Cada mañana,
la vida se renueva
cuando despiertas.
Jesús.
Blog literario de Jesús Mejías (epegopo@gmail.com)
He querido escribir muchas veces
el poema más hermoso del mundo
desde aquellos primeros versos adolescentes
en los que le preguntaba al mar
si nuestros destinos irían entrelazados,
en los que no podía entender
que su boca le pudiera parecer grande.
Poco antes, había frecuentado yo
ese zaguán donde, casi niño,
la fui desnudando tiernamente sin quitarle la ropa.
Y llegó la primera vez
con toda la magia, con todo el misterio de la vida
resumidos en una caricia, en un beso.
Luego fui tomando consciencia
del mundo que me rodeaba
y empecé a preguntarme
por qué luchan los hombres,
cuándo, dónde nace el rencor.
Yo creía aún que era posible
ir matando canallas
con un cañón de ilusiones,
con un cañón de futuro.
Guardaba aún intacta
la lámpara de Alí Babá
dentro de mi chistera.
Después, poco a poco,
fueron viniendo otros tiempos,
esos en que uno pensaba que era pobre
el cantor de aquellos días
que no arriesgaba su cuerda
por no arriesgar su vida.
Y llegó el mar.
No fue el Mediterráneo
jugando con mi niñez,
sino el flujo y el reflujo
de la inmensidad del Atlántico
acompasándose a mi respiración solitaria
en aquella roca de Melenara cada tarde.
Y con él volvió el amor,
otro amor, el de los hijos.
Y su risa me hizo libre,
me puso alas.
Soledades me quitó,
me arrancó de esta cárcel.
Y ya ella no se llamó Yolanda
ni Penélope ni Alline,
ya no la quise a morir
ni tuve nostalgia
de lo que pudo haber sido y no fue.
Y creo que fue entonces cuando entendí
que no había nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás existió.
Y empecé a entrever
que no era triste la verdad,
que lo que no tenía era remedio.
Luego, fue hermoso, de nuevo, sentirse
hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado
entre los hombres.
Y me hubiera gustado entonces
poder pedirle a mi padre:
que me contara de nuevo
ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas
que, sin embargo, acababa tan mal
porque debajo de los adoquines
no había arena de playa.
Pero era tarde:
ahora yo preguntaba
y mi padre
ya no contestaba.
Y todo eso me recordó otra canción,
una canción que acababa muy mal,
que acababa tan mal
que nunca, jamás,
la escribió el poeta.
¡Qué triste
me pareció siempre
esa canción!
Después fue duro escribir a veces
algunos versos tristes que vinieron.
Escribir, por ejemplo,
que me sentía solo, muy solo, con ella tan cerca,
en la inmensidad de los cielos de junio,
de las tardes de mayo,
de los olores de abril, ...
Y es que a veces me he sentido solo, muy solo,
-a veces hoy aún me siento
cuando llego a casa cansado
un poco por el día
y un poco por la vida-.
A veces me he sentido tan solo
que he escrito cosas como ésta:
“No, esta soledad fría
no me resulta tan triste como pensaba.
Sólo que... me siento solo..., solamente.
Eso es todo.”
Y ahí volvió el bálsamo
de vuestras carreras infantiles por el parque,
de los cuentos al calor de una manta
que cada noche me devolvían
a mi chistera y a mi lámpara
que ahora veía en vuestras manos.
Otras veces, sin embargo,
al oír que había muerto un hombre,
que habían muerto muchos hombres,
me quedé sin palabras.
Me quedé sin palabras
y me sentí revolviéndome en este nicho
en el que hace más de cincuenta años que me pudro.
Bueno, fueron muchas las veces
en que me quedé sin palabras
y, entonces, me las prestaron otros
y me hicieron crecer mucho
haciéndome descubrir, por ejemplo,
ese ancho mar y ese largo tiempo
que hizo falta
para que yo me llamara Jesús Mejías.
Y crecisteis,
y os tuve que decir muchas veces:
“Perdonadme, no sé deciros nada más
pero debéis comprender que yo aún estoy en el camino.
Y siempre, acordaos siempre
de lo que un día yo escribí
pensando en vosotros como ahora pienso.”
Y siguió pasando el tiempo
y te encontré;
por fin te encontré.
Y te quise libre
como el agua que salta de peña en peña,
¡Fue tan hermoso soñar
que en tu carne
pudiera yo un día
acariciar
todo eso que tú eras,
y que yo tanto quería querer!
Y me recordaste
al pan que no sabe su masa buena.
No somos perfectos, no;
no lo somos.
