofá, la habitación está en penumbra y veo cómo la cara se le alegra. Con su voz y sus caricias parece querer decirme que todo está bien, que no me preocupe, que me quiere. Noto su miedo al silencio, su lucha por hacerme llegar calor, por hacerme llegar esa ilusión ya vacía de convencerme para que me quede.
(Continuará ...)
lunes, 3 de marzo de 2008
domingo, 3 de febrero de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 9.
Lo que mi amigo Luis no sabía, ni yo por supuesto entonces, era que uno de sus alardes de jefatura me iba a abrir la puerta a otro mundo, me iba a introducir en un callejón del que ya no saldría, me iba a enseñar que yo no era tan raro, me iba a hacer descubrir que había más gente como yo. Es curioso que hasta esto me lo tuviera que hacer ver él.
Fue durante una feria. Ya habíamos crecido y andábamos por esa edad en la que se está tonteando con el tiempo, aún no nos atrevíamos a crecer y ya notábamos el empujón de la vida como un aullido imparable y desconcertante.
Yo estaba en primero de B.U.P.. Habíamos quedado todos en su casa (qué casualidad) para ir todos juntos. Cuando me acerqué para ver a qué hora íbamos a salir ya se habían ido. Lo habían hecho a una hora inusualmente temprana y me habán dejado allí. ¿Cómo no me habían avisado si yo vivía dos casas más arriba? Me han hecho falta muchos años para aceptar que aquello no fue un mal entendido, los años necesarios, seguramente, para apartar ese velo que sabemos que está ahí y lo ignoramos hasta que lo que hay detrás creemos que ya no nos hará demasiado daño si nos asomamos a verlo.
Entonces me vi solo y me di cuenta de que, sin saberlo, me había ido acostumbrando poco a poco a estarlo, y me fui a la feria, a buscarlos, pero empezaba a sentir de alguna forma que empezaba a no necesitarlos. Claro que eso era sólo el principio y yo no era capaz de verbalizar nada de esto que vagaba por mi cabeza buscando aún las palabras que lo ordenara y que todavía tardaría unos años en encontrar.
Y las encontré poco a poco, como ocurren estas cosas, como ocurren casi todas las cosas, y cuando las encontré, aún tardaría unos años más en saber lo que hacer con ellas hasta que ellas solas se pusieron en su sitio y cobraron sentido.
Aquel día bastante tuve con ir a buscarlos, con ir confirmando que me gustaba atender a mis pensamientos, a mis sensaciones, atender a ver qué hacían cuando eran sorprendidos por todo lo que veían, oían y olían fuera.
Y no encontré a Luis ni a los otros, claro, y me senté en los escalones de la calle de los cacharritos con unos chavales a los que apenas conocía del Instituto, y allí pasamos toda la noche charlando. Y me di cuenta de que no era yo el único que prefería estar charlando a ir ensayando con las cosas de los mayores, de que no eran tan raras las cosas de las que a mí me gustaba hablar, y, sobre todo, me di cuenta de que había gente que decía cosas mucho más interesantes que las mías, que aquellos muchachos decían cosas que a mí se me antojaba al oírlas que andaban en mi cabeza hacía tiempo y que ellos como por arte de magia me las estaban sacando de ella con sus palabras, que les estaban prestando sus voces para que salieran.
Aquel día yo sentí que había gente con la que yo tenía que ver, que había gente que no necesitaba un jefe, que aquello, claro, no era una pandilla.Pero para darme cuenta de verdad de todo eso tuvieron que ocurrir más cosas y pasar más años. Entonces yo sólo lo sentía. Y, de vuelta a casa, me di cuenta, de eso sí que me di cuenta entonces, de que después de mucho tiempo, aunque no iba nadie conmigo, no volvía solo a mi casa.
(Continuará...)
Fue durante una feria. Ya habíamos crecido y andábamos por esa edad en la que se está tonteando con el tiempo, aún no nos atrevíamos a crecer y ya notábamos el empujón de la vida como un aullido imparable y desconcertante.
Yo estaba en primero de B.U.P.. Habíamos quedado todos en su casa (qué casualidad) para ir todos juntos. Cuando me acerqué para ver a qué hora íbamos a salir ya se habían ido. Lo habían hecho a una hora inusualmente temprana y me habán dejado allí. ¿Cómo no me habían avisado si yo vivía dos casas más arriba? Me han hecho falta muchos años para aceptar que aquello no fue un mal entendido, los años necesarios, seguramente, para apartar ese velo que sabemos que está ahí y lo ignoramos hasta que lo que hay detrás creemos que ya no nos hará demasiado daño si nos asomamos a verlo.
Entonces me vi solo y me di cuenta de que, sin saberlo, me había ido acostumbrando poco a poco a estarlo, y me fui a la feria, a buscarlos, pero empezaba a sentir de alguna forma que empezaba a no necesitarlos. Claro que eso era sólo el principio y yo no era capaz de verbalizar nada de esto que vagaba por mi cabeza buscando aún las palabras que lo ordenara y que todavía tardaría unos años en encontrar.
Y las encontré poco a poco, como ocurren estas cosas, como ocurren casi todas las cosas, y cuando las encontré, aún tardaría unos años más en saber lo que hacer con ellas hasta que ellas solas se pusieron en su sitio y cobraron sentido.
Aquel día bastante tuve con ir a buscarlos, con ir confirmando que me gustaba atender a mis pensamientos, a mis sensaciones, atender a ver qué hacían cuando eran sorprendidos por todo lo que veían, oían y olían fuera.
Y no encontré a Luis ni a los otros, claro, y me senté en los escalones de la calle de los cacharritos con unos chavales a los que apenas conocía del Instituto, y allí pasamos toda la noche charlando. Y me di cuenta de que no era yo el único que prefería estar charlando a ir ensayando con las cosas de los mayores, de que no eran tan raras las cosas de las que a mí me gustaba hablar, y, sobre todo, me di cuenta de que había gente que decía cosas mucho más interesantes que las mías, que aquellos muchachos decían cosas que a mí se me antojaba al oírlas que andaban en mi cabeza hacía tiempo y que ellos como por arte de magia me las estaban sacando de ella con sus palabras, que les estaban prestando sus voces para que salieran.
Aquel día yo sentí que había gente con la que yo tenía que ver, que había gente que no necesitaba un jefe, que aquello, claro, no era una pandilla.Pero para darme cuenta de verdad de todo eso tuvieron que ocurrir más cosas y pasar más años. Entonces yo sólo lo sentía. Y, de vuelta a casa, me di cuenta, de eso sí que me di cuenta entonces, de que después de mucho tiempo, aunque no iba nadie conmigo, no volvía solo a mi casa.
(Continuará...)
sábado, 19 de enero de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 8.
La esquina de El Barco era otro de los límites de nuestro territorio. Más arriba era como otro barrio, algunos de los niños que vivían allí arribota estaban, incluso, en mi clase; pero pertenecían a otro mundo. Sus pandillas no eran la nuestra, yo nunca había entrado en sus casas, no conocía los nombres de sus madres, ni siquiera sus caras. No existían, casi, para mí y si alguna vez pasaban fugazmente por mi mente no podía imaginar a qué sabrían sus comidas, aunque fueran las mismas que comía yo en mi casa; a qué jugarían con sus amigos; o qué harían sus padres cuando llegaban a casa después del trabajo...
Aquél era un tiempo en que la vida se hacía en la calle, quizás porque en las casas no se cabía o quizás las casas eran pequeñas porque no se necesitaba más que un sitio para comer y para dormir. La televisión todavía no había cambiado nuestras vidas y la cocina aún no era lugar de exhibiciones. Era una época en que no había nada de lo que presumir, no había nada que enseñar, y por eso, seguramente, nada había que ocultar.
Al final de la calle, más arriba aún, comenzaba el campo. Los sábados nos llevaba allí mi primo Juan, que era mayor que nosotros, a jugar a la pelota. Nos llevábamos la merienda y agua porque íbamos a lo que nos parecía una larguísima excursión. Esos, apenas, trescientos metros, esos apenas cinco minutos me parecían inmensos, como me parecía inmensa cualquier cosa que estuviera fuera del aquí y el ahora; para mí, el presente, lo inmediato era lo único que existía. ¡Cómo echo de menos la intensidad de aquellas vivencias!, la capacidad de agarrarlo todo simultáneamente, todos los olores, todos los sabores, todos los sonidos, la nitidez de la luz que lo fijaba todo, el vértigo de todo aquello unido.
Aquella excursión me gustaba no sólo por lo que tenía de aventura, sino porque íbamos a jugar a la pelota, sólo a la pelota, quizás por eso no venía casi nunca Luis. Él era el jefe de mi pandilla, aunque nadie había elegido jefe nunca en la pandilla ni nunca nos hubiéramos planteado que éramos una pandilla, pero nadie discutía entre nosotros las decisiones de Luis. Desde muy pequeño, a él le gustaba ir dejando claro cada cierto tiempo quién mandaba y para ello decidía cambiar de juego cuando mejor nos lo estábamos pasando.
A pesar de todo, no recuerdo aquel tiempo como infeliz, seguramente por esa capacidad de los niños para inventar el mundo cada día, por esa capacidad de desterrar de sus vidas todo aquello del pasado que no merece ser convertido en presente, como si esas cosas que le ocurrían fuesen algún error raro de los mecanismos naturales de la vida y, por tanto, les fuesen ajenas.