Pero te pareces tanto a lo que yo,
sencillamente, soñé.
Y, aunque escribimos también
los versos más tristes aquella noche,
los escribimos a lápiz
para poder rehacerlos
y poder así
seguir escribiendo sobre muchas cosas;
porque, en medio de este ir y venir
de amores y desamores que es la vida,
tenemos que seguir escribiendo
sobre muchas cosas
compañera del alma, compañera.
Jesús.
Esta mañana lucía un sol tibiamente hermoso. Lo estaba disfrutabdo intensamente mientras esperaba a mi hija y a mis nietos. Hoy ha sido un día importante para ellos, para nosotros.
Entonces, me pasó por delante un girón de pasado envuelto en harapos.
No podía ser ella. La mujer que pasaba no podía ser aquella señora que, aunque fuera mucho mayor que yo, veía hermosa desde mi recién estrenada adolescencia.
Me produjo una triste ternura descubrir, no sólo lo que había hecho con su cuerpo, sino con su vida, el tiempo.
Creo que no la había vuelto a ver desde aquellos años juveniles. No he ido viendo su declive progresivo y, quizás por eso, me ha sobrecogido tanto lo que la vida le ha hecho, lo que ella le ha hecho a su vida.
Pongo la radio y suena la música.
La abrazo y vibra en mi cuerpo
el sonido de la voz, de la guitarra
que me hacen sentir "Uno" con ellas.
Jesús.
El paso del tiempo me hizo
menos vulnerable al dolor
cotidiano de existir.
El paso del tiempo me hizo
menos sensible al placer
inocente de vivr.
Jesús.
La arena, en su lenta caída,
de este reloj del tiempo infinito,
me ha ido desgastando, poco a poco,
esas benditas cataratas juveniles,
que me permitieron no ver con claridad
tantas cosas, durante tanto tiempo.
La arena, con su fluir lento,
me ha ido construyendo, en su caída,
una coraza dura, un muro
que me protege de las heridas
que me fue produciendo
el fluir diario de la realidad descarnada.
La arena, con su fluir lento,
me ha ido construyendo, en su caída,
una coraza dura, un muro
que me va distanciando del goce
que me produjo, en otro tiempo,
el fluir diario de la realidad soñada.
Jesús.
Me sorprendo sentado en mi sillón con los dedos cruzados, con las manos cogidas y la cabeza ladeada, apoyada sobre ellas, con la mirada perdida hacia un punto indefinido del techo, como si estuviera rezando el niño que fui hace mucho ya.
Sin darme cuenta, he suspendido la lectura del libro sobre El Quijote que me ocupa. En el ibro, el autor se conmueve con Cervantes y don Quijote, sintiéndose identificado con ellos, en la cueva de Montesinos, y yo me conmuevo sintiéndome allí con ellos.
Jesús.
Algunos días parecen llegar a nuestras vidas con la promesa de ir colocando cada cosa en su sitio. Con la promesa de un “no sé qué” que se va manifestando en cada una de las cosas que nos van ocurriendo, desde las más pequeñas, en el transcurso de las horas.
Hoy ha sido uno de ellos: la sensación de hogar que siempre me tiene el café del desayuno me llegó a ese centro en el que la respiración se acompasa y que pocas veces está disponible para acoger la vida toda en un instante.
Después, he paseado con mi mujer por calles que nos son muy poco habituales y, sin embargo, gente que veíamos por primera vez en nuestras vidas, nos sonrió al saludarnos con la claridad, con la amplitud, de lo mejor que somos.
Más adelante, así por casualidad, nos hemos reencontrado con una pastelería que nos ha vuelto a hacer felices como nos hizo en los momentos más inocentes de nuestras vidas.
El segundo café lo tomamos en una de esas plazas amplias que, no sé bien por qué, siempre me resultaron tan agradables.
Las llamadas telefónicas que recibimos, todas ellas, parecían traer buenos augurios. Incluso la preocupación por algún asunto de salud que nos rondaba desde hacía algún tiempo, pareció disiparse con una de ellas.
En el camino de vuelta a casa, nos fueron acompañando por la carretera esas nubes blancas redondeadas y entrecortadas que hacen mucho más azul el cielo al contrastar con la limpieza de su blancura. Esas nubes que acompañan la llegada del otoño, igual que lo anuncian las balas doradas de paja que se extienden diseminadas por el campo como si alguien las hubiera ido dejando así para adornar el campo yermo que hasta dentro de unas semanas no recuperará el verdor de las siembras nuevas.