Sin embargo, estas arbitrariedades de Luis y la sensación de impotencia que me producía la obediencia ciega de los demás en estos jefes, fueron creando poco a poco en mí un espíritu rebelde y un gusto por la soledad que después de haberlo disimulado mucho ha terminado siendo una de las cosas esenciales que soy.
Pero entonces, claro, yo no entendía todo esto. ¿Por qué no era yo como Luis?, ¿por qué no me hacían caso los demás niños como a él?, ¿por qué no era yo feliz aceptando sus deseos y sus caprichos como hacían Pepe, Rafa o el Manolo?, ¿Por qué tenía yo que ser tan raro?, ¿por qué no era yo capaz de hacer descubrir a los demás niños lo divertido que era aquello de escribir un diario?, ¿de llevarlo siempre encima para que no te lo descubrieran: en los calcetines, en los calzoncillos, en la camiseta?, ¿por qué era yo tan torpe que no podía hacer ver a mis amigos algo tan obvio?.
(Continuará ...)
Aquél era un tiempo en que la vida se hacía en la calle, quizás porque en las casas no se cabía o quizás las casas eran pequeñas porque no se necesitaba más que un sitio para comer y para dormir. La televisión todavía no había cambiado nuestras vidas y la cocina aún no era lugar de exhibiciones. Era una época en que no había nada de lo que presumir, no había nada que enseñar, y por eso, seguramente, nada había que ocultar.
Al final de la calle, más arriba aún, comenzaba el campo. Los sábados nos llevaba allí mi primo Juan, que era mayor que nosotros, a jugar a la pelota. Nos llevábamos la merienda y agua porque íbamos a lo que nos parecía una larguísima excursión. Esos, apenas, trescientos metros, esos apenas cinco minutos me parecían inmensos, como me parecía inmensa cualquier cosa que estuviera fuera del aquí y el ahora; para mí, el presente, lo inmediato era lo único que existía. ¡Cómo echo de menos la intensidad de aquellas vivencias!, la capacidad de agarrarlo todo simultáneamente, todos los olores, todos los sabores, todos los sonidos, la nitidez de la luz que lo fijaba todo, el vértigo de todo aquello unido.
Aquella excursión me gustaba no sólo por lo que tenía de aventura, sino porque íbamos a jugar a la pelota, sólo a la pelota, quizás por eso no venía casi nunca Luis. Él era el jefe de mi pandilla, aunque nadie había elegido jefe nunca en la pandilla ni nunca nos hubiéramos planteado que éramos una pandilla, pero nadie discutía entre nosotros las decisiones de Luis. Desde muy pequeño, a él le gustaba ir dejando claro cada cierto tiempo quién mandaba y para ello decidía cambiar de juego cuando mejor nos lo estábamos pasando.
A pesar de todo, no recuerdo aquel tiempo como infeliz, seguramente por esa capacidad de los niños para inventar el mundo cada día, por esa capacidad de desterrar de sus vidas todo aquello del pasado que no merece ser convertido en presente, como si esas cosas que le ocurrían fuesen algún error raro de los mecanismos naturales de la vida y, por tanto, les fuesen ajenas.
Sin embargo, estas arbitrariedades de Luis y la sensación de impotencia que me producía la obediencia ciega de los demás en estos jefes, fueron creando poco a poco en mí un espíritu rebelde y un gusto por la soledad que después de haberlo disimulado mucho ha terminado siendo una de las cosas esenciales que soy.
Pero entonces, claro, yo no entendía todo esto. ¿Por qué no era yo como Luis?, ¿por qué no me hacían caso los demás niños como a él?, ¿por qué no era yo feliz aceptando sus deseos y sus caprichos como hacían Pepe, Rafa o el Manolo?, ¿Por qué tenía yo que ser tan raro?, ¿por qué no era yo capaz de hacer descubrir a los demás niños lo divertido que era aquello de escribir un diario?, ¿de llevarlo siempre encima para que no te lo descubrieran: en los calcetines, en los calzoncillos, en la camiseta?, ¿por qué era yo tan torpe que no podía hacer ver a mis amigos algo tan obvio?.
(Continuará ...)
viernes, 11 de enero de 2008
El Callejón. Novela por entregas. Página 7.
En el otro extremo de la calle, tras esa puerta desvencijada y oradada, en esa habitación hundida, está el Maestro Música, mi zapatero. La zapatería la recuerdo en silencio, en silencio y a oscuras, como un templo. La zapatería era una habitación muy pequeña a la que se llegaba directamente desde la calle bajando unos escalones. Y allí abajo, entre montones ordenados de zapatos, sentado con su delantal azul está el maestro.
Siempre me produce una curiosa sensación verlo allí abajo, desde la luz, desde mi juventud, ese hombre al que yo admiro tanto, en ese pozo de oscuridad. Y se mezclan en mí, al verlo, la melancolía y la incapacidad de comprender cómo alguien así no ha conseguido ser más que zapatero, zapatero en este agujero al que sólo su presencia le da vida.
De su boca van saliendo palabras que yo jamás había oído: melómano, percusión, instrumento de viento. -El piano es un instrumento de cuerda, aunque te parezca mentira, porque cuando tú tocas una tecla, un martillito golpea una cuerda y la hace sonar.
Fue al Maestro Música al primero que le oí nombrar a Bach y a Mózart, el que me contó lo importante que era la labor del director de la orquesta.
Nunca he sido un gran aficionado a la música y, sin embargo, sigo oyendo en mi mnemoria extasiado la voz del maestro durante horas que me parecen minutos, con el mismo sobrecogimiento, la misma concentración, la emoción con que me embobaba oyéndolo mientras lo veía trabajar. Nunca he sido un gran aficionado a la música, no; ni me ha interesado la zapatería, pero creo que ya intuía entonces, oyendo al Maestro y viéndolo trabajar que me iba a entusiasmar todo lo que estuviera bien hecho, bien contado, todo aquello que tuviera la vida, la tranquila pasión y la humanidad que rebosaban las palabras de este hombre. Él no tenía ese tono expansivo, ese ritmo narrativo de Manolo, esa capacidad de revivir las historias. Él era pequeño y menudo, aún más pequeño y más menudo con esa forma de silla que adquiría sobre su taburete, con la cabeza siempre gacha, mirando el trabajo mientras hablaba por esos ojillos pequeños. El Maestro, lo era en el tono íntimo, en el amor que te daba con todo lo que te contaba, en el lirismo sencillo y tosco de ese hilo de voz aflautado que salía de su pequeña humanidad.
(Continuará ...)
Siempre me produce una curiosa sensación verlo allí abajo, desde la luz, desde mi juventud, ese hombre al que yo admiro tanto, en ese pozo de oscuridad. Y se mezclan en mí, al verlo, la melancolía y la incapacidad de comprender cómo alguien así no ha conseguido ser más que zapatero, zapatero en este agujero al que sólo su presencia le da vida.
De su boca van saliendo palabras que yo jamás había oído: melómano, percusión, instrumento de viento. -El piano es un instrumento de cuerda, aunque te parezca mentira, porque cuando tú tocas una tecla, un martillito golpea una cuerda y la hace sonar.
Fue al Maestro Música al primero que le oí nombrar a Bach y a Mózart, el que me contó lo importante que era la labor del director de la orquesta.
Nunca he sido un gran aficionado a la música y, sin embargo, sigo oyendo en mi mnemoria extasiado la voz del maestro durante horas que me parecen minutos, con el mismo sobrecogimiento, la misma concentración, la emoción con que me embobaba oyéndolo mientras lo veía trabajar. Nunca he sido un gran aficionado a la música, no; ni me ha interesado la zapatería, pero creo que ya intuía entonces, oyendo al Maestro y viéndolo trabajar que me iba a entusiasmar todo lo que estuviera bien hecho, bien contado, todo aquello que tuviera la vida, la tranquila pasión y la humanidad que rebosaban las palabras de este hombre. Él no tenía ese tono expansivo, ese ritmo narrativo de Manolo, esa capacidad de revivir las historias. Él era pequeño y menudo, aún más pequeño y más menudo con esa forma de silla que adquiría sobre su taburete, con la cabeza siempre gacha, mirando el trabajo mientras hablaba por esos ojillos pequeños. El Maestro, lo era en el tono íntimo, en el amor que te daba con todo lo que te contaba, en el lirismo sencillo y tosco de ese hilo de voz aflautado que salía de su pequeña humanidad.
(Continuará ...)
El Callejón. Novela por entregas. Página 6.
Salgo de la casa y me acompaña esa vaga sensación que se aloja entre el pecho y el estómago que confundimos con tantos sentimientos y que esta vez tiene que ver con uno de esos destellos, de esos guiños con que se nos muestra fugazmente la hondura irreversible del tiempo.
Giro en la esquina de El Barco, que ya no es un bar, que ya no es nada más que una pequeña pared y una puerta cerrada desde hace años. En la puerta, veo, como siempre, a Manolo. Él y el Maestro Música flanquean la calle : Manolo aquí y el Maestro allí abajo, en su zapatería, al otro extremo de la calle. Ambos murieron hace años, como los locales en que habitaron y que permanecen abiertos ya sólo en mi recuerdo.