Por fin, hoy, la tarde, la noche, se fueron despidiendo amables, acogedoras, abrazándome en mi sillón con la temperatura justa, con la presión apropiada, dejando el sitio preciso para que mi libro se acomodara, para que éste me regalara algunas de esas pocas páginas por las que mereció la pena llegar hasta aquí.
Ahora, comienza a envolverme el sueño. Reconozco esta sensación mullida que me va suspendiendo poco a poco, que me va introduciendo en esa otra dimensión que me regala a veces, como despedida, el día a estas horas.
Sé que no todos los días son como éste, por eso agradezco tanto, cuando aparece, uno como el que ahora se apaga.
Jesús.
Me trae, de nuevo, al cuaderno, la tranquilidad de la noche tras un caluroso día de septiembre. Un día con ese calor que no llega a ser agradable, pero que no resulta insoportable.
Vuelvo al cuaderno sin un propósito definido, sin una intención concreta. No lo hago tampoco como ejercicio; sino, más bien , por el mero placer de escribir. Por el placer de sentirme mecido en las palabras, de sentir cómo el ritmo de mi respiración va alineando las ideas sobre el papel.
Me hace bien sentir ordenado aquí dentro, antes de dormir, lo que durante el día, en medio de todo, en medio de todos, no pareció ser sino ajetreo, desorden; caos, incluso, a veces.
Tomar ahora el lápiz es como reconciliarse con la vida, como tomar consciencia del lugar que uno ocupa en todo esto, como el reinicio necesario para volver a empezar mañana.
Jesús.
Yo debería tener cinco o seis años. Hacía poco que la fiebre del fútbol se había apoderado de mí con la intensidad con que la vida me hacía suyo aun en aquel tiempo.
Me fui a la cama temprano repasando fotos y leyendo a duras penas algunos nombres de futbolistas que aparecían en las páginas de un ejemplar del “As Color” que a veces me dejaba mi tío Antonio después de leerlo.
Era sábado por la noche, aunque la oscuridad estaba recién estrenada llevándose una de esas largas tardes en que el verano va dando sus últimos coletazos en septiembre, esa época híbrida en que se mezcla el final del verano con la vuelta al cole, en que se mezclan las vacaciones con el reinicio de la liga de fútbol y vuelven todas las rutinas que en el fin de semana ésta traía para la mayoría de los hombres de esa época.
A mi madre le debió parecer que yo estaba muy aburrido por haberme ido a la cama tan pronto y vino a verme con una radio-tocadiscos portátil que le había traído a mi padre un amigo suyo que fue de vacaciones a Canarias.
Me dijo que muchos hombres escuchaban el fútbol por la radio. A mí se me abrieron los ojos como platos, dejé a un lado el periódico y fui siguiendo cómo ella, con una paciencia infinita iba girando despacio el botón plateado que movía el dial hasta encontrar una voz entusiasta que narraba el partido que el Sevilla jugaba aquella tarde y a mí, entonces, me dio un vuelco el corazón. Mi madre sonrió satisfecha, me acarició la cabeza y se fue dejándome en la cama con mi radio-tocadiscos y mi fútbol.
Al salir y quedarme solo, tumbé mi cabeza en la almohada, coloqué el aparato a mi lado junto a la cabecera, le puse una mano encima como si lo abrazara, cerré los ojos, y la voz, quizás la de Juan Tribuna, que narraba por aquella época los partidos para Radio Sevilla, me hizo verme en el estadio, ebrio de emoción, bañado por la luz de los focos, envuelto en la marea del público y viendo el partido. No lo imaginaba, no lo oía; lo veía, lo vivía.
Así debí quedarme dormido, con la radio puesta hasta que mi madre la quitara al darme una última vuelta antes de irse a dormir.
Aquella fue la primera vez. Desde aquel sábado, fui yo quien aprendí a buscar con paciencia algún partido de fútbol o algún programa en el que se hablara sobre él. Y así lo hice a diario. Desde aquella noche de sábado de un septiembre infantil, me he acostado todos los días con aquel sonido.
Esa costumbre me hizo descubrir después que el mundo de las ondas y las ondas del mundo eran mucho más amplias que un campo de fútbol y fueron apareciendo en aquel altavoz temas y personas muy diversas que han ido construyendo lo que hoy soy de una forma mucho más determinante que cualquier otra cosa en el mundo.
Después saldrían de aquel aparato la música, los programas de misterio, las telenovelas, los informativos, los debates, la política, la cultura, las confesiones de madrugada, … Pero todo comenzó aquella tarde de sábado con aquella idea que se le ocurrió a mi madre y que pudo, perfectamente, no haber tenido.
Tengo muchas cosas que agradecerle a mi madre; pero, desde luego, junto a aquella noche de octubre de 1961 en que ella y mi padre unieron sus cuerpos, lo que hizo ese sábado de septiembre fue lo más decisivo que nadie hizo nunca por mí. Gracias, mamá.
Jesús.
Aquí, asomado al balcón de mi almohada,
te veo respirar suave y me duele tu dolor
de esta tarde, el bocado en el pecho
el dolor que arrancaba
la paz de tu gesto.
Aquí, asomado a la ventana de la noche
no quiero que las agujas del reloj
se claven en tu alma y desgarren tus ojos
y dejen caer ese manantial de lágrimas
que contiene el dique de tu pecho.
Que la arena del tiempo se pare,
que las estrellas y la luna sujeten
al sol y no salga, que lo encierren en su casa.
Que la sístole y la diástole de este sueño puro
se queden sujetas para siempre en esta hora
al marcapasos que va contando los días tuyos.
Jesús.
Todos esos momentos en que fuimos eternos
quedaron grabados en estas vagas estelas
de nuestra larga singladura
que va desgastando el tiempo.
Todos esos momentos
en que fuimos eternos, nos hacen eternos
cuando volvemos a ellos, como a un salvavidas,
cada vez que estamos a punto de ahogarnos.
Jesús.
Mueve sus ramas un pino centenario
al son del aire que lo mece sobre mi cabeza.
Suena suave el viento entre sus ramas.
El ritmo unificador de la naturaleza
envuelve esta tarde que expira.
Suenan armónicas las voces
de unos vecinos que cenan en paz.
El canto de las aves y el ladrido lejano de los perros
añaden un remanso de vida a esta quietud silvestre.
Suena suave, entre las ideas, mi sentimiento.
Jesús.
A veces, busco a Dios
y me encuentro conmigo.
A veces, me busco a mí
y me encuentro con Dios.
Jesús.
Busco a Dios y siento
que a quien busco es a mí mismo.
busco la eternidad, acaso el sentido,
la verdad de los otros, la verdad del yo íntimo.
Busco a Dios y siento
que hay un yo escondido, que hay un yo esperándome,
esperando a ser descubierto.
Jesús.
La búsqueda de Dios es, en el fondo, la búsqueda de mí mismo, la búsqueda de eternidad, de sentido, la búsqueda del descubrimiento de los otros, de la verdad de los otros que se nos oculta dentro de un pozo inaccesible, cuya entrada permanece oculta para todos. La búsqueda de mí en los otros, de los otros en mí, la búsqueda de la entrada a ese pozo en que intuyo que está el verdadero yo, mi yo auténtico, esperándome para ser descubierto.
Jesús.
Ayer murió un hombre
y una mujer,
murieron muchos hombres
y muchas mujeres
arrasados por el fuego.
El mismo fuego
que antes calentó benéfico
las raíces que los alimentaban.
El mismo fuego
que acarició sus cuerpos
junto a las olas, al sol del verano.
Ese fuego arrasó ayer
a un hombre y a una mujer,
arrasó a muchos hombres
y a muchas mujeres
hundiéndolos para siempre
en la hondura infinita del tiempo.
Jesús.
Suena en la radio del coche
"El mundo es un lugar maravilloso "
y acunan sus notas
en mis brazos, bajo el volante,
sonrisas infantiles en bañador vueltas al cielo
que, con los ojos entrecerrados,
me esperan ansiosas, que yo espero con ansia.
Jesús.
Siento que tu piel respira conmigo
cuando mi aliento te envuelve
y regresa a mi cara.
Siento que tu piel respira conmigo
cuando baja y se eleva
con el calor que me regalas.
Jesús.
Quiero estar escrito
con lápiz
en tu vida.
Sabiendo
que tengo que reescribirme
para no ser borrado
por el uso.
Manteniendo al reescribirme
los trazos del pasado
renovados,
siempre iguales
y siempre nuevos.
Quiero que me sientas
siempre
escrito con lápiz
en tu vida.
Con la suavidad
del lápiz,
con la persistencia
del lápiz.
Con la levedad
efímera
de las cosas sencillas,
con la verdad
eterna
de las cosas sencillas.
Jesús.
Anoche tenía sueño
y me eché a dormir mecido por tus palabras
que salían del teléfono para acariciar mi oído, para acariciarme.
Fui entrando despacio, suave, dulcemente,
en una especie de nube que lo fue envolviendo todo
poco a poco.
Las gaviotas me miraban desde la pared
y salieron de sus marcos para acompañar mi sueño,
que no era el mío, que era el nuestro.