Echado hacia delante sobre el respaldo de la silla oigo al de El Barco hablarme de Iríbar, ese hombre tan grande al que le aplauden en todos los campos por los que va, ese portero al que dicen que habrá que ponerle las porterías más grandes, que nació en Macatxas, en Zaráuz, un pueblecito de San Sebastián. De él dicen que es un hombre con cabeza, que tiene un almacén de frutas y verduras con varios camiones. -Niño, ¿a que tú no sabes quién es Villanova? Pues mira, ése es un portero que tira penaltis, que los tira mejor que ninguno de sus compañeros y ha marcado un montón de goles. -Y ¿quién es La Galerna del Cantábrico? Es Gento; y Puscas, Cañoncito Pum. -Mira, hijo, el Recreativo de Huelva es el decano del fútbol español, ¿tú sabes lo que es eso?, el equipo más antiguo de España. Verás, allí había minas de hierro y en ellas trabajaban muchos ingleses; los ingleses son los inventores del fútbol, y por eso empezaron a jugar allí, en las minas, en Huelva, cuando todavía no se conocía ese juego en España.
Recuerdo cómo contaba aquellas anécdotas con su voz aguardientosa, quebrada y cálida, cómo las recreaba emocionado y hacía que yo oyese las voces del público cuando Gento corría por la banda, y las ovaciones que recibía Iríbar al entrar al campo en el silencio de aquellas noches estrelladas de verano en la puerta de El Barco, en esas noches en las que me acostaba más tarde porque al día siguiente no había colegio. Cuando veo ahora recreadas en el cine escenas como ésta me llama la atención el silencio, la quietud de las calles de este tiempo, ... y debieron ser así en realidad aquellas noches de vecinos en camiseta de tirantas, en corro a la puerta de sus casas, de taberneros sobre el respaldo a la puerta de las tabernas, de bombillas con platillo que apenas estorbaban la luz de la luna. Sí, todo eso debió ser así, aunque yo lo recuerdo con otro ritmo, con ese sonido que me envuelve por completo, con esa sensación de presente fuera del cual no hay nada. Con el ritmo vertiginoso de los pensamientos del niño, de aquel niño que fui.
Con la voz de Manolo, por su mirada, en sus ojos, a través de ellos, yo veía todos los detalles de las películas que me contaba. Mientras, a su lado, su mujer asentía y confirmaba con un par de frases vagas lo que él decía, como para que descansara, como para dar realce con su inseguridad o lo desmadejado de sus ideas a la forma de contar historias de su marido. Él lo hacía con la seguridad, con el ritmo justo, con esa capacidad que sólo algunos viejos tienen de ir desgranando lo que cuentan, dando tiempo al que las oye de imaginarlo, de sentirlo todo y no dándole tregua, no dejando que se aburra.
Ahora, recordando a estos hombres descubro que sí tuve abuelos, abuelos de esos de las películas, que tuve muchos abuelos que me contaron historias y que me quisieron o que, al menos, dejaron que me sintiera querido; y me apena no haberlo descubierto antes, de no haberles sabido transmitir lo importante que fueron para mí, y me veo ante el inmenso agujero del tiempo cuando noto que ya no puedo hacer nada más que desahogarme en estas palabras del pensamiento que tardaron en llegar tanto. El tiempo, ese callejón que nos une y nos separa de todo, de lo que fuimos, y de todos, de todos los que fueron con nosotros, en nosotros.
(Continuará ...)
Giro en la esquina de El Barco, que ya no es un bar, que ya no es nada más que una pequeña pared y una puerta cerrada desde hace años. En la puerta, veo, como siempre, a Manolo. Él y el Maestro Música flanquean la calle : Manolo aquí y el Maestro allí abajo, en su zapatería, al otro extremo de la calle. Ambos murieron hace años, como los locales en que habitaron y que permanecen abiertos ya sólo en mi recuerdo.
Echado hacia delante sobre el respaldo de la silla oigo al de El Barco hablarme de Iríbar, ese hombre tan grande al que le aplauden en todos los campos por los que va, ese portero al que dicen que habrá que ponerle las porterías más grandes, que nació en Macatxas, en Zaráuz, un pueblecito de San Sebastián. De él dicen que es un hombre con cabeza, que tiene un almacén de frutas y verduras con varios camiones. -Niño, ¿a que tú no sabes quién es Villanova? Pues mira, ése es un portero que tira penaltis, que los tira mejor que ninguno de sus compañeros y ha marcado un montón de goles. -Y ¿quién es La Galerna del Cantábrico? Es Gento; y Puscas, Cañoncito Pum. -Mira, hijo, el Recreativo de Huelva es el decano del fútbol español, ¿tú sabes lo que es eso?, el equipo más antiguo de España. Verás, allí había minas de hierro y en ellas trabajaban muchos ingleses; los ingleses son los inventores del fútbol, y por eso empezaron a jugar allí, en las minas, en Huelva, cuando todavía no se conocía ese juego en España.