Entre sueños te sentía tendida en nuestra cama,
tendida a todo lo largo de nuestra cama,
sonriendo desde ese espacio un tanto distante
en que te sientes tan cómoda,
tan protegida tras de tus ojos, a salvo de todo,
observadora, expectante.
Sonreíamos y nos acariciábamos
mirando, alternativamente,
el vuelo de las gaviotas, el vuelo de nuestras manos.
Después, desperté,
desperté con esa sensación de plenitud que da la belleza,
la belleza del vuelo compartido, del amor soñado tan vivido.
Jesús.
Pasa junto a mí
Antonio con su bicicleta.
Se me queda mirando
como a cámara lenta.
Me mira con serenidad, sonriendo,
con esa serenidad con que sólo miran los muertos.
No supe decírselo antes.
No importa, me dicen sus ojos:
tú no lo sabías, pero yo siempre lo supe.
Compartimos en este instante, en esta mirada,
aquella redacción, toda mi vida,
aquella redacción en la que empezó todo.
Me mira con esa sonrisilla burlona
en la que nada es serio,
en la que todo es trascendente.
Vuelve en bicicleta Antonio,
que se fue para siempre hace ya tanto
y me mira a cámara lenta,
con esa sonrisilla burlona,
con esa serenidad
con que sólo miran los muertos.
Jesús.
Hoy me ha pasado algo
y me sorprende salir a la calle
y ver que el mundo no lo ha notado.
Paso ante la gente,
unos me saludan, otros me ignoran;
como siempre.
Paso ante la gente y no puedo entender
que no vean en mí, hoy, la luz,
la luz que me rebosa, la luz que me desborda.
Y me pregunto
a cuánta gente le desborda hoy la luz
sin que yo pueda verlo.
Jesús.
Hoy me ha pasado algo
y me sorprende salir a la calle
y ver que el mundo no lo ha notado.
Paso ante la gente,
unos me saludan, otros me ignoran;
lo de siempre.
Paso ante la gente y no puedo entender
que no vean en mí la luz,
la luz que me rebosa, que me desborda.
Jesús.
Tus ojos, la luz, tus labios;
tus labios, la luz, el beso...
Me besaste o te besé:
nos besamos...
El aire envolviéndolo todo,
inundándonos todo:
el color, el olor de nuestras miradas;
el color, el olor de nuestras palabras;
el calor del aire tibio aquí dentro
llenándome de ti hasta lo más hondo,
llenándome de ti, cálido, acogedor, pleno.
Jesús.
Tras la puerta desvencijada y horadada,
en una habitación hundida,
está el Maestro Música, mi zapatero.
La zapatería la recuerdo en silencio,
en silencio y a oscuras, como un templo.
La zapatería era una habitación muy pequeña
se llegaba a ella, bajando unos escalones.
Y allí abajo, entre montones ordenados
de zapatos, sentado con su delantal azul,
estaba el maestro.
Veo desde la luz, desde mi juventud,
a este hombre al que admiro tanto,
en ese pozo de oscuridad.
Se mezclan en mí, al verlo,
melancolía y admiración
por cómo su mera presencia
da vida a este pozo, convierte
en pozo de sabiduría este agujero.
De su boca van saliendo
palabras que yo jamás había oído:
melómano, percusión, instrumento de viento,
Bach, Mózart, director de orquesta.
Sigo oyendo en mi memoria, extasiado,
la voz del maestro durante horas,
como aquel niño sobrecogido,
emocionado mientras lo escuchaba hablar.
Oyendo al Maestro, viéndolo trabajar,
descubro el entusiasmo
ante todo lo que está bien hecho, bien contado,
gracias a la vida, a la tranquila pasión,
a la humanidad que rebosan
las palabras de este hombre.
Él no tenía el tono expansivo,
el ritmo narrativo de Manolo el de El Barco
esa capacidad suya de revivir las historias.
El maestro era pequeño y menudo,
con esa forma de silla que adquiría
su cuerpo sobre el taburete,
con la cabeza siempre gacha,
mirando el trabajo mientras hablaba
por esos ojillos pequeños.
El Maestro, lo era en el tono íntimo,
en el amor que te daba mientras hablaba,
en el lirismo sencillo y tosco
de ese hilo de voz aflautado
que salía de su pequeña humanidad.
Jesús.
A veces, llegas, inundando mis manos,
con la plenutud del hallazgo.
Otras, el mero intento me trae
la alegría de haberte buscado.
Se abrazan en la pantalla y el papel
pensamientos sentidos a tinta lenta,
sentimientos pensados en carne viva.
Abrasa mis horas la intuición de la forma,
calma mi sed volver a la idea.
Una noche más, regreso a la cama
con la certeza de volver a buscarte mañana.
Jesús.
Un humilde bodegón mueve
las finas alas del tiempo
latiendo en la pared
de la cocina de la abuela
desde hace siglos.
Va marcando, inalterable,
el ritmo de nuestras vidas,
acompañando el devenir
de todos nuestros momentos.
Nunca fui tan feliz
como abandonado a su fluir pequeño.
La abuela ya no está, pero sigue
ahí colgado el mismo sonido
que siempre la acompañó,
que sempre acompañó esta casa.
Jesús.
Pasea delante de mí,
camina con las manos detrás,
lenta, muy lentamente.
Lleva una gorra. Desentona
en él la publicidad de una gasolinera.
Se va encorvando cada vez más
su orgullosa figura, sus enérgicos pasos.
¿Qué busca allá, en la lejanía,
desde la acera elevada?,
una mano seria sobre los ojos,
otra tras de su espalda ajada.
Es como si ya no temiera,
él, que tanto corrió,
ser alcanzado por el tiempo,
como si, ya sobrepasado hace mucho,
nos mirara flotando desde fuera,
con la tranquilidad de estar,
ya para siempre, a salvo de ser arrasado.
Jesús.
Hoy he visto gestos hermosos
entre algunas personas que no conocía...
y lo necesitaba.
Y es que hoy necesito que mi pluma rescate
lo mejor de todo esto:
no la esencia prístina, animal, de lo humano;
no, hay mucho dolor ahí, mucho egoísmo,
algo muy feo.
Necesito que rescate mi pluma...
que rescate un instante noble,
inocentemente noble, ingenuamente noble
que me devuelva a ese centro
desde el que casi todo es hermoso.
Después de cerrar el periódico, de leer
algunos comentarios feos de gente anónima
en mi teléfono móvil, de ver
pandillas de niños tratándose como animales,
necesito confiar en los gestos sencillos
de personas que no aspiran a ser
heroicamenre distintas, egoístamente indistintas.
Jesús.
Ayer, mi mujer y yo nos besamos
mientras íbamos por la calle.
Fue un beso sencillo, espontáneo, en la mejilla.
Alguien que se cruzó con nosotros
nos sonrió y nos dijo: "gracias".
Fue un gesto raro, raro y hermoso
el de este hombre al que no conocíamos.
A veces, no es necesario encontrar explicación,
sólo dejarse abrazar por las cosas hermosas
que nos viven en la calle una mañana cualquiera.
Jesús.
Pasea delante de mí,
camina con las manos detrás,
lenta, muy lentamente.
Lleva una gorra, desentona
en él, la publicidad de una gasolinera.
Se va encorvando cada vez más
su otrora orgullosa figura,
sus enérgicos pasos.
¿Qué busca allá, en la lejanía,
desde la acera elevada?,
una mano seria sobre los ojos,
otra tras de su espalda ajada.
Es como si ya no temiera,
él, que tanto corrió,
ser alcanzado por el tiempo,
como si, ya sobrepasado hace mucho,
nos mirara flotando desde fuera,
con la tranquilidad de estar,
ya para siempre, a salvo.
Jesús.
Una luz blanca traspasa mis párpados
cerrados, vueltos al cielo.
Pesa sobre mis piernas
el cálido recuerdo de mi gato.
Me gustaría poder decir ahora
que siento cómo floto
que me siento suspendido en el aire,
pero lo cierto es que sólo estoy
sentado en una hamaca apolillada
bajo el cielo estrellado de mi casa de pueblo.
Jesús.
La luna ofrece un manto blanco
en la caída de la noche
al último maullido de mi gato.
Se va tras él, diluido en un aire eterno
que sentiremos siempre cerca,
siempre dentro.
Sé que debe pasar un tiempo
para poder modelar adecuadamente
un dolor tan intenso con las palabras,
pero hoy era demasiado intensa
esa llamada al infinito
como para ignorarla.
O quizás sólo sea
mi necesidad de desahogo
la que es, ahora, demasiado grande.
Jesús
Y entonces sentí
una furtiva caricia tuya.
No era una tarde cualquiera,
dejó de serlo
en aquel precioso instante.
Jesús.
Aquí, cogido de tu mano,
en la cama, aún tibia,
te siento partir y me veo,
impotente,
entre mi sombra y tu cuerpo.
Me siento solo
en medio de los otros.
Siento el sinsentido de mi vida,
el sinsentido de la vida.