Recuerdo cómo contaba aquellas anécdotas con su voz aguardientosa, quebrada y cálida, cómo las recreaba emocionado y hacía que yo oyese las voces del público cuando Gento corría por la banda, y las ovaciones que recibía Iríbar al entrar al campo en el silencio de aquellas noches estrelladas de verano en la puerta de El Barco, en esas noches en las que me acostaba más tarde porque al día siguiente no había colegio. Cuando veo ahora recreadas en el cine escenas como ésta me llama la atención el silencio, la quietud de las calles de este tiempo, ... y debieron ser así en realidad aquellas noches de vecinos en camiseta de tirantas, en corro a la puerta de sus casas, de taberneros sobre el respaldo a la puerta de las tabernas, de bombillas con platillo que apenas estorbaban la luz de la luna. Sí, todo eso debió ser así, aunque yo lo recuerdo con otro ritmo, con ese sonido que me envuelve por completo, con esa sensación de presente fuera del cual no hay nada. Con el ritmo vertiginoso de los pensamientos del niño, de aquel niño que fui.
Con la voz de Manolo, por su mirada, en sus ojos, a través de ellos, yo veía todos los detalles de las películas que me contaba. Mientras, a su lado, su mujer asentía y confirmaba con un par de frases vagas lo que él decía, como para que descansara, como para dar realce con su inseguridad o lo desmadejado de sus ideas a la forma de contar historias de su marido. Él lo hacía con la seguridad, con el ritmo justo, con esa capacidad que sólo algunos viejos tienen de ir desgranando lo que cuentan, dando tiempo al que las oye de imaginarlo, de sentirlo todo y no dándole tregua, no dejando que se aburra.
Ahora, recordando a estos hombres descubro que sí tuve abuelos, abuelos de esos de las películas, que tuve muchos abuelos que me contaron historias y que me quisieron o que, al menos, dejaron que me sintiera querido; y me apena no haberlo descubierto antes, de no haberles sabido transmitir lo importante que fueron para mí, y me veo ante el inmenso agujero del tiempo cuando noto que ya no puedo hacer nada más que desahogarme en estas palabras del pensamiento que tardaron en llegar tanto. El tiempo, ese callejón que nos une y nos separa de todo, de lo que fuimos, y de todos, de todos los que fueron con nosotros, en nosotros.
(Continuará ...)
miércoles, 7 de noviembre de 2007
El Callejón. Novela por entregas. Página 5.
He desayunado, han debido pasar un par de años más, porque me he tomado un Cola-Cao calentito con pan frito, a mí me gusta mojado en azúcar. Mi prima acaba de entrar a buscarme para jugar. Ella se ha tomado la leche en casa de Mercedes, la mayor de las vecinas de la casa, y se ha traído a Pedro, su marido. Por el zaguán, camino del patio, nos ha llamado la Corruca para darnos un besito. En el patio, nos ponemos junto al baúl de los juguetes. Pedro, ya jubilado, se sienta como todos los días junto a nosotros, con la silla vuelta del revés, echado hacia delante sobre el respaldo con los brazos cruzados. No suelta el bastón ni se quita el sombrero nunca. Apenas recuerdo sus palabras, sólo esa imagen suya con una sonrisa atenta a nosotros. Nos sentimos protegidos bajo la sombra de Pedro. A él y a su mujer, Mercedes, la edad les ha quitado el artículo de sus nombres.
Han pasado las horas y nos estamos aburriendo, así que cogemos en brazos a los muñecos para darnos un paseo en coche. El coche lo guardamos en el comedor de la Tata. Ya nos hemos subido a él. Nuestro coche son dos sillas colocadas entre las puertas abiertas de la trinchadora. Yo voy conduciendo, naturalmente, con una tapadera redonda entre las manos. Mi prima lleva en brazos a los niños. Ella tenía, y aún hoy tiene, sólo dos días más que yo. Ella era mi prima, mi hermana, mi compañera de juegos, mi mujer cuando jugábamos a las casitas y me hacía aquellos potingues de limón, azúcar y vinagre que yo me tomaba en las copitas de plástico transparente amarillo de su cocinita. Es curioso cómo hoy recupero aquel recuerdo. Yo miraba para su lado y le sonreía. Vagamente, creo que ya intuía la necesidad de ser querido, de ser amado por una mujer; la necesidad que iba a tener de amar, sobre todas las cosas, seguramente, a una mujer. Y me sentía bien.
Ahora huele a incienso en el patio, la luz ha cobrado la densidad azul celeste del tiempo, oigo la voz de mi madre desde la puerta del comedor, las voces de todas las madres de aquel patio de la higuera, que ya empieza a madurar en el aire.