Me siento extraño
en un mundo sin ti.
Aquí, cogido de tu mano,
en la cama, aún tibia,
te siento partir y me veo,
impotente,
ante tanta soledad.
Jesús.
Veo mi vieja caravana y me recuerda
que hubo un tiempo en que yo apenas tenía
nada, o casi nada,
es decir, lo suficiente para ser feliz.
Veo mi vieja caravana y me recuerda
ríos, montañas, pinos, playas,
paseos en bicicleta por la arena virgen
de infancias que para mí serán siempre eternas.
En sus literas, aún duermen conmigo mis hijos
señalando la luna reflejada en el agua.
Aún oigo los cuentos inventados
a la luz de unas pizzas bajo las estrellas.
A la sombra de un pino ya deshecho
nos protegió del sol, del agua, del viento
alojó nuestro descanso y
cobijó nuestro amor.
Veo mi vieja caravana y siento
toda la ternura con la que me mira.
Desde sus ejes gastados, desde su avance ajado,
resbala una gota de rocío por los cristales
que un día fueron brillantes, que el tiempo ha opacado.
Jesús.
He intentado escribir un nuevo poema,
y me ha salido
el mismo poema de siempre.
Otros quizás no lo lean,
pero yo veo
tras las mismas ideas, tras los mismos latidos
sólo palabras desordenadas.
En ocasiones, es cierto,
late en la mano una emoción,
ilumina una idea el papel
y llega entonces la tinta
para fundirlas justo a tiempo.
He intentado escribir un nuevo poema
en vano otra vez,
y es que, acaso, éste no llegue
porque no sea este hermoso oficio de ordenar,
con las palabras, las cosas
más que el juego de probar, una y otra vez,
de probar a ordenarlas.
Jesús.
Como casi siempre que me llega
esta vaharada de café humeante
que la cocina ahora me regala,
se mete dentro de mí con ella
la emoción que me produce
revivir aquella tímida sonrisa infantil
con la que me traías, ofrenda humilde,
tu primer intento de hacerlo.
Jesús.
Un mundo se destruye entre mis manos
en las páginas que se deslizan por mis dedos.
Mientras, también ante mis ojos,
la luz de la primavera brilla
en las hojas de un olivo casi reciennacido.
Me siento partido en dos:
sufro impotente ante las letras que corren
despavoridas entre cadáveres familiares
y me diluyo en la brisa suave que danza
con los brotes tiernos de este aceite prometido.
Me levanto abrazado al dolor
de unos personajes que me conmueven
y paseo con ellos por este modesto paraíso,
como si quisiera recompensarlos
con este regalo que el instante me ofrece.
Jesús.
Un día luminoso. "The lady of Shalott".
A Loreena McKennitt,
a Ramón Trecet,
a mi hija recién nacida.
La luz de un medio día luminoso
de invierno, después del trabajo;
la paz del reencuentro
con el bebé que,
sólo unas semanas antes,
me hizo padre; sabio en amores.
Entonces, arrebujada
con la danza suave de las curvas,
en la radio, la voz lenta y profunda
de Ramón fundida con la magia
de Loreena y su canción.
Pocas veces la luz del sonido
me iluminó tan dentro.
Jesús.
No sé si fui hijo del amor,
hijo del deseo de tener un hijo,...
O si sólo fui hijo del deseo,
del deseo de tener un orgasmo.
Pero, ante esta duda, me gusta soñar
que fui hijo de algo hermoso.
Jesús.
Te estoy aquí llamando:
por favor, ábreme
tu cuerpo de par en par,
aunque sea en un beso,
en un abrazo, una caricia.
Te estoy aquí llamando:
por favor, ábreme aunque sea
el calor de tu palabra, de tu sonrisa,
aunque sea la luz de tu mirada,
el vuelo de tu pelo, el roce de tu sombra.
Jesús.
Algunos fueron hijos del amor,
algunos fueron hijos del deseo
de tener un hijo,...
Otros sólo fueron hijos del deseo
de tener un orgasmo,
pero, ante la duda,
es bonito soñar que fuimos hijos
de algo hermoso.
Jesús.
¿Quién es el yo que escribe
con mi mano, con mis ojos,
robándome las palabras?
No es el que compra el pan
por la mañana temprano,
ni el que bromea con mi mujer
o juega divertido con mis nietos.
No es, desde luego,
quien se huelga haciendo deporte,
quien sobrevuela en las charlas de café
o se acuesta intrascendente con la radio.
¿Quién es el yo que escibe,
ése al que le doy, cada día un rato,
el teclado o el papel
para que no tome mi voz?
Jesús.
A veces,
cuando se cruzan dos líneas
en el espacio o en el tiempo,
se producen momentos mágicos.
Jesús.
Caminante,
no es fácil el camino, a veces.
A veces, estoy desorientado,
no entiendo las señales
y no encuentro las que quiero dar.
A veces se empina, se bifurca
y no sé bien qué me trajo aquí
ni hacia dónde debo ir.
Pero, entonces, una palabra,
una caricia, una sonrisa
lo iluminan y ayudan a continuar.
Y es que quizás, como dijo aquel,
no haya camino que buscar, quizás
sólo se trate de andar.
Y, en el andar, es cierto, basta
un soplo de brisa un día, la luz del sol,
aquella sonrisa, aquella caricia, aquella voz...
Jesús
Me trajo a ti la vida.
El trabajo, el azar,... la vida.
Me ancló aquí el mar.
Cientos de amaneceres en chándal
antes de ir a trabajar,
cientos de cafés ante las olas,
paseos a cientos; lecturas, en mi roca,
...
Todas esas cosas me anclaron a ti,...
la vida me ancló a ti.
Y la pureza de sentir
que aquella ingenuidad me regaló
en una tarde de viernes con amigos,
en una mañana de domingo y mar,
en una noche que me creí Dios,
...
Esas cosas, todas esas cosas
me devuelven, a veces, a ti
Cuando miro a mi hija,
hija de todo aquello, hija de allí,
a mi hija, hija también de ti,
revivo tus amaneceres, mis paseos,
mis lecturas, aquellos cafés,...
Revivo amigos, revivo domingos y,
un poco, revive Dios en mí.
Jesús.
A veces,
cuando se cruzan dos líneas
en el espacio o en el tiempo
se produce, fugazmente, la magia.
Jesús.
Y sigue ahí la luna, indiferente,
desafiándome de nuevo,
desafiándome a un nuevo verso,
uno que descubra, al fin, su esencia,
que descubra la razón de su frialdad infinita,
una esencia que tal vez no exista,
una razón que tal vez no haya.
Jesús.
Y el olor de la hoja
de un naranjo en la calle,
me devuelve esta felicidad
doblada entre mis dedos
que yo creía perdida.
Jesús.
En la parte alta de la ciudad,
un antiguo monasterio y su cementerio,
un enorme prado entre sus muros
se transforma en jardín allá a lo lejos.
Cuánta paciencia trajo el mundo hasta aquí,
cuánta humildad inconsciente,
lluvia a lluvia, sol a sol,
trajo estos prados hasta hoy.
Cuántos años depositando
una piedra sobre otra piedra
para esta emoción mía presente.
Imensidad de silencio, de piedras, de años:
la soledad, aquí, me hace sentir
la pequeñez humilde de nuestras vidas particulares.
Jesús.
Veo mis dedos danzando ágiles,
de letra en letra, modelando
el ritmo de mis emociones.
Mis dedos saltarines
se vuelven voluptuosos cuando
hacen bailar mis sentimientos
Jesús.
Este olor a café
de la mañana,
el calor de esta hogaza de pan,
este despertar del
sentirse vivo cada día,
justifica, a veces,
el dolor de las manos y
el sudor de la frente.
Jesús.
A mi mujer,
a sus ojos, a sus oídos,
que me recuerdan cada día
la importancia de estar vivo.
Jesús
A mis padres,
que siguieron en mí
el largo viaje de los tiempos.
A mis hijos,
que me permitieron cumplir
mi compromiso con la vida.
Jesús.
Cómo ver en ruinas esta casa,
estos techos deshechos
sobre la cama en que nací,
si sigue la higuera en el centro del patio
en el que me vio la luz por primera vez.
Cómo ver en ruinas esta casa
que sigue regalando a mi recuerdo
el calor y el olor del primer día.
Jesús.
Y esa necesidad de inventarse,
hoy de nuevo,
una suerte de inmortalidad,
como cada día, para resistir.
Jesús.
La marea de las palabras,
el vaivén de acentos y sílabas
mece y adormece mi sentido.
La luz, ¿dónde se fue?
¿Tras de qué ola se escondió el sol?
Vuelve, esencia, idea pura,
sentido último y primero,
razón por la que escribo.
Jesús.
Anoche, hicimos el amor
y una tormenta inmensa
arrasó nuestro refugio en el campo.
Paredes en el suelo, socavones
por los que se nos escapaba el alma.
Entonces,
nos miramos, sintiendo,
allí en medio,
que hacíamos el amor con las manos cogidas.
Jesús.