Noto aquí, tras los cristales empañados del tiempo, una presión en el estómago homogénea y acogedora mezcla de todos los olores de mi infancia, esa suave presión que desde niño ha sido la señal de la felicidad o el augurio de cosas inesperadas que van a cambiar favorablemente el curso de mi vida.
Ha llegado el momento: todos los niños arremolinados en el patio salen del laberinto en busca del pantalón corto nuevo de este año, en busca de agua-colonia de lavanda, de nazarenos de cera, de almendra dulce con sabor a incienso, ..., de relojes detenidos, de magia, de la intensidad que se quedó y que siempre me espera cuando la necesito en ese rincón de la memoria. Es, claro, Semana Santa, la primera Semana Santa que recuerdo.
Con estos recuerdos me viene a la garganta un dulce sabor áspero que se va derramando poco a poco hacia abajo templando y dando cierta tensión a cada órgano de mi cuerpo.
Luchan en mí las ganas de seguir desgranando recuerdos que me hacen sentir bien y el dolor de verlos, al fijarlos aquí, ya pasados para siempre. De verlos como una película que se puede volver atrás y reiniciar tantas veces cuantas se desee, que se puede parar todas las veces que se quiera, pero en la que no se puede entrar, en la que ya no se puede acariciar a los que están allí contigo, en la que no se pueden ya decir las cosas que uno debió decir y no dijo, en la que no se pueden dar ya las caricias que alguien se quedó esperando. La película de unos hechos condenados, sentenciados a no volver a ocurrir.
(Continuará ...)
Han pasado las horas y nos estamos aburriendo, así que cogemos en brazos a los muñecos para darnos un paseo en coche. El coche lo guardamos en el comedor de la Tata. Ya nos hemos subido a él. Nuestro coche son dos sillas colocadas entre las puertas abiertas de la trinchadora. Yo voy conduciendo, naturalmente, con una tapadera redonda entre las manos. Mi prima lleva en brazos a los niños. Ella tenía, y aún hoy tiene, sólo dos días más que yo. Ella era mi prima, mi hermana, mi compañera de juegos, mi mujer cuando jugábamos a las casitas y me hacía aquellos potingues de limón, azúcar y vinagre que yo me tomaba en las copitas de plástico transparente amarillo de su cocinita. Es curioso cómo hoy recupero aquel recuerdo. Yo miraba para su lado y le sonreía. Vagamente, creo que ya intuía la necesidad de ser querido, de ser amado por una mujer; la necesidad que iba a tener de amar, sobre todas las cosas, seguramente, a una mujer. Y me sentía bien.
Ahora huele a incienso en el patio, la luz ha cobrado la densidad azul celeste del tiempo, oigo la voz de mi madre desde la puerta del comedor, las voces de todas las madres de aquel patio de la higuera, que ya empieza a madurar en el aire.
Noto aquí, tras los cristales empañados del tiempo, una presión en el estómago homogénea y acogedora mezcla de todos los olores de mi infancia, esa suave presión que desde niño ha sido la señal de la felicidad o el augurio de cosas inesperadas que van a cambiar favorablemente el curso de mi vida.
Ha llegado el momento: todos los niños arremolinados en el patio salen del laberinto en busca del pantalón corto nuevo de este año, en busca de agua-colonia de lavanda, de nazarenos de cera, de almendra dulce con sabor a incienso, ..., de relojes detenidos, de magia, de la intensidad que se quedó y que siempre me espera cuando la necesito en ese rincón de la memoria. Es, claro, Semana Santa, la primera Semana Santa que recuerdo.
Con estos recuerdos me viene a la garganta un dulce sabor áspero que se va derramando poco a poco hacia abajo templando y dando cierta tensión a cada órgano de mi cuerpo.
Luchan en mí las ganas de seguir desgranando recuerdos que me hacen sentir bien y el dolor de verlos, al fijarlos aquí, ya pasados para siempre. De verlos como una película que se puede volver atrás y reiniciar tantas veces cuantas se desee, que se puede parar todas las veces que se quiera, pero en la que no se puede entrar, en la que ya no se puede acariciar a los que están allí contigo, en la que no se pueden ya decir las cosas que uno debió decir y no dijo, en la que no se pueden dar ya las caricias que alguien se quedó esperando. La película de unos hechos condenados, sentenciados a no volver a ocurrir.
(Continuará ...)
viernes, 12 de octubre de 2007
El callejón. Novela por entregas. Página 4.
Ahí está mi casa, igual, exactamente igual que siempre, aunque ya no viva nadie. Me asomo a la ventana y tras las telarañas de los cristales rotos veo a mi madre. Está en la cama, en esa cama que yo mismo tiré hace unos años, vieja ya y apolillada, como si tirara con ella definitivamente a la historia el principio de mis días. Está con doña Conchita la Matrona esperando que nazca de un momento a otro su primer hijo.
La habitación en la que están se ha derrumbado con las aguas del mes pasado. Entro a verla buscando entre los cascotes algo que me recuerde allí, algún encuentro mágico con otro tiempo, con otra gente, con mi gente con otra edad. Y sólo encuentro eco, el eco de mi voz, de la voz de mis sentimientos escribiendo in mente estas páginas.
El niño se resiste a salir como si temiera a lo que hay tras el agua y el vientre abultado de su madre. La espera se hace larga y la comadrona decide esperar acostada con ella en una escena que me conmueve cada vez que la recuerdo.
Aquí sigue la parra en el corral, siguen las cocinas en el patio, sigue el cuarto donde el papel de periódico o el de estraza ponía fin a esas necesidades que todos vertíamos en el mismo agujero del suelo, en ese pozo ciego que los hombres de la casa iban de tiempo en tiempo a vaciar, emborrachándose cuando lo hacían para combatir las náuseas que producía aquella fétida marea que fuimos acumulando entre todos.
El peso del tiempo acumulado sobre los tejados los ha ido hundiendo, ha ido descolgando las puertas y lo ha envuelto todo en un silencio claro que ayuda a que fluyan mis sentimientos y a que se sosiegue mi alma, hoy, especialmente hoy, necesitada de sosiego después de lo que ha pasado, de lo que me ha hecho volver a recoger estos pedazos de mí.
Le faltan unas páginas a mis recuerdos. He despertado. Estoy solo en el dormitorio, en ese dormitorio en el que nací no debe hacer mucho tiempo. He despertado y llamo a mi madre de rodillas en la cuna. Ella debe de estar en el patio porque oigo a la Carmen cómo la llama. Carmen es la mujer de José Luis, a la que se le ha quedado el artículo clavado en mi memoria como a todas las demás mujeres de aquella casa de vecinos. Mi madre acaba de entrar en el cuarto. Estaba en el patio, en efecto, en la cocina. No ha tardado mucho tiempo en llegar, porque no es aquél un recuerdo angustioso para mí, ni mucho menos. La verdad es que ninguno de mis recuerdos de aquella casa de vecinos lo son. Al contrario, aquella casa se me viene a la memoria como mi casa desde la puerta de la calle hasta el corral, entera. Por mucho que busco en mi memoria, no consigo encontrar ningún recuerdo anterior a éste desde que estoy vivo.
(Continuará ...)
La habitación en la que están se ha derrumbado con las aguas del mes pasado. Entro a verla buscando entre los cascotes algo que me recuerde allí, algún encuentro mágico con otro tiempo, con otra gente, con mi gente con otra edad. Y sólo encuentro eco, el eco de mi voz, de la voz de mis sentimientos escribiendo in mente estas páginas.
El niño se resiste a salir como si temiera a lo que hay tras el agua y el vientre abultado de su madre. La espera se hace larga y la comadrona decide esperar acostada con ella en una escena que me conmueve cada vez que la recuerdo.
Aquí sigue la parra en el corral, siguen las cocinas en el patio, sigue el cuarto donde el papel de periódico o el de estraza ponía fin a esas necesidades que todos vertíamos en el mismo agujero del suelo, en ese pozo ciego que los hombres de la casa iban de tiempo en tiempo a vaciar, emborrachándose cuando lo hacían para combatir las náuseas que producía aquella fétida marea que fuimos acumulando entre todos.
El peso del tiempo acumulado sobre los tejados los ha ido hundiendo, ha ido descolgando las puertas y lo ha envuelto todo en un silencio claro que ayuda a que fluyan mis sentimientos y a que se sosiegue mi alma, hoy, especialmente hoy, necesitada de sosiego después de lo que ha pasado, de lo que me ha hecho volver a recoger estos pedazos de mí.
Le faltan unas páginas a mis recuerdos. He despertado. Estoy solo en el dormitorio, en ese dormitorio en el que nací no debe hacer mucho tiempo. He despertado y llamo a mi madre de rodillas en la cuna. Ella debe de estar en el patio porque oigo a la Carmen cómo la llama. Carmen es la mujer de José Luis, a la que se le ha quedado el artículo clavado en mi memoria como a todas las demás mujeres de aquella casa de vecinos. Mi madre acaba de entrar en el cuarto. Estaba en el patio, en efecto, en la cocina. No ha tardado mucho tiempo en llegar, porque no es aquél un recuerdo angustioso para mí, ni mucho menos. La verdad es que ninguno de mis recuerdos de aquella casa de vecinos lo son. Al contrario, aquella casa se me viene a la memoria como mi casa desde la puerta de la calle hasta el corral, entera. Por mucho que busco en mi memoria, no consigo encontrar ningún recuerdo anterior a éste desde que estoy vivo.
(Continuará ...)
